Hay lugares que nunca se olvidan. Para Rubi, aquel pequeño pueblo siempre había sido el lugar al que regresaba cada verano. El rancho de sus abuelos, los mismos caminos de tierra, los caballos, las tardes interminables y una familia que prácticamente había crecido junto a la suya. Y luego estaba él. Wyatt Carter. Durante años fue simplemente el hermano mayor de su mejor amigo. El cowboy que siempre parecía estar cubierto de polvo, que sabía montar cualquier caballo y que tenía la extraña costumbre de aparecer justo cuando ella estaba a punto de meterse en problemas. Pero han pasado años desde el último verano. Y algunas cosas cambiaron. Ella no esperaba volver a encontrar el pueblo exactamente como lo había dejado. Mucho menos esperaba que Wyatt tampoco fuera el mismo. Porque quizás regresar al lugar donde comenzó todo no sea tan sencillo como recordar viejos veranos. Y quizás este verano tenga algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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Wyatt
...Perspectiva de Wyatt ...
Wyatt cruzó el camino que separaba la casa de sus padres de los establos con las manos en los bolsillos.
El sol ya estaba alto y el calor comenzaba a sentirse sobre los campos.
Había pasado años levantándose antes de que amaneciera. Para él, aquella rutina era tan normal que ni siquiera pensaba en ella. Revisar los caballos, alimentar al ganado, reparar cercas, supervisar a los trabajadores y asegurarse de que todo funcionara como debía.
El rancho no esperaba a nadie.
Mucho menos a él.
Empujó la puerta del establo y entró.
Uno de los caballos golpeó suavemente el suelo con una de sus patas.
—Buenos días, viejo.
Wyatt se acercó y le acarició el cuello.
Había algo tranquilizador en los animales.
No hacían preguntas.
No esperaban explicaciones.
Solo estaban allí.
Mientras acomodaba el alimento, su mente volvió inevitablemente a la cena de la noche anterior.
Rubí.
Había vuelto.
Wyatt llevaba horas diciéndose que aquello no era importante.
Habían pasado diez años.
Era normal que alguien regresara después de tanto tiempo.
Además, Rubí siempre había sido parte de su vida, aunque de una manera diferente.
Cuando eran niños, ella estaba prácticamente todos los veranos en la casa de sus abuelos, justo frente a su propiedad.
Siempre estaba con Logan.
Los dos eran inseparables.
Y Wyatt había sido simplemente el hermano mayor que tenía que vigilar que no incendiaran el granero.
Recordaba perfectamente a aquella niña de cabello rojizo que corría por el rancho con las rodillas llenas de tierra.
Recordaba cómo Logan siempre la metía en problemas.
Y recordaba cómo ella conseguía convencerlo para que asumiera la culpa.
Wyatt sonrió al recordar una de aquellas tardes.
—No puede ser…
Una voz lo sacó de sus pensamientos.
—¿Qué?
Wyatt giró.
Uno de los trabajadores estaba apoyado contra la puerta.
—Estás sonriendo.
—No estoy sonriendo.
—Sí lo estás.
Wyatt volvió a concentrarse en el caballo.
—Ocúpate de tu trabajo.
El hombre soltó una carcajada.
—Como quieras, jefe.
Wyatt negó con la cabeza.
Pero la sonrisa volvió a aparecer.
No podía evitarlo.
Rubí había cambiado.
Mucho.
Ya no era la niña que recordaba.
Ahora era una mujer.
Y eso era precisamente lo que intentaba no pensar.
Salió del establo y comenzó a revisar una de las cercas.
Desde allí podía ver perfectamente la casa de los abuelos de Rubí.
La propiedad estaba justo enfrente.
Como siempre.
Solo que ahora ella estaba allí.
Wyatt apoyó los brazos sobre la cerca.
La noche anterior la había visto jugar con Logan como si los años no hubieran pasado.
Habían corrido por el rancho, riéndose como dos niños.
Y, por alguna razón, aquella escena le había producido una sensación extraña.
Había sido agradable verla allí.
El rancho siempre había sido silencioso.
Demasiado silencioso.
Desde que su padre había empezado a delegarle más responsabilidades, la mayor parte de sus días consistía en trabajar.
Y trabajar.
Y volver a trabajar.
No tenía tiempo para muchas otras cosas.
Rubí, en cambio, había llegado como una especie de recuerdo de otra época.
Una época en la que él no tenía tantas responsabilidades.
Una época en la que su mayor preocupación era evitar que Logan y ella terminaran cayendo en un estanque.
Wyatt soltó una pequeña risa.
Entonces vio movimiento frente a la casa.
Rubí salió al porche.
Llevaba unos jeans, una camiseta sencilla y el cabello recogido.
Se detuvo a observar el rancho.
Wyatt la vio mirar hacia los establos.
Por un momento, sus miradas se encontraron.
Ella sonrió.
Wyatt levantó ligeramente la mano a modo de saludo.
Rubí hizo lo mismo.
Después entró nuevamente en la casa.
Wyatt permaneció allí unos segundos.
—¿Qué estás haciendo?
La voz de Logan lo sorprendió.
—Trabajando.
Logan se acercó y miró hacia la casa.
—¿Estabas mirando a Rubí?
Wyatt lo miró.
—No.
—Claro.
—Estaba mirando la cerca.
Logan miró la cerca.
Después miró a su hermano.
—¿La cerca tiene cabello rojo?
Wyatt soltó una risa.
—Vete.
—Solo digo.
—Logan.
—Está bien, está bien.
Logan levantó las manos y comenzó a alejarse.
—Pero te aviso algo.
Wyatt lo miró.
—¿Qué?
—Rubí piensa quedarse todo el verano.
Wyatt volvió la mirada hacia la casa de enfrente.
—Ya lo sé.
—Entonces vas a verla bastante.
Wyatt se quedó en silencio.
Logan sonrió.
—Nos vemos, hermano.
Cuando se quedó solo, Wyatt suspiró.
Sabía que su hermano tenía razón.
La tendría cerca durante semanas.
Y lo peor era que una parte de él no estaba segura de querer evitarlo.
Wyatt tomó nuevamente sus herramientas y regresó al trabajo.
Intentó concentrarse.
Pero por primera vez en mucho tiempo, el rancho no era lo único que ocupaba sus pensamientos.