Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...
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Invasión territorial, expedientes y cerveza artesanal
El viernes por la tarde, el Bufete Galvis tenía esa atmósfera eléctrica de fin de semana inminente, donde la productividad se desploma y los pensamientos se dirigen hacia el descanso. Sin embargo, a las 4:30 p.m., el licenciado Galvis convocó a Sandra y a Julián a su oficina con una expresión que prometía dolor.
—*Inversiones del Norte* ha adelantado la reunión del lunes a las 8:00 a.m. —anunció Galvis\, sin preámbulos—. Necesito que la revisión de las cláusulas de responsabilidad civil esté impecable\, encuadernada y en mi escritorio a las 7:30. No quiero ni un solo error tipográfico.
Sandra sintió que el estómago se le iba a los pies. Eran casi trescientas páginas de revisiones cruzadas.
—Licenciado, con todo respeto, eso implica quedarse todo el fin de semana en la oficina. El edificio cierra los fines de semana y el sistema de aire acondicionado se apaga a las 8:00 p.m.
Julián, que hasta ese momento había estado en silencio, intervino con su calma habitual.
—Tiene razón, licenciado. Pero hay una solución. Sandra y yo podemos llevarnos los expedientes a su departamento. Está a diez minutos de aquí, tiene una mesa de comedor amplia y, estoy seguro, una cafetera que no sabe a desesperación. Podemos trabajar toda la noche y tenerlo listo mañana por la tarde.
Galvis asintió, aliviado.
—Excelente iniciativa, García. Vargas, usted coordina con él. Quiero ese informe impecable.
Sandra salió de la oficina con una mezcla de pánico y resignación. Miró a Julián.
—¿En serio? ¿Trabajar en mi casa un viernes por la noche?
—Es la opción más lógica, Sandra —dijo Julián, con esa sonrisa que siempre la desarmaba—. Te prometo que seré un huésped fantasma. Solo trabajo, café y silencio. Además, así evitamos que Valeria "accidentalmente" derrame algo más sobre los documentos este fin de semana.
La mención de Valeria selló el trato. Sandra sacó su teléfono y tecleó un mensaje rápido mientras caminaban hacia sus cubículos.
**Sandra:** *Emergencia nacional. Julián viene a casa a trabajar en los expedientes. Probablemente hasta tarde. Compra cerveza o algo fuerte\, voy a necesitarlo.*
La respuesta de Diego llegó en menos de diez segundos.
**Diego:** *¿El galán de Madrid va a invadir mi santuario un viernes por la noche? Que traiga su propio papel higiénico. Y sí\, hay cerveza.*
Sandra sonrió. Diego era un drama andante, pero siempre tenía la espalda cubierta.
A las 7:00 p.m., sonó el timbre del departamento en la colonia Roma. Sandra abrió la puerta, ya cambiada a su uniforme de trabajo en casa: unos leggings negros, una camiseta oversize de una banda de rock de los 90 y el cabello recogido en un moño desordenado que desafiaba las leyes de la física.
Julián estaba en el pasillo. Llevaba una camisa blanca de manga larga, con los puños remangados hasta los codos, y sostenía una bolsa de papel de una panadería famosa y dos expedientes gruesos. Olía a lluvia y a ese perfume caro que Sandra ya había aprendido a identificar a tres metros de distancia.
—Buenas noches, roomie accidental —saludó Julián, sonriendo al verla. Sus ojos bajaron un segundo hacia su atuendo, y Sandra notó un brillo de aprobación que ella, en su infinita ceguera, interpretó como "alegría por la comodidad".
—Pasa, Julián. La mesa del comedor está libre —dijo ella, haciéndose a un lado.
En cuanto Julián cruzó el umbral, una figura alta y de brazos cruzados se materializó desde la cocina. Diego Sosa estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta, con una camiseta gris que marcaba sus hombros y una expresión que oscilaba entre la hospitalidad forzada y la evaluación de un guardia de seguridad de élite.
—Julián García, supongo —dijo Diego, extendiendo la mano. Su tono era educado, pero su agarre, cuando Julián lo tomó, fue firme, prolongado y ligeramente competitivo.
