Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.
Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.
Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.
Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.
Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.
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Una segunda Oportunidad
Benjamin abrió los ojos y extendió la mano hacia el lado derecho de la cama. Las sábanas estaban frías.
Se incorporó de golpe. La habitación olía todavía a ella: a perfume suave, a sexo, a la noche anterior. Pero el espacio estaba vacío. La ropa que él había dejado caer al suelo ya no estaba. No había nota. No había número. Ni siquiera un nombre completo.
Solo el recuerdo de unos ojos verdes mirándolo mientras él estaba dentro de ella, y el sonido de su voz gimiendo cosas que ahora se le antojaban un sueño.
—Mierda… —gruñó, pasándose ambas manos por la cara.
Agarró el teléfono y marcó el número de Lorenzo sin pensarlo dos veces. Su amigo contestó al segundo tono, con la voz todavía pastosa del sueño.
—Son las ocho de la mañana en Londres, Ben. Esto mejor que sea una emergencia de verdad.
—Necesito que la encuentres.
Hubo un silencio.
—¿A quién?
—A la chica de anoche. La del café. Se llama Fiallet. O al menos eso dijo en la conferencia. Cabello negro, ojos verdes, estudiante de derecho. Estaba en el simposio de Oxford. Eso es todo lo que sé.
Lorenzo soltó una risa incrédula.
—¿Me estás pidiendo que encuentre a una mujer con un apellido incompleto y una descripción que podría coincidir con la mitad de las estudiantes de derecho de Europa? Ben… es imposible. No tenemos ni el nombre de pila seguro, ni universidad de origen, ni país. ¿Qué quieres que haga, publicar un anuncio en el Times que diga “se busca a la virgen que se escapó de mi cama”?
Benjamin apretó la mandíbula.
—Solo inténtalo.
—Lo intentaré. Pero no te hagas ilusiones. Esa chica no quiere ser encontrada. Y tú… tú nunca persigues a nadie. ¿Qué te hizo?
Benjamin miró la sábana arrugada donde ella había dormido.
—No lo sé. Pero no puedo sacármela de la cabeza.
La mesa del comedor de los Fiallet estaba puesta con la misma elegancia de siempre. Robert había pedido la cena favorita de Helena: risotto de hongos y vino blanco. Louis, impecable incluso en casa, servía las copas mientras observaba a su hermana con esa mirada de abogado que no se perdía ni un detalle.
—¿Y el simposio? —preguntó Robert, cortando la carne con precisión—. ¿Valió la pena el viaje?
Helena removió la comida sin mucho apetito.
—Sí. Las ponencias fueron interesantes. Sobre todo la de derecho aplicado a proyectos internacionales. Aprendí bastante.
Louis levantó una ceja.
—¿Solo “bastante”? Llegas con ojeras y una expresión rara. ¿Pasó algo más en Londres?
Helena negó con la cabeza demasiado rápido.
—Nada. Solo cansancio. El vuelo de regreso fue largo.
Robert la miró con ternura, pero no insistió. Helena agradeció el silencio. En ese momento, mientras fingía comer, sintió con más fuerza que nunca el hueco que dejaba la ausencia de una madre. Una mujer a la que hubiera podido contarle todo: el video, la traición, la noche borracha con un desconocido, la culpa que le carcomía el pecho. Una madre que la hubiera abrazado sin juzgarla. En cambio, solo tenía a dos hombres que la amaban, pero a los que no podía confesar ni la mitad de lo que llevaba dentro.
Tres días después, Helena bajaba las escaleras de la facultad cuando lo vio.
Sebastian estaba apoyado contra su auto, con un ramo enorme de rosas blancas y un oso de peluche ridículamente grande bajo el brazo. El cabello perfectamente peinado, la expresión de arrepentimiento ensayada mil veces frente al espejo.
—Helena…
Ella se detuvo. El corazón le dio un vuelco traicionero.
Él se acercó despacio, como si temiera que ella saliera corriendo.
—Sé que no merezco ni un segundo de tu tiempo. Sé que te lastimé de la peor forma. Pero te juro por lo que más quiero que fue un error. Un error estúpido y egoísta. Nunca volverá a pasar. Te lo prometo. Te lo juro.
