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BAJO LA PIEL DEL DESEO

BAJO LA PIEL DEL DESEO

Status: En proceso
Genre:CEO / Traiciones y engaños
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.

Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.

En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.

NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 1

El sol de la tarde entraba suave por las ventanas de la pequeña tienda de bodas. Lidia Ashcroft pasaba los dedos por la tela de encaje del velo, con una sonrisa que no se le borraba de los labios. Levantó la vista hacia la dependienta, con los ojos brillantes de ilusión.

—¿Crees que es demasiado? —preguntó, acariciando los bordes delicados—. Adrián dice que le gusta lo sencillo, pero yo siempre soñé con algo así.

—Es perfecto —respondió la mujer con amabilidad—. Su prometido se quedará sin palabras cuando la vea caminar hacia el altar.

Lidia asintió, sintiendo que el corazón se le hinchaba de felicidad. Faltaban apenas tres meses para la boda, y cada detalle que cerraba era un paso más hacia la vida que siempre había imaginado: junto a Adrián Calloway, el hombre que le prometió amor eterno mientras construían juntos su futuro.

—Entonces nos quedamos con este —decidió, dejando el velo sobre el mostrador—. También confirmaré el menú y las flores esta semana. Quiero que todo sea exactamente como lo planeamos.

Pagó la reserva, guardó los papeles en su bolso y salió a la calle con paso ligero. El aire fresco le acarició el rostro, y no pudo evitar sonreír de nuevo. Todo iba saliendo a la perfección. Adrián estaba trabajando duro en su agencia de viajes, y aunque a veces llegaba tarde o estaba distraído, ella sabía que era por su futuro compartido. Estaba segura de que él era el hombre de su vida.

Decidió pasar por su apartamento para dejar los papeles y quizá prepararle una cena especial. Al abrir la puerta, el silencio la recibió. Adrián no había llegado todavía. Dejó su bolso sobre la mesa del recibidor y fue a la cocina pensando en qué cocinar. Pero al volver a buscar el teléfono, el bolsillo lateral del bolso se abrió un poco, y un trozo de papel asomó. Lo sacó: era un recibido de un hotel, con fecha de hacía dos semanas. Y no estaba a nombre de Adrián solo.

El corazón le dio un vuelco. Sacó su teléfono móvil del bolso y vio que tenía notificaciones de mensajes que él había dejado abiertos en su tableta, la que compartían para la agencia. Al leerlos, el mundo se detuvo a su alrededor.

“Me encantó la noche de ayer, amor. No veo la hora de que estemos solos otra vez. Lidia no sospecha nada.”

“Pronto todo será nuestro. Solo tengo que esperar a casarme con ella y conseguir lo que necesito. Luego terminó con ella y seremos libres.”

Las manos le temblaron tanto que el teléfono casi se le cae al suelo. No podía ser. No podía ser el mismo Adrián que le hablaba de amor por las noches, que le besaba la frente y le decía que era su todo. Siguió deslizando la pantalla, leyendo mensaje tras mensaje, cada uno más doloroso que el anterior. Meses. Llevaba meses viéndose con otra mujer. Meses mintiéndole en la cara mientras ella elegía velos y menús para una boda que él nunca tuvo intención de cumplir de verdad.

La puerta se abrió. Adrián entró, con la chaqueta en el brazo y esa sonrisa que siempre le había derretido el corazón. Pero ahora, al verla de pie en medio de la sala, pálida y con los ojos llenos de lágrimas, su sonrisa se desdibujó.

—¿Lidia? ¿Qué pasa, amor? —preguntó acercándose—. ¿Por qué me miras así?

Ella levantó el teléfono con los mensajes a la vista, y la voz le salió entrecortada, apenas un susurro que parecía rasgarle la garganta.

—¿Quién es ella, Adrián? —sus ojos se llenaron de lágrimas que empezaron a rodar por sus mejillas—. Dime la verdad por una vez en tu vida. ¿Quién es?

Él miró la pantalla y su rostro cambió por completo. La sorpresa dio paso a una expresión que ella no le conocía: dureza, sin rastro de arrepentimiento.

—¿Estuviste revisando mis cosas? —replicó, con tono cortante, sin siquiera intentar negarlo.

—Encontré los mensajes por casualidad —respondió ella, con la voz quebrada—. Me dijiste que me amabas. Me dijiste que yo era la única. ¿Todo era mentira? ¿Los planes, la boda, las promesas… todo?

Adrián soltó un suspiro pesado, como si ella fuera la que le estaba causando un problema, no él a ella.