—El mismo. Diego Sosa, ¿verdad? El famoso diseñador gráfico y chef de autor —respondió Julián, devolviendo el apretón con la misma intensidad, sin perder la sonrisa.
—El mismo. Bienvenido al caos. La mesa está por allá. Sandra, ¿quieres que saque las cervezas o el invitado prefiere un té de hierbas para no desvelarse? —preguntó Diego, sin apartar la vista de Julián.
—Una cerveza está bien, gracias —dijo Julián, caminando hacia la mesa y dejando los expedientes con cuidado.
Durante las siguientes dos horas, el departamento se convirtió en un campo de batalla silencioso. Sandra y Julián estaban sentados frente a frente en la mesa del comedor, rodeados de papeles, post-its y laptops. Trabajaban con eficiencia, discutiendo cláusulas y redactando correcciones.
Pero Diego no se había ido a su habitación. Oh\, no. Diego había decidido que ese era *su* territorio\, y lo iba a defender con tácticas de guerra psicológica doméstica.
Primero, trajo las cervezas.
—Toma\, Julián. Es artesanal\, de lúpulo intenso. No es el agua con gas que sirven en la cafetería del bufete\, pero supongo que te acostumbrarás —dijo\, dejando la botella frente a él con un *clac* deliberado.
—Gracias, Diego. Se ve excelente —respondió Julián, educado.
Media hora después, Sandra estornudó. Antes de que ella pudiera siquiera buscar un pañuelo, Diego ya estaba allí, dejando una caja de pañuelos y una taza de té de eucalipto humeante exactamente a su derecha, el lado que ella siempre usaba.
—Para la garganta\, abogada. No quiero que te enfermes y me contagies —murmuró\, lanzándole una mirada a Julián que claramente decía: *Yo sé cómo cuidarla\, tú no*.
Julián observó la interacción. Vio cómo Sandra tomó el té sin siquiera agradecerle verbalmente, con la naturalidad de quien ha compartido ese espacio miles de veces. Vio cómo Diego, sin que ella se lo pidiera, ajustó la lámpara del comedor porque sabía que la luz le daba directamente en los ojos a Sandra cuando leía.
Era una coreografía perfecta. Una intimidad construida no en meses, sino en años. Y a Julián, por primera vez, le dio un vuelco el estómago que no tuvo nada que ver con el café.
—Oye\, Sandra —dijo Julián\, rompiendo el silencio mientras revisaba un párrafo—. Esta cláusula es un desastre. Si la dejamos así\, *Inversiones del Norte* nos va a demandar por negligencia.
Sandra se inclinó sobre el papel, su hombro rozando accidentalmente el brazo de Julián. Él no se apartó. Al contrario, se quedó quieto, sintiendo el calor de su piel a través de la tela de la camiseta.
—Tienes razón —murmuró ella, mordiéndose el labio inferior en concentración, un gesto que a Julián le pareció devastadoramente atractivo—. Podemos reescribirla para limitar la responsabilidad a un porcentaje del capital social.
—Exacto. Eres brillante, ¿lo sabías? —dijo Julián, su voz bajando un tono, cargada de una admiración que iba más allá de lo profesional.
Sandra levantó la vista, sonriendo con orgullo.
—Lo sé. Por eso me pagan, aunque sea poco.
Desde la cocina, se escuchó el sonido estridente de un cuchillo golpeando una tabla de cortar con un poco más de fuerza de la necesaria.
—¿Alguien quiere quesadillas? —gritó Diego, con una voz que sonaba peligrosamente alegre—. Estoy haciendo unas de queso manchego. Sandra, las tuyas van sin cebolla, como siempre.
Julián miró a Sandra.
—¿Sin cebolla?
—Sí, me cae pesado y me da acidez —explicó ella, sin pensar, volviendo a sus papeles.
Julián asintió lentamente. *Él sabe cómo le gusta el queso. Él sabe que la luz le molesta. Él sabe que no come cebolla.* La lista mental de ventajas de Diego Sosa crecía por segundo\, y a Julián no le gustaba nada.
A las 11:30 p. m., el trabajo estaba prácticamente terminado. Julián cerró su laptop y se estiró, sus ojos cansados pero brillantes buscando a Sandra.