Le tendió las flores. Helena las aceptó por reflejo. El oso la miraba con ojos de plástico inocente.
La culpa le subió a la garganta como bilis. Ella también había fallado. Ella también había terminado en la cama de otro. Y aunque las circunstancias fueran distintas, el peso era el mismo.
Cualquiera puede cometer un error, se dijo. Y todo ser humano merece una segunda oportunidad.
—Está bien —susurró.
Sebastian parpadeó, como si no pudiera creer lo que oía.
—¿De verdad…?
—Te perdono. Pero si vuelves a hacerlo… no habrá tercera oportunidad.
Él la abrazó con tanta fuerza que el oso se aplastó entre los dos. Enterró la cara en su cabello y repitió una y otra vez:
—Gracias. Gracias. No te voy a fallar. Te lo juro. Te amo. Solo a ti.
Helena correspondió el abrazo, pero sus brazos estaban rígidos. Quería rectificar. Quería creer que lo amaba solo a él. Quería borrar la noche de Oxford como si nunca hubiera existido. Pero cada vez que cerraba los ojos, sentía todavía las manos de Benjamin sobre su piel.
Allie casi escupió el café cuando Helena se lo contó.
—¿Le diste una segunda oportunidad? ¿En serio, Helena?
Estaban en la cafetería del campus. Antonia miraba de una a otra, sin saber de qué lado ponerse.
—Sí —respondió Helena, jugueteando con la servilleta—. Todos merecemos una. Yo también… cometí un error.
Allie se inclinó hacia adelante, bajando la voz.
—¿Te refieres a Benjamin? Porque eso no fue un error, Helena. Fue una noche. Y él no te debía nada. Sebastian, en cambio, te debía todo. Y te lo pagó con un video que todavía circula por los grupos de la facultad.
—Yo se lo diré —insistió Helena—. A Sebástian. Cuando sea el momento correcto.
Allie puso una cara que era mitad decepción, mitad resignación.
—Haz lo que quieras. Pero no vengas llorando cuando ese patán vuelva a hacerlo. Porque lo va a hacer. Los hombres como él siempre lo hacen.
Helena no contestó. Solo miró por la ventana, preguntándose cuánto tiempo podría cargar con dos secretos al mismo tiempo.
En Londres, Benjamin cerró la carpeta del informe financiero con un golpe seco. La oficina de la torre Scott olía a café frío y a tensión. Lorenzo estaba sentado frente a él, con expresión grave.
—Tu padre llamó otra vez —dijo—. Gerard está… preocupado. La empresa de Nueva York está al borde. Felipe ha gastado más de lo que entraba durante los últimos dieciocho meses. Inversiones fallidas, fiestas, préstamos personales disfrazados de gastos operativos. Si no intervienes, en tres meses quiebra.
Benjamin se pasó una mano por el cabello rubio.
—Yo dejé esa compañía en manos de mi hermano porque confiaba en que al menos sabría mantenerla a flote. No pedirle milagros. Solo… no hundirla.
—Pues la está hundiendo. Y Gerard quiere que vuelvas a Nueva York. Que tomes el control. Que tomes decisiones. Dice que es la única forma de salvar el apellido Scott de ese lado del Atlántico.
Benjamin miró por el ventanal. Londres se extendía bajo un cielo gris. Pensó en la chica de ojos verdes que se había escapado de su cama. Pensó en lo imposible que resultaba encontrar a alguien de quien apenas sabía el apellido.
Y pensó, con una ironía amarga, que el destino a veces tenía un sentido del humor cruel.
—Prepara el jet —ordenó al fin—. Volvemos a Nueva York esta misma semana.
Lorenzo levantó una ceja.
—¿De verdad? ¿Vas a dejar Londres por la empresa de Felipe?
Benjamin se puso de pie y recogió la chaqueta.
—Voy a dejar Londres porque mi padre me lo pidió. Y porque… quizás el destino me debe una segunda oportunidad también.
Aunque no estaba seguro de a quién se la debía exactamente.