—Las cosas son más complicadas de lo que crees, Lidia —dijo, encogiéndose de hombros—. No fue mi intención que te enteraras así. Pero no tenías que leerlo todo.

—¿Que no tenías que hacerlo? —alzó la voz, sin poder creer lo que estaba oyendo—. ¡Me prometiste que pasaríamos el resto de nuestras vidas juntos! ¡He estado eligiendo los detalles de nuestra boda mientras tú… mientras tú estabas con otra!

—Las cosas han cambiado —respondió él, con frialdad—. No te lo dije porque no quería hacerte daño, pero… lo nuestro ya no era lo mismo.

—¿No era lo mismo? —repitió, sintiendo cómo el corazón se le hacía pedazos—. ¿Y por qué no me lo dijiste? ¿Por qué dejarme seguir soñando con algo que tú ya habías roto por dentro hace meses?

Adrián no la miró a los ojos. Se pasó una mano por el pelo y contestó con indiferencia, como si no le importara que el mundo de ella se estuviera derrumbando justo delante de él.

—No quería herirte. Y pensé que… podíamos arreglarlo. Pero las cosas pasan.

—¿Las cosas pasan? —Lidia negó con la cabeza, retrocediendo un paso—. Tú me mentiste. Tú me engañaste durante meses. Y ahora me lo dices como si nada hubiera pasado.

—Mira, Lidia, no hagas esto más difícil —dijo él, acercándose un poco—. Sigo queriéndote, pero… necesito que me entiendas. Hay cosas que no puedo controlar.

—¿Amarla a ella no puedes controlarlo? —preguntó ella, con los ojos ardiendo entre lágrimas y rabia—. ¿Mientras yo planeaba nuestra vida tú planeabas cómo dejarme?

—No lo digas así —respondió él, evasivo—. No es tan simple.

—Para mí sí lo es —dijo ella, con voz firme aunque temblaba por dentro—. Yo te di todo. Mi confianza, mi amor, mis planes… y tú me pagaste mintiéndome en la cara. No hay explicación que valga para eso, Adrián.

—¿Y ahora qué? —preguntó él, cambiando el tono a uno más seco—. ¿Terminamos así de la nada? Después de todo este tiempo?

—No es de la nada —respondió ella, guardando el teléfono con manos temblorosas—. Es porque ya no existe “nosotros”. Eso murió hace mucho tiempo, cuando decidiste mentirme. Y yo no me voy a casar con alguien que no me respeta.

—¿De verdad vas a tirar todo por la borda por unos mensajes? —reclamó él, con tono de reproche—. Podemos hablarlo. Podemos arreglarlo.

—No hay nada que arreglar —dijo Lidia, recogiendo su bolso con decisión—. La base de todo era la verdad. Y tú me la robaste desde el principio. Adiós, Adrián.

—Lidia, espera —dijo él, intentando tocarla del brazo—. No seas impulsiva. Hablemos bien.

Ella se apartó con un movimiento seco, mirándolo por última vez, con el corazón roto pero con la certeza de que no podía quedarse ni un minuto más al lado de un hombre capaz de destruirla así.

—No tengo nada más que decirte. Lo que vi lo dice todo. Que te vaya bien.

Sin esperar respuesta, salió del apartamento que compartían, cerrando la puerta detrás de sí. Caminó por la calle sin rumbo, con el pecho apretado y las lágrimas cayendo libremente por sus mejillas. El hombre que juró amarla le había mentido en la cara, y el futuro que con tanta ilusión estaba construyendo se había desmoronado en cuestión de minutos, dejándola sola, herida y sin saber hacia dónde ir.

—¿Y todo este tiempo… nunca dudaste de mí? —preguntó ella, con la voz quebrada, deteniéndose en la acera.

Adrián se asomó por la puerta, con la mandíbula tensa, sin rastro de arrepentimiento.

—Te quería, Lidia. Pero no era suficiente.

—¿No era suficiente? —repitió ella, con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Yo no era suficiente para ser honesta conmigo?

Él soltó un suspiro pesado, como si ella fuera la que exageraba.

—No quise hacerte daño.

—Lo hiciste —le cortó ella, firme y dolida a la vez—. Y lo peor es que no parece importarte.

—No digas eso —respondió él, bajando un poco el tono—. Podemos intentarlo de nuevo. Olvida los mensajes. Olvida todo.

Lidia negó con la cabeza, retrocediendo un paso.

—No puedo olvidar que me mentiste durante meses. Y tampoco quiero. Adiós, Adrián. Para siempre.

Sin esperar nada más, se giró y se marchó, dejándolo allí de pie, sin siquiera intentar detenerla.

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