Alessia Castelli nació para obedecer. Hija de una de las familias mafiosas más poderosas de Italia, jamás ha podido decidir sobre su propia vida. Ni a quién amar. Ni con quién casarse. Ni siquiera qué sueños perseguir.
El día de su boda arreglada, todo cambia cuando es secuestrada por Fabiano Conti, el temido líder de la organización rival. Para él, Alessia no es más que la única pieza capaz de devolverle a la persona que más ama.
Mientras una guerra entre familias amenaza con desatarse, ambos descubren que existen prisiones mucho peores que una habitación cerrada. Ella jamás ha conocido la libertad. Él hace mucho tiempo que olvidó cómo se siente vivir sin culpa.
Entre amaneceres frente al Mediterráneo, pequeños actos de rebeldía y decisiones que nunca antes les permitieron tomar, Alessia y Fabiano comenzarán a cuestionar todo aquello para lo que fueron criados.
Porque, a veces, el enemigo no es quien te roba la libertad... Sino quien te enseña, por primera vez, cómo se siente tenerla.
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Arrancarme el corazón
Fabiano
No bajo a cenar. Mattheo tampoco insiste.
Comemos en el despacho sin probar realmente la comida.
A las once de la noche seguimos revisando fotografías aéreas de San Fruttuoso.
—La guardia cambia aquí —dice Mattheo señalando uno de los caminos—. Durante siete minutos la entrada norte queda cubierta solo por dos hombres.
—No es suficiente —digo.
—Podría serlo.
—No arriesgaré a Cloe.
—No dije que lo hicieras.
—Entonces no es suficiente.
Mattheo se reclina en el sillón.
—La estás buscando.
—¿A quién?
—A Alessia.
—No.
—Cada vez que escuchas pasos en el pasillo dejas de respirar.
—Estás imaginando cosas.
—Claro.
Un golpe suave resuena en la puerta. Mi cuerpo entero se tensa.
Mattheo me mira. No digo nada.
Otro golpe.
—¿Fabiano?
Su voz atraviesa la madera. Mattheo deja caer la cabeza hacia atrás y mira el techo.
—Voy por café —dice.
—Quédate.
—No. —Se pone de pie—. Esto no tiene nada que ver conmigo.
Abre una puerta lateral que conecta con la biblioteca y desaparece.
Cobarde… pero estoy siendo injusto. El único cobarde soy yo.
—¿Fabiano? —vuelve a llamar Alessia. Permanezco en silencio—. Sé que estás ahí.
Mis dedos se cierran sobre el borde del escritorio.
—Solo quería saber si… si hice algo malo —susurra.
El pecho se me contrae.
Debería abrir. Debería decirle que no ha hecho nada malo.
Debería decirle la verdad, pero no puedo.
—Hice más pan —continúa—. Viola dice que quedó mejor, aunque también dijo que podría servir como arma si alguien intenta entrar a la casa. —Sonrío—. Pensé que quizá querrías probarlo.
La manilla se mueve. Por suerte puse el seguro y la puerta no se abre.
Se queda quieta unos segundos. Después vuelve a intentarlo.
—Fabiano.
Esta vez su voz es más baja.
Dolida.
Apoyo las manos sobre el escritorio y cierro los ojos.
Vete, Less. Por favor, vete antes de que abra.
—Entiendo —susurra.
Escucho algo rozar el suelo y después sus pasos alejándose.
Espero varios minutos antes de levantarme.
Abro la puerta y encuentro un pequeño plato frente a ella, cubierto con una servilleta blanca.
Lo recojo.
Debajo hay una rebanada de pan ligeramente quemada y una nota doblada.
Para cuando dejes de estar ocupado.
Aprieto el papel dentro del puño.
Mierda.
*****
Intento dormir. Lo intento de verdad.
Me acuesto. Cierro los ojos y respiro profundamente, pero nada.
Me giro hacia un lado, después hacia el otro.
Pateo las sábanas. Las vuelvo a subir.
Pruebo otra posición y luego miro el techo.
Cada vez que cierro los ojos veo el rostro de Alessia esta mañana.
La sonrisa desapareciendo.
Su cuerpo encogiéndose cuando le hablé con dureza.
La forma en que preguntó si había hecho algo malo.
No hizo nada. Ese es el problema.
No hizo nada para merecer esto.
Me levanto y camino hasta la ventana.
El jardín está oscuro. Las luces del sendero apenas iluminan los olivos.
Podría seguir resistiendo. Debería hacerlo.
Lo correcto sería mantenerme lejos.
Lo correcto sería pensar en Cloe.
Lo correcto sería recordar que Alessia es el precio del intercambio.
Pero estoy cansado de hacer lo correcto.
Cansado de fingir que no me importa.
Cansado de escucharla detrás de una puerta y obligarme a permanecer inmóvil.
Al diablo Lucio.
Al diablo Greco.
Al diablo el futuro.
Solo necesito verla.
Salgo de mi habitación antes de cambiar de opinión. Camino por los pasillos oscuros sin hacer ruido. No me cruzo con nadie.
Me detengo frente a la puerta de Alessia.
No golpeo solo giro la manilla.
La habitación está oscura, excepto por la luz tenue de una lámpara junto a la cama.
