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PUDRETE PARÍS... AHORA AMARÉ A HÉCTOR

PUDRETE PARÍS... AHORA AMARÉ A HÉCTOR

Status: Terminada
Genre:Romance / Traiciones y engaños / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Helena ha vivido dos veces… y en ambas terminó muerta.

En su primera vida eligió a Menelao, creyendo que un rey podía ofrecerle amor y protección. Descubrió demasiado tarde que detrás de su corona había un hombre celoso, posesivo y cruel, capaz de convertir el matrimonio en una prisión.

En su segunda vida huyó de él y creyó en las promesas de París. Fue otro error. París solo quería presumir de su belleza, beber, divertirse y convertirla en un trofeo. Cuando Troya cayó, Helena volvió a morir.

Pero la tercera vez será diferente.

Cuando llega el momento de escoger esposo, Helena recuerda a un joven que una vez le ofreció un pañuelo mientras lloraba: Héctor, príncipe de Troya. Un hombre que todavía es soltero, noble y libre.

Sin dudarlo, Helena lo elige.

Ahora deberá conquistar su corazón… y desafiar una historia que sabe que terminará con Héctor muerto en batalla.

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La elección que nadie vio venir

El aire en la gran sala del palacio de Esparta pesaba denso, cargado del aroma de las antorchas y de una expectación tan tensa que casi podía palparse. En el centro, sobre un estrado de madera de cedro cubierto con un tapiz de púrpura bordado en oro, permanecía de pie Helena.

No era la primera vez que se hallaba allí. No era la primera vez que todos los ojos se posaban sobre ella, admirando su rostro, midiendo su valor, decidiendo su destino. Pero esta vez algo era distinto. Algo en la forma en que mantenía la cabeza erguida, en la calma de su postura, hacía que incluso los más arrogantes sintieran que aquella mujer no era la misma que antes. En sus ojos, grandes y oscuros, no brillaba el miedo ni la sumisión. Había algo mucho más poderoso: conocimiento. Un conocimiento forjado en el fuego de dos vidas enteras, dos existencias que había vivido, sufrido y perdido antes de llegar a este instante.

Había vivido primero al lado de Menelao. Aprendió entonces que el amor de los reyes no siempre era ternura. Aprendió que los celos, la posesión y la violencia pueden esconderse detrás de una corona de oro. Aprendió que las palabras dulces se convierten en gritos cuando la puerta se cierra, y que al final, en un arranque de ira cegada por el orgullo herido, él la había alzado la mano por última vez, y ella había caído sabiendo que no era culpa suya, sino de un destino impuesto sin preguntarle jamás. Murió pensando que eso era lo que le tocaba por ser bella: ser deseada, poseída, y finalmente destruida.

Cuando despertó en su segunda vida, juró que sería diferente. Huyó de Esparta, huyó de Menelao. Y entonces apareció París: joven, hermoso, de sonrisa encantadora y palabras que parecían miel, que le hablaba de diosas y de un amor que la haría brillar más que el sol. Ella quiso creerle. Se fue con él hacia Troya creyendo que al fin había encontrado su lugar.

Pero el tiempo le demostró que la vanidad y la inmadurez pueden ser tan crueles como la violencia. París no la amaba: amaba tenerla. Amaba poder decir que la mujer más hermosa del mundo lo había elegido a él. Pero cuando el vino corría y las fiestas se alargaban hasta el amanecer, ella dejaba de existir para él. Las noches en vela volvieron, las palabras ignoradas, el silencio que pesaba más que cualquier grito. Y cuando se atrevió a reclamarle, él la empujó. Contó veintiuna veces en que levantó la mano contra ella. Veintiuna veces en que creyó que el corazón se le partiría no por el golpe, sino por la certeza de que se había equivocado de nuevo.

Y en una de esas noches, con el corazón roto y el alma cansada, lo vio por primera vez de verdad. Estaba sentada en un rincón del pasillo del palacio de Troya, intentando que el llanto no se oyera, cuando unos pasos lentos y firmes se detuvieron frente a ella. Alzó la mirada esperando órdenes, pero quien estaba allí era Héctor.

El mayor de los hermanos troyanos, el príncipe que todos respetaban. No llevaba armadura, solo una túnica sencilla, y sin embargo irradiaba una fuerza tranquila, una calma que parecía rodearlo siempre. No se rió. No la mandó callar. Simplemente se detuvo, la miró con comprensión, sacó un pañuelo de lino blanco de su cinturón y se lo tendió sin acercarse demasiado, respetando su espacio.

—¿Te sientes bien? —preguntó, con voz suave, baja, como si no quisiera romper el silencio de la noche.

Ella asintió, tomó el pañuelo y se lo llevó a los ojos. Él esperó unos segundos más y luego siguió su camino, dejándola sola, sin hacer preguntas, sin contárselo a nadie.

Después de eso, Helena lo observó muchas veces desde la distancia. Lo vio llegar a su casa y buscar primero a su esposa, tomarla de la mano, mirarla a los ojos como si ella fuera la única persona en el mundo. Lo vio inclinarse para hablar con ella, escucharla, sonreír de una manera que jamás había visto en ningún otro hombre. Lo vio abrazarla, protegerla, colocarle una mano sobre el hombro con ternura, sin posesión, sin arrogancia. Nunca le levantó la voz. Nunca la humilló. Y en medio de su propia soledad, Helena había susurrado: "Yo quisiera que un hombre me viera como él la ve a ella. ¿Es eso demasiado pedir?"

La guerra llegó después. La caída de Troya, el fuego, el humo, la muerte. Y al final, perdió todo, incluida la vida, sabiendo que él también había caído, joven, valiente, demasiado bueno para un final tan cruel.

Y entonces despertó de nuevo. Allí, en Esparta, de pie en el mismo estrado, frente a los mismos pretendientes. Pero esta vez no era una niña asustada que esperaba que decidieran por ella. Esta vez era una mujer que había vivido, que había aprendido lo que valía y lo que no estaba dispuesta a aceptar jamás. Esta vez, el destino no se escribiría solo. Ella lo escribiría con su propia voz.

El heraldo dio un paso adelante y alzó la voz para que todos escucharan:

—Bella Helena, ¿a quién escoges como esposo entre los príncipes que han venido por tu mano?

Un murmullo bajo recorrió la sala. Menelao sonrió con suficiencia, seguro de que era suya. París la miró con una sonrisa encantadora y segura, confiado en que ella podría elegirlo. Ninguno de los dos dudaba. Ninguno imaginaba que existía una tercera opción.

Helena miró a todos. Recorrió con la mirada los rostros de los reyes y príncipes, uno por uno. Y entonces, de pronto, sus ojos se detuvieron en un rincón de la sala