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La dote del silencio

La dote del silencio

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor eterno / Enfermizo / Completas
Popularitas:284
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.

Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.

Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.

Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Esa tarde, un auto negro y lujoso se detuvo frente a la humilde casa de Ramón. Un hombre bien vestido bajó del asiento del conductor e hizo una leve reverencia.

—Buenas tardes. Don Alejandro Montemayor me envió a recoger al señor Ramón, a la señora Marta y a la señorita Valeria.

Al oír aquello, los rostros de Ramón y Marta se iluminaron. Los dos se apresuraron a intercambiar una mirada, tratando de disimular la felicidad que les desbordaba.

—Pasen, por favor. Don Alejandro los espera —dijo el chofer, abriéndoles la puerta trasera.

Ramón y Marta sonrieron con satisfacción. En su mente, la imagen del millón de dólares de dote no dejaba de girar. Sentían que su vida estaba a un solo paso de cambiar para siempre.

A diferencia de sus tíos, Valeria subió al auto con paso lento. Apretaba el borde de su blusa mientras mantenía la cabeza gacha.

El auto arrancó, dejando atrás la casita desvencijada y llevando a tres personas con sentimientos muy distintos. Ramón y Marta rebosaban de esperanza por la riqueza que se avecinaba; Valeria solo podía rezar en silencio para que lo que le esperara no fuese el inicio de un arrepentimiento de por vida.

El vehículo fue entrando despacio al predio de la mansión Montemayor.

El corazón de Valeria no había dejado de latirle con fuerza desde que salieron de casa. Tenía las manos entrelazadas sobre el regazo, tratando de aplacar una inquietud que no cedía. La extensión de jardines perfectamente cuidados, la construcción señorial que se alzaba imponente y los empleados que iban y venían la hicieron sentirse diminuta.

—Vamos, bajen —dijo Ramón en voz baja, aunque el tono no le alcanzaba a disimular el entusiasmo.

Mientras Valeria estaba envuelta en nervios, Ramón y Marta lucían radiantes. Desde que pisaron el terreno de aquella propiedad, no pararon de intercambiar sonrisas.

Valeria tomó aire antes de abrir la puerta del auto. En cuanto su pie renqueante tocó el suelo, varios empleados los condujeron adentro con amabilidad.

—Por aquí, por favor. Don Alejandro los espera.

La sala de la mansión era infinitamente más imponente de lo que Valeria había imaginado. El techo altísimo, la araña de cristal que destellaba, y el aroma a té de jazmín recién preparado envolvían el ambiente con una calidez que contrastaba con la solemnidad del lugar.

En el sofá principal estaba sentado un hombre mayor de porte todavía erguido: Don Alejandro Montemayor. Su mirada era penetrante, pero no inspiraba miedo. La autoridad que emanaba de él era tan poderosa que cualquiera que se parara frente a él bajaba instintivamente la cabeza en señal de respeto.

A su lado se encontraba una mujer de unos cincuenta años, de apariencia elegante. Era Patricia, la madre de Sebastián.

Valeria inclinó la cabeza con respeto.

—Buenas tardes, Don Alejandro.

—Buenas tardes —respondió el viejo.

—Con su permiso. —Valeria hizo una leve reverencia.

—Siéntate, hija —indicó Don Alejandro.

—Gracias. —Valeria se sentó con compostura. Las rodillas juntas, la mirada dirigida casi todo el tiempo al suelo.

Desde el principio, Don Alejandro no había hablado mucho. Pero sus ojos no dejaron de estudiar a la joven que tenía delante. Su forma de sentarse, la manera en que respondía cada pregunta, el gesto de bajar la cabeza al dirigirse a alguien mayor. Todo fue observado sin que se le escapara un solo detalle.

Patricia hacía exactamente lo mismo. La mujer elegante le lanzaba miradas ocasionales a Valeria y esbozaba una sonrisa discreta.

—Valeria.

—Diga, señora —contestó Valeria con suavidad.

—¿Desde pequeña vives con tus tíos?

—Sí, señora.

—¿Sigues trabajando en la plantación de té?

—Sí, señora.

—¿No te cansa?

Valeria sonrió levemente.

—Cuando es por ganarse la vida, el cansancio se vuelve costumbre.

La respuesta tomó a Patricia por sorpresa. Había esperado que la muchacha se quejara de su trabajo. En cambio, contestó con una entereza que revelaba gratitud más que resignación.