Alessia está despierta. Sentada contra el cabecero. Abraza sus piernas y tiene el rostro escondido entre las rodillas mientras sus hombros tiemblan.
Está llorando… Por mi culpa.
—Less.
Levanta la cabeza sobresaltada.
Sus ojos están rojos.
Se limpia las mejillas con rapidez.
—¿Qué haces aquí?
No sé qué responder.
Me acerco y ella aparta la mirada.
—Pensé que estabas ocupado.
Cada palabra es un golpe.
—Lo siento.
—No importa.
—Sí importa.
—No tienes que fingir que quieres estar conmigo —dice y su voz se rompe—. Entiendo que tienes cosas más importantes que hacer.
—Alessia…
—Solo creí… —Respira profundamente—. Pensé que éramos amigos.
Mierda.
Cruzo la habitación y me siento frente a ella.
—Lo somos.
—No pareció eso hoy.
—Intentaba protegerte.
Sus cejas se fruncen.
—¿De qué?
De mí.
De lo que siento.
De lo que va a ocurrir cuando tenga que entregarte.
—De algo que no puedo darte.
—No te he pedido nada.
—Lo sé.
—Entonces deja de decidir por mí.
Su respuesta me desarma.
Alessia suelta sus piernas y me mira directamente.
—Todo el mundo decide por mí. Lucio. Mi padre cuando estaba vivo. Adriano, aunque ni siquiera lo conozco. Y ahora tú.
—No quiero ser como ellos.
—Entonces no lo seas.
El silencio entre nosotros pesa demasiado.
Le acaricio la mejilla. Ella cierra los ojos y se inclina hacia mi mano.
Ese pequeño gesto termina de destruir lo poco que quedaba de mi voluntad.
—Lo siento —repito.
—Yo también.
—¿Por qué?
—Porque te extrañé.
Las palabras apenas salen, pero las escucho. Las siento.
Algo dentro de mí se rompe.
Me inclino y beso su frente.
Debería detenerme ahí.
No lo hago.
Mis labios bajan hasta su sien, a su mejilla… a la comisura de su boca.
Alessia deja escapar un suspiro tembloroso.
—Fabiano…
Eso es todo.
Mi nombre y el anhelo en su voz rompen la última resistencia que había en mi cuerpo.
La beso con fuerza, con todo lo que llevo negando durante días.
Alessia responde de inmediato.
Sus manos suben a mi cuello y me atraen hacia ella.
La beso otra vez. Y otra. Como si pudiera recuperar en unos minutos todo el tiempo que desperdicié evitándola.
Su espalda toca el colchón.
Me inclino sobre ella sin dejar de besarla.
Una de sus manos se hunde en mi cabello. La otra se aferra a mi espalda baja.
—No vuelvas a ignorarme —susurra contra mis labios.
—No lo haré.
Es una promesa que probablemente no podré cumplir.
No me importa.
Ahora mismo no me importa nada.
Ni Cloe.
Ni Lucio.
Ni Greco.
Ni el intercambio.
Solo ella.
Alessia.
Su respiración. Sus manos… La forma en que pronuncia mi nombre.
Mis labios recorren su mandíbula y su cuello.
Ella tiembla debajo de mí, pero no de miedo.
—Fabi…
Me detengo apenas un instante.
—Dime que pare —le pido.
Sus ojos se clavan en los míos.
—No quiero que pares.
La beso otra vez.
Mi mano baja por su costado.
Alessia se arquea hacia mí y mi control se deshace.
Estoy a punto de cruzar el límite que juré no cruzar.
A punto de olvidar todas las razones por las que debo detenerme.
A punto de convertirme en el hombre que llevo días intentando mantener encerrado.
Tres golpes secos sacuden la puerta.
Los ignoro. Alessia también.
Vuelvo a besarla.
Otros tres golpes más fuertes.
—Fano —llama Mattheo desde el pasillo—. Abre.
Cierro los ojos.
No.
Ahora no.
—Vete —gruño sin apartarme de Alessia.
—No puedo.
Su tono me hace levantar la cabeza.
No hay humor.
No hay burla. Solo urgencia.
—Fabiano, abre la maldita puerta.
Me aparto de Alessia con dificultad.
Ella se incorpora, abrazándose a sí misma.
Su respiración sigue agitada. La mía también.
Camino hasta la puerta y la abro con violencia.
Mattheo está al otro lado. Sus ojos pasan de mi rostro al de Alessia. Comprende todo, pero no dice nada.
—¿Qué? —exijo.
Mattheo respira profundamente.
—Lucio aceptó el intercambio.
El mundo se detiene.
Debería sentir alivio.
Alegría.
Esperanza.
Cloe volverá.
Mi hermana volverá a casa.
Entonces miro por encima de mi hombro.
Alessia sigue de pie mirándome sin decir una palabra. Tiene los labios hinchados por mis besos y los ojos abiertos de par en par.
También lo entiende.
Recuperar a Cloe significa devolverla.
Había pasado días rogando por este momento.
Y ahora que finalmente llegó… Siento que alguien acaba de arrancarme el corazón.
los niños iguales a Fabiano 🥰
construyeron una familia antes de casarse
Yesenia te felicito por otra historia excelente
Gracias 🌷