Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?
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CAPÍTULO 7 LO QUE LA LLUVIA NOS OBLIGÓ A DECIR
La lluvia golpeaba los cristales desde el amanecer. No era una lluvia suave, sino un aguacero fuerte que borraba los contornos del jardín y convertía los senderos en ríos de barro. Me desperté con el sonido metiéndome por los oídos, y por un segundo me olvidé de dónde estaba. Luego vi la habitación amplia, las cortinas de seda crema, y recordé.
Bajé las escaleras despacio. La casa estaba en silencio, solo roto por el tamborileo constante del agua en el techo. En la cocina encontré a Clara poniendo una tetera al fuego.
—Buenos días, señorita Aitana —me saludó con una sonrisa—. El señor Ferrer no ha ido a la oficina. La lluvia ha cortado algunas carreteras. Dice que trabajará desde el despacho hoy.
Asentí. Me serví una taza de café y me acerqué a la ventana grande que daba al jardín. El agua caía con tanta fuerza que apenas se veían los árboles. Me quedé ahí un rato, mirando cómo las hojas se doblaban bajo el peso de la lluvia, sintiendo el calor de la taza entre las manos.
—No te acerques tanto al cristal. Te vas a resfriar.
Me giré. Dante estaba parado en el marco de la puerta, con el traje de siempre pero sin corbata, las dos primeras botones de la camisa abiertos. Tenía el cabello un poco revuelto, como si se lo hubiera pasado varias veces con la mano. Llevaba una carpeta bajo el brazo y una expresión cansada en los ojos.
—No hace frío —respondí, aunque me alejé un poco de la ventana de todos modos.
Él entró en la cocina. Se sirvió café también, y se apoyó en la encimera frente a mí, sin decir nada. Los dos nos quedamos en silencio un rato, escuchando la lluvia. Desde la noche de la gala no habíamos hablado de lo que había pasado, de cómo me había defendido, de ese momento en el vestíbulo en el que casi… casi nos besamos. Él había vuelto a su rutina de desayunar solo, de marcharse temprano, de apenas cruzar tres palabras conmigo. Y yo había decidido no presionarlo.
—El abuelo dice que esta lluvia no parará en todo el día —dijo de repente, sin mirarme—. Dice que es de esas tormentas que limpian el aire.
—Sí —respondí—. Me gusta. El sonido es relajante.
Él levantó la vista. Me miró un segundo, como si no esperara esa respuesta. Luego asintió.
—A mí también. De niño me gustaba subirme al ático cuando llovía así. Me quedaba ahí horas mirando por la ventana.
La sorpresa debió de notarse en mi cara, porque él bajó la mirada a su taza de café, como si se hubiera dicho algo que no debía.
—No lo sabía —dije suavemente.
—No suelo hablar de eso —respondió, secamente. Pero no se fue. Se quedó ahí, apoyado en la encimera, bebiendo su café.
Unos minutos después, Don Eliseo apareció en la cocina, envuelto en una bata de lana gris. Sonrió al vernos los dos juntos.
—Vaya, qué alegría verlos compartiendo la mañana —dijo, sentándose a la mesa—. Con esta lluvia uno no tiene ganas de hacer nada de nada. ¿Por qué no se toman el día libre? Hay una caja de cosas viejas en el salón que he querido ordenar hace tiempo, pero me da pereza solo. A lo mejor entre los dos me ayudan.
Dante frunció el ceño.
—Tengo trabajo, abuelo. Documentos que revisar, llamadas que…
—Las llamadas pueden esperar —lo cortó el anciano, con una sonrisa astuta—. Y los documentos no se van a correr. Vamos, muchacho. Dedícale unas horas a tu abuelo. Y a tu esposa.
Dante miró a su abuelo, luego a mí. Soltó un suspiro y se pasó una mano por el cabello.
—Está bien. Unas horas. Nada más.
La caja estaba en el salón, grande y de madera oscura, cubierta de una capa fina de polvo. Don Eliseo la abrió con cuidado y empezó a sacar cosas: álbumes de fotos viejos, juguetes rotos, unos cuadernos de cuero desgastados, medallas, cartas atadas con cinta.
—Mira, Dante —dijo el anciano, sacando un cochecito de madera de colores—. ¿Te acuerdas? Te lo regalé cuando cumpliste siete años. Lo llevabas a todos lados. Dormías con él debajo de la almohada.
Dante sonrió, una sonrisa pequeña y tímida que apenas le iluminaba los labios.
—Sí. Lo recuerdo. Una vez se me rompió una rueda y lloré toda la tarde.
—Y tu padre pasó toda la noche arreglándotela —añadió Don Eliseo, con la voz un poco más suave—. Dijo que su hijo no se quedaría sin su coche preferido.
Me quedé mirándolos. Era la primera vez que veía a Dante hablar de sus padres con naturalidad, sin cerrarse, sin ponerse a la defensiva. Se veía más joven, más relajado, como si esa caja de recuerdos le hubiera quitado un peso de encima.
