Liam solo quería salvar a su hermano.
Cuando el profesor Duncan Ashford descubre al muchacho robando en su oficina, lo denuncia ante la universidad. Desesperado, Liam le ruega que retire los cargos. Su hermano podría ser expulsado y quedar marcado para siempre.
Entonces Duncan le hace una pregunta:
—¿Qué estarías dispuesto a dar para salvarlo?
Liam responde sin pensar:
—Lo que sea.
Acaba de cometer su primer gran error.
Duncan no es solamente un profesor. Es el líder de una poderosa familia yakuza, un hombre casado que nunca deja que nadie altere sus reglas.
Pero Liam ha despertado su interés.
Una noche. Un trato. Un precio que jamás imaginó pagar.
Y cuando Liam descubra quién es realmente el hombre al que le entregó su inocencia, será demasiado tarde para escapar.
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La revelación del Yakuza
—¿El yakuza? —La voz de Liam apenas fue un susurro, pero sostuvo la mirada—. ¿Eres un yakuza?
Duncan se levantó de la cama. Sin prisa, se irguió en toda su altura, dejando que la luz ámbar de la lámpara recortara su silueta contra la pared. El tatuaje, esa serpiente interminable que le cubría el torso, pareció moverse con su respiración.
—Correcto, muchacho. —Hubo un destello de diversión en sus ojos oscuros—. ¿Ves que no eres tan estúpido como aparentas?
Liam retrocedió un poco, apoyando la espalda contra el cabecero. Su mente trabajaba a toda velocidad, buscando en archivos mentales de películas, de noticias lejanas, de rumores de internet, algo que le diera una ventaja. Una regla. Un límite.
—Pero... —tartamudeó, aferrándose al primer estereotipo que le vino a la cabeza—. A los yakuza no les gustan los hombres. Son tradicionales. Son...
Liam se calló. El que rio fue Duncan. No fue una carcajada estruendosa, sino una risa baja, grave, que resonó en las paredes de la habitación 408.
—¿Quién te dijo eso? —Duncan ladeó la cabeza, mirándolo con una mezcla de lástima y ternura—. Y lo que es más importante, Liam... ¿quién crees que se atrevería a meterse conmigo para decirme lo que me puede gustar?
El silencio que siguió fue más denso que cualquier grito.
Aquello había escalado a una dimensión que Liam no conocía. Hasta esa noche, en el fondo de su corazón, había pensado que el profesor era, a lo sumo, un pervertido. Un hombre de poder al que le gustaban los jovencitos, que usaba su influencia para conseguirlos. Pero ahora no estaba ante un simple depredador académico. Estaba ante un yakuza. Un verdadero asesino. De esos que aparecen en las noticias con los rostros pixelados, que no dejan rastro, que cortan dedos y desaparecen familias enteras sin que la policía se atreva a abrir una carpeta de investigación.
Liam tragó saliva. La boca le sabía a cobre.
—¿Qué piensas hacerme?
Duncan lo observó de costado. Una sonrisa ladeada, casi perezosa, le curvó los labios.
—¿Hacerte? Yo solo pienso divertirme contigo. —Se acercó un paso, y la sombra de su cuerpo cubrió a Liam por completo—. Mientras me proporciones el desahogo que requiero, todo estará bien. Serás mi secreto favorito. Pero... —Su voz bajó una octava, volviéndose tan fría que Liam sintió que el aire de la habitación se congelaba—. Vuelve a retarme. Vuelve a cuestionarme, o intenta huir, y no te garantizo que esa bonita cara siga pegada a ese cuello.
Liam empezó a temblar. No era el temblor del nerviosismo de los primeros jueves. Era el temblor biológico de una presa que acaba de comprender que la jaula no tiene barrotes, sino dientes. No solo había atraído la atención de un profesor casado. Había caído en las manos de un ejecutor de la mafia japonesa, un hombre que operaba con impunidad absoluta.
¿Qué podía hacer? ¿A quién podía recurrir? La policía estaba comprada. La universidad estaba subordinada. Su propia familia era el rehén.
Duncan pareció leer sus pensamientos, porque se sentó en el borde del colchón. El peso de su cuerpo hundió las sábanas, obligando a Liam a deslizarse ligeramente hacia él. Duncan le acarició la mejilla con el dorso de los dedos. El anillo de oro brilló, cegador.
—Te lo dije la primera vez —susurró Duncan, mirándolo de frente, clavándole los ojos hasta el fondo del cráneo—. Eres mi amante. Y harás todo lo que yo diga. Tu único fin en esta vida es complacerme. ¿Estamos?
Liam no pudo hablar. Solo asintió, con los ojos brillantes por las lágrimas que se negaba a dejar caer.
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Dos horas después, Duncan se estaba vistiendo.
Liam seguía enredado entre las sábanas, con el cuerpo magullado y la mente en blanco, mirando el techo. Pensativo. Roto.
—Vístete —dijo Duncan, ajustándose los gemelos frente al espejo del tocador—. Estoy notando que este cuarto de hotel se está volviendo aburrido. Demasiado predecible. La próxima vez te citaré en uno de mis departamentos privados. Será nuestro nido de amor.
Liam giró la cabeza lentamente. Lo observó, incapaz de creer lo que ese hombre acababa de decir con tanta naturalidad. *Nido de amor.* La frase sonaba obscena, enferma, en boca de un hombre que acababa de confesar que era un criminal y que tenía una esposa en casa.
Duncan terminó de anudarse la corbata. Se pasó una mano por el pelo, asegurándose de que ni un solo mechón estuviera fuera de lugar. Volvió a ser el profesor intachable. El académico respetado.
Caminó directo a la puerta. Puso la mano en el pomo y miró a Liam por encima del hombro.
—Vístete. No sería bueno que llegues tarde a tu residencia. —Le guiñó un ojo, con una sonrisa que helaba la sangre—. Y sonríe, Liam. Mañana tienes clase conmigo.
La puerta se abrió. Se cerró.
El cerrojo chasqueó desde fuera.
Liam se quedó solo en la penumbra, escuchando el zumbido del aire acondicionado. Cerró los ojos y apretó los puños contra las sábanas de blanco quirúrgico.
*Estoy perdido*, pensó. Y luego, con una amargura que le quemó el pecho, se corrigió: *Qué digo perdido. Estoy acabado.*
Una lágrima solitaria se le escapó, trazando una línea caliente por su sien y empapando la almohada.
*Maldita sea*, se dijo, mordiéndose el labio hasta que sintió el sabor de la sangre. *Hubiera dejado que expulsaran a mi hermano. Hubiera dejado que el mundo se cayera a pedazos. Al menos, si lo hubieran echado, uno de los dos seguiría siendo libre.*