—¿También te encargas de las tareas de la casa?

Valeria asintió.

—Mientras el cuerpo me dé, las hago.

Patricia guardó silencio. Por dentro, la muchacha empezaba a caerle bien. Sin artificios, sin palabras de más, y una mirada limpia.

Don Alejandro, que había estado escuchando la conversación en silencio, por fin intervino.

—Me enteré de que tienes la pierna lastimada desde niña.

Valeria bajó la cabeza.

—Así es, Don Alejandro.

—¿Todavía te duele?

—A veces, cuando paso demasiado tiempo de pie.

—¿Y por qué sigues trabajando en la plantación?

Valeria esbozó una sonrisa tenue.

—Porque todavía puedo hacerlo. No quiero ser una carga para nadie.

Aquella frase hizo que Don Alejandro asintiera despacio. Un alivio pausado le fue llenando el pecho. A lo largo de su vida había conocido a mucha gente. Se consideraba bastante capaz de leer el carácter de una persona solo por su forma de hablar y de comportarse. Y hasta ese momento, Valeria le había dejado una buena impresión.

Don Alejandro le lanzó una mirada a Patricia. Ella le devolvió el gesto con un asentimiento sutil. Parecían hablar sin palabras.

Patricia incluso esbozó una sonrisa. Sebastián ya tenía treinta años. Hasta ahora, cada mujer que le habían presentado lo había rechazado. Eso había hecho que su hijo se negara siempre a casarse, herido por sus propias limitaciones. Si esta vez Sebastián aceptaba, para Patricia eso ya era más que suficiente.

—Voy a llamar a Sebastián —dijo Patricia, poniéndose de pie.

Don Alejandro asintió.

—Dile que baje a conocer a su futura esposa.

Patricia caminó hasta la habitación que daba al jardín delantero en el segundo piso y tocó la puerta con suavidad.

—Sebastián.

Al poco rato, la puerta se abrió. Un hombre alto apareció con una simple camiseta negra. Llevaba el pelo todavía algo revuelto, como si acabara de despertar.

—¿Sí, mamá?

Patricia le sonrió con ternura.

—¿Todavía estás cansado?

Sebastián asintió. Esa mañana había llegado de la capital después de una reunión larga en la planta procesadora de té de la familia. El viaje de horas por las carreteras de montaña lo había dejado agotado.

—Dormí un rato hace un momento.

Patricia le acarició el brazo.

—Tu prometida ya llegó.

Sebastián se quedó inmóvil unos segundos. La expresión se le volvió impenetrable.

—¿Tiene que ser ahora?

—Sí. El abuelo ya está esperando.

Sebastián dejó escapar un largo suspiro. En el fondo seguía sin ganas. Pero por respeto a su abuelo, terminó asintiendo.

—Está bien.

Unos minutos después, los pasos de Sebastián se oyeron bajando la escalera. La sala enmudeció de golpe.

Valeria, que había mantenido la cabeza gacha, levantó el rostro lentamente al escuchar aquellos pasos. El corazón se le aceleró otra vez.

Del otro lado, Sebastián también dirigió la mirada hacia la joven sentada en el sofá.

Durante unos instantes, nadie pronunció una sola palabra. Era la primera vez que ambas familias se veían cara a cara.

Sebastián observó a Valeria con detenimiento. El rostro de la muchacha era sencillo, pero apacible. La mirada, suave. La postura, correcta.

De pronto, los ojos de Sebastián se detuvieron en un punto. La mejilla izquierda de Valeria. Había un rubor que no terminaba de desvanecerse y una leve hinchazón. Casi ocultos por el mechón de pelo que ella se había acomodado a propósito hacia un lado. Cualquier otra persona lo habría pasado por alto con una mirada rápida. Pero Sebastián tenía la costumbre de fijarse en los detalles. El ceño se le frunció levemente.

¿Eso es un golpe... o una bofetada?, se preguntó, lleno de interrogantes.

Sebastián desvió la vista hacia Ramón y Marta, sentados no lejos de Valeria. Los dos lucían sonrisas anchas, como si nada hubiera pasado. Una sensación extraña empezó a colarse en su interior. Algo no encajaba.

Valeria, al notar que aquel hombre no dejaba de mirarle la cara, bajó la cabeza de inmediato, abrumada por los nervios. No tenía la menor idea de que la marca de la bofetada que tanto se había esforzado en ocultar acababa de sembrar la primera sospecha en el corazón de su futuro esposo.

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