Don Eliseo sacó luego un cuaderno de cuero marrón, con las esquinas desgastadas. Se lo entregó a Dante.
—Este es tuyo. Lo usabas cuando tenías doce años. Escribías tus pensamientos ahí, decías que nadie los entendería.
Dante lo tomó con cuidado. Lo abrió por la mitad y leyó unas líneas. Una sonrisa le brotó en los labios, esta vez más amplia, más sincera.
—Dios mío —dijo, riendo suavemente—. Qué tonto era. Escribía que quería ser piloto de aviones para poder volar lejos de aquí.
—¿De verdad? —pregunté, acercándome un poco más sin darme cuenta.
Él asintió. Me mostró la página. La letra era pequeña, apretada, distinta a la actual pero reconocible.
—Sí. Creía que si me iba lejos, todo sería mejor. Luego me di cuenta de que no tenía sentido irme sin… —se cortó de golpe. Cerró el cuaderno con un chasquido suave. Su expresión se volvió seria otra vez—. Bueno, eran tonterías de niño.
Antes de que pudiera decir nada, Don Eliseo se puso de pie, diciendo que iba a prepararse un té y que volvería en un rato. Nos dejó solos en el salón, con la caja abierta entre los dos y la lluvia siguiendo su curso afuera.
Dante se quedó mirando el cuaderno en sus manos. Se pasó un dedo por la cubierta de cuero, despacio, como si estuviera acariciando un recuerdo.
—Nunca se lo conté a nadie —dijo de repente, sin mirarme—. Lo de querer ser piloto. Era mi secreto.
—¿Por qué no? —pregunté con voz baja.
Él levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los míos, y en ellos vi una vulnerabilidad que nunca antes me había mostrado.
—Porque después de que mis padres murieran… pensé que soñar era de tontos. Que lo único que importaba era ser fuerte, aguantar, no necesitar a nadie. Cerré todo eso dentro de mí y lo olvidé.
—No es de tontos soñar —dije, y me sorprendí a mí misma hablando con tanta firmeza—. Yo también soñaba con cosas. Con que mi hermana se pusiera buena, con que tuviéramos una casa propia, con no tener que preocuparnos por el dinero cada mes. A veces los sueños son lo único que te mantiene de pie.
Dante me miró un buen rato. La lluvia seguía golpeando los cristales, pero en el salón todo estaba en calma. Se acercó un poco más a mí. Noté su perfume, el calor que desprendía su cuerpo. Tenía una cicatriz pequeña, casi imperceptible, en el dorso de la mano derecha. Me entraron ganas de tocarla, de preguntarle cómo se la había hecho.
—Tú eres fuerte —dijo, y su voz sonaba más ronca de lo normal—. Más fuerte de lo que crees. Yo… yo admiro eso.
Sentí cómo se me calentaban las mejillas. Bajé la mirada, sin saber qué responder. Él seguía mirándome. Podía sentir su mirada en mi cara, pesada y cálida.
—Aitana —dijo mi nombre, despacio, como si lo estuviera probando.
Levanté la vista. Él estaba más cerca de lo que pensaba. Sus ojos se bajaron un instante a mis labios, y el aire entre nosotros se volvió espeso, difícil de respirar. Se inclinó un poco hacia mí. Yo no me moví. Mi corazón latía tan fuerte que creía que se le oiría a él también.
En ese momento, un trueno fuerte resonó en el cielo, tan cerca que hizo vibrar los cristales. Dante se sobresaltó. Se enderezó de golpe, alejándose de mí como si me hubiera quemado. Se pasó una mano por el cabello, con la respiración un poco agitada.
—Mejor… mejor sigo con el trabajo —dijo, sin mirarme. Recogió el cuaderno y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta. Se giró para irse, pero antes de llegar a la puerta se detuvo. No se giró. Solo dijo, con voz baja:— Gracias. Por escucharme.
Y se fue.
Me quedé sentada en el sofá, con el corazón todavía acelerado. La lluvia seguía cayendo afuera, pero dentro de mí todo era un torbellino. Había visto un lado de Dante que nadie más conocía. Había compartido conmigo un secreto que guardaba desde niño. Y por un segundo, solo por un segundo, había estado a punto de besarme.
Me llevé una mano a los labios. Todavía podía sentir el calor de su aliento en mi piel, la cercanía de su cuerpo. Sabía que él también lo había sentido. Sabía que esa barrera que ambos se habían esforzado tanto en mantener estaba empezando a agrietarse.
Y aunque eso me asustaba, aunque sabía que iba contra todas las reglas que él mismo había puesto… una parte de mí deseaba que esa lluvia no parara nunca. Que el mundo se quedara así, en silencio, solo para los dos.
Cerré los ojos. El sonido de la lluvia me envolvía. Y en mi cabeza, la voz de Dante repitiendo mi nombre una y otra vez, despacio, como si fuera algo precioso que no quería romper.