—Lo logramos. Mañana por la mañana, Galvis tendrá el mejor informe de su vida.
—Gracias a Dios —suspiró Sandra, frotándose los ojos—. No sé cómo te lo voy a pagar, Julián.
Julián se puso de pie y caminó alrededor de la mesa, deteniéndose justo detrás de la silla de Sandra. Se inclinó ligeramente, apoyando una mano en el respaldo de su silla, invadiendo su espacio personal de una manera que era sutil pero innegable.
—Con que me invites a cenar la próxima semana, cuando ya no tengamos expedientes de por medio, es suficiente —dijo, su voz suave, casi un susurro cerca de su oído.
Sandra se quedó congelada un segundo. El aliento de Julián rozó su cuello. Su cerebro\, en pánico\, buscó la explicación más lógica y no romántica posible. *Es una táctica de networking*\, se dijo. *Los jefes hacen esto para fidelizar al personal junior. Es pura estrategia corporativa.*
—Claro, Julián. La próxima semana yo invito. Conozco un lugar de tacos que te va a volar la cabeza —respondió ella, girando la cabeza y sonriendo con total naturalidad, rompiendo la tensión romántica como si fuera un globo con un alfiler.
Julián parpadeó, frustrado, pero inevitablemente encantado por su densidad.
—Tacos. Perfecto. Me encantan los tacos.
En ese momento, Diego apareció en el comedor con un plato de quesadillas. Se detuvo al ver la proximidad entre Julián y Sandra. Su mirada se oscureció un instante, pero su sonrisa fue instantánea y afilada.
—¿Interrumpo algo o las quesadillas pueden esperar a que terminen de... revisar la tipografía a quemarropa? —preguntó Diego, caminando y colocándose deliberadamente entre Julián y Sandra, rompiendo la línea de visión.
Julián se enderezó, recuperando su compostura.
—No, para nada. Ya terminamos. De hecho, creo que es hora de que me retire y los deje descansar.
Julián recogió sus cosas. Sandra lo acompañó a la puerta.
—De verdad, gracias por hoy, Julián. Salvaste mi fin de semana.
Julián se detuvo en el umbral. La miró, y por un segundo, dejó caer la máscara de jefe encantador.
—Sandra, cuídate. Y... dile a Diego que sus quesadillas huelen increíble, pero que la próxima vez que vengo, yo traigo el vino.
Sandra rio.
—Trato hecho. ¡Buenas noches, Julián!
Cuando la puerta se cerró, Sandra exhaló un suspiro largo y se giró. Diego estaba en la cocina, lavando el plato de las quesadillas con una intensidad que sugería que el plato le había hecho algo personal.
—Bueno, el galán sobrevivió a la invasión —dijo Sandra, caminando hacia la sala y dejándose caer en el sofá, estirando las piernas—. Fue muy profesional. Casi me da pena que trabaje con Valeria; la pobre no sabe lo que se pierde.
Diego apagó el grifo y se secó las manos con un trapo. Caminó hacia el sofá y se sentó a su lado, lo suficientemente cerca como para que sus muslos se rozaran.
—Sí, muy profesional —murmuró Diego, con la mirada fija en la pantalla apagada de la televisión—. Oye, San.
—¿Dime?
—La próxima vez que Galvis quiera un informe el lunes, le dices que contrate a un pasante. Yo no voy a permitir que conviertan mi sala en una sucursal del Bufete Galvis los viernes por la noche. Mi salud mental no lo soporta.
Sandra soltó una carcajada y se inclinó, apoyando la cabeza en el hombro de Diego. Él se tensó un milímetro, pero luego relajó el brazo, dejándolo caer naturalmente sobre el respaldo del sofá, justo detrás de ella.
—Lo siento, roomie. Prometo que fue la última vez. Eres el mejor.
Diego miró hacia abajo, hacia el moño desordenado de Sandra y la curva de su hombro bajo la camiseta oversize. El olor de Julián todavía flotaba en el aire, pero el peso de Sandra contra su lado era real, cálido y suyo.
—Lo sé, abogada —susurró él, con una voz tan suave que ella apenas la escuchó—. Lo sé.