Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.
Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.
Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.
Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.
El acuerdo parece sencillo.
Hasta que deja de serlo.
Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.
NovelToon tiene autorización de Enn Gómez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20
Me desperté poco antes de las siete de la mañana.
Durante unos segundos permanecí mirando el techo, todavía medio dormida, mientras la luz comenzaba a entrar entre las cortinas. La habitación estaba en silencio y por un momento me quedé así, sin pensar realmente en nada, hasta que levanté una mano para apartarme el cabello del rostro.
Fue entonces cuando vi el anillo.
La piedra atrapó la claridad de la mañana y brilló apenas sobre mi dedo.
Me quedé observándolo.
Apenas habían pasado unas horas desde que Alexander lo había colocado allí, así que era lógico que todavía me resultara extraño verlo en mi mano. A esta hora, medio país ya debía conocer la noticia.
Aun así, verlo ahí era distinto.
Durante mucho tiempo había llevado otro anillo en ese mismo lugar.
El recuerdo apareció sin que lo buscara.
No comparé uno con otro. No tenía sentido hacerlo.
Simplemente recordé.
Después bajé la mano, aparté las sábanas y me levanté.
Ahora llevaba el anillo de Alexander.
Me arreglé y bajé poco después. Las voces llegaban desde el comedor antes de que cruzara la puerta y, cuando entré, descubrí que mis padres no estaban solos.
Victoria y su esposo ya estaban allí.
Alexander ocupaba una silla junto a mi padre y frente a mi madre había un calendario abierto, varias hojas cubiertas de anotaciones y una cantidad absurda de documentos para una mesa en la que también había café, fruta y pan recién servido.
Alexander levantó la mirada en cuanto entré.
—Buenos días.
—Buenos días.
Tomé asiento mientras una de las personas encargadas de ayudar en la casa se acercaba para servirme café. No necesité preguntar de qué hablaban. Bastó mirar las fechas señaladas en el calendario, los nombres escritos junto a algunas de ellas y la expresión satisfecha de mi madre.
Por supuesto.
La boda.
Sostuve la taza entre las manos y recorrí las fechas con la mirada.
—¿Ya eligieron una?
Alexander respondió antes que nadie.
—Dentro de tres semanas.
Levanté los ojos hacia él.
Tres semanas.
La cifra se instaló en mi cabeza con una facilidad extraña.
En tres semanas estaría casada nuevamente.
No me sorprendió tanto como quizá debería haberlo hecho. Cuando había aceptado casarme con Alexander también había aceptado las circunstancias que venían con él. Nunca hablamos de un compromiso largo ni de meses enteros dedicados a organizar una boda. Aquello no funcionaba así.
Había una campaña.
Había fechas.
Había una imagen que construir.
Y, con Alexander, todo parecía tener siempre un momento exacto para ocurrir.
Tres semanas eran suficientes.
Además, nuestras madres podían organizar una boda en tres días si alguien cometía el error de decirles que era imposible.
Volví a mirar el calendario.
—Me parece bien.
No necesitaba conocer demasiado a Alexander para notar cuándo algo le agradaba. Apenas cambió su expresión, pero fue suficiente.
En tres semanas estaría casada con Alexander Blackwood.
Aquella idea todavía tenía algo irreal.
Pregunté dónde sería y Victoria pronunció un nombre que reconocí de inmediato.
—Hawthorne.
La hacienda de los Blackwood.
Hacía años que no escuchaba a nadie hablar de ella.
Hawthorne era una propiedad enorme, alejada de la ciudad y rodeada por terrenos que parecían extenderse mucho más allá de lo que alcanzaba la vista. Había jardines, establos, senderos entre árboles antiguos y una casa principal demasiado grande para llamarla simplemente casa.
Los Blackwood la utilizaban para celebraciones familiares y para desaparecer del mundo durante temporadas enteras.
Yo había pasado parte de mi infancia allí.
Recordé veranos corriendo por los jardines, cenas demasiado largas y tardes en las que Samantha y yo terminábamos cubiertas de tierra mientras nuestras madres fingían estar escandalizadas.
Y Alexander.
También lo recordé allí.
Más joven.
Más insoportable.
Mucho menos serio de lo que era ahora.
Mi madre retomó la conversación y el recuerdo se perdió entre fechas, invitados y decisiones.
La boda no sería pequeña, aunque tampoco querían convertirla en algo excesivo. Estarían las personas que habían asistido al compromiso y muchas otras que, por distintos motivos, no habían podido estar la noche anterior. Hablaron de seguridad, de hospedaje, del número de habitaciones disponibles en Hawthorne y de quiénes tendrían que quedarse en propiedades cercanas.
Yo intervine únicamente cuando fue necesario.
Descarté un par de ideas.
Acepté otras.
Y dejé que mi madre y Victoria discutieran detalles que evidentemente les interesaban mucho más que a mí.
Mi padre señaló otra de las fechas marcadas en el calendario.
Fue entonces cuando entendí por qué las tres semanas no eran negociables.
La convención nacional del partido sería cuatro semanas después de la boda.
Ahí se anunciaría oficialmente al candidato.
Alexander Blackwood.
Miré hacia él.
Conversaba con nuestros padres como si todo aquello fuera simplemente otra parte de una agenda que ya conocía de memoria.
Probablemente lo era.
Había algo peculiar en observar a alguien hablar con tanta tranquilidad de un futuro que incluía la posibilidad real de convertirse en presidente.
Yo todavía estaba intentando acostumbrarme a la idea de convertirme en su esposa.
Mientras ellos continuaban hablando, llevé la taza nuevamente a mis labios.
Fue entonces cuando el teléfono de Alexander vibró sobre la mesa.
Él miró la pantalla.
El cambio en su expresión fue tan pequeño que cualquiera podría haberlo pasado por alto.
Yo también lo habría hecho si no hubiera estado mirándolo.
Se levantó casi inmediatamente.
—Disculpen.
Salió del comedor mientras respondía la llamada.
No pensé demasiado en ello.
Alexander recibía llamadas constantemente y, por la forma en que trabajaba, pocas parecían tener la cortesía de esperar hasta después del desayuno.
Victoria continuó explicándole a mi madre cómo podían distribuir a los invitados que quisieran quedarse en Hawthorne la noche de la boda. Mi padre comenzó a revisar otra de las hojas y yo me serví un poco más de café.
Fue entonces cuando una persona del servicio entró al comedor cargando varias revistas.
—Señora Mason, llegaron las publicaciones de esta mañana.
Mi madre levantó la mirada.
—Déjalas aquí, por favor.
Las colocaron cerca de ella.
Reconocí mi rostro antes de que terminaran de acomodarlas.
Me incliné por simple curiosidad y tomé la revista que había quedado encima.
Alexander y yo ocupábamos prácticamente toda la portada.
La fotografía había sido tomada después de la propuesta. Yo estaba junto a él, ligeramente inclinada hacia su lado, y mi mano izquierda era perfectamente visible.
El anillo brillaba incluso en la impresión.
El titular era imposible de ignorar.
ALEXANDER BLACKWOOD E ISABELLA MASON ANUNCIAN SU COMPROMISO
Debajo aparecía una fotografía más pequeña de nuestras familias.
Sonreí apenas.
Eso sí había sido rápido.
—Déjame verla —dijo mi madre.
—Un momento.
La abrí antes de entregársela.
Tenía curiosidad.
Las primeras páginas estaban llenas de fotografías de la noche anterior.
Alexander de rodillas frente a mí.
Mi padre abrazándome después de que dije que sí.
Victoria sosteniendo mi mano mientras admiraba el anillo.
Una imagen de todos nosotros juntos frente a los fotógrafos.
Había titulares, comentarios sobre nuestras familias y una cantidad exagerada de palabras dedicadas a analizar cada detalle de una noche que, para mí, todavía no terminaba de sentirse completamente real.
Pasé la página.
Y entonces apareció el beso.
Me detuve.
La fotografía ocupaba casi toda la hoja.
Alexander sostenía mi rostro entre sus manos mientras yo mantenía los ojos cerrados.
Durante unos segundos no hice nada.
Desde afuera, aquella imagen no parecía pertenecer a un acuerdo firmado varios días antes.
No parecía parte de una estrategia política.
No parecía un gesto hecho porque había cámaras alrededor.
Parecía otra cosa.
Algo mucho más íntimo.
Recordé la sensación de sus labios sobre los míos y aparté la mirada casi inmediatamente.
No iba a volver a pensar en eso.
Ya había pensado suficiente la noche anterior.
Pasé la página.
No llegué mucho más lejos.
Alexander regresó al comedor.
Lo primero que hizo al entrar fue mirar la revista entre mis manos.
Fue apenas un segundo.
Después me miró.
Su expresión era la misma de siempre.
—Isabella.
Cerré la revista parcialmente.
—¿Sí?
—Tenemos que salir.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Ahora?
—Sí.
Esperé una explicación.
No llegó.
—¿A dónde vamos?
—A buscar departamentos.
Las conversaciones alrededor de la mesa se detuvieron.
Mi madre levantó la mirada.
Victoria también.
Alexander se acercó un poco más.
—Quiero que elijas dónde vamos a vivir. Necesito que sea un lugar que te guste y tenemos poco tiempo.
Aquello tenía sentido.
Hasta ese momento ni siquiera había pensado demasiado en dónde viviríamos después de la boda. Habíamos hablado del contrato, de la campaña, de nuestras obligaciones públicas y hasta de lo que ocurriría si él ganaba la presidencia.
Pero no del en el que viviríamos durante la campaña.
Cerré la revista por completo.
—Está bien.
La dejé sobre la mesa.
Mi madre la tomó casi inmediatamente.
Alexander esperó a que me levantara para salir juntos.
No miré nuevamente la revista.
...************...
MISTERIO EN NORTHBRIDGE TECHNOLOGIES: ALAN REED LLEVA VARIAS SEMANAS DESAPARECIDO
Alan Reed, fundador y director ejecutivo de una de las startups tecnológicas más prometedoras del país, permanece desaparecido desde hace varias semanas.
El empresario fue visto por última vez al salir de las oficinas de Northbridge Technologies hace más de un mes. Desde entonces, no ha realizado apariciones públicas y varias personas vinculadas a la compañía aseguran no haber tenido contacto con él.
Las autoridades mantienen abierta una investigación y no descartan la posibilidad de que se trate de un secuestro.
La incertidumbre alrededor de su paradero comienza a afectar seriamente a Northbridge Technologies. Fuentes cercanas a la empresa aseguran que varios inversionistas han solicitado explicaciones mientras sus representantes continúan evitando responder preguntas sobre la desaparición de su fundador. Hasta el momento, no existen pistas públicas sobre el paradero de Alan Reed.
...—————————————...
Hola!!! Ya subí los seis capítulos prometidos. Espero poder publicar los siguientes dentro de pocos días, ya que, como les comentaba, primero debo terminar mi otra historia, “Prohibido llamarte amor”.
Muchísimas gracias por todo su apoyo y por seguir leyendo mis historias. Espero de corazón que “Hasta que seas mía” les esté gustando tanto como a mí me está encantando escribirla.
¡Nos leemos pronto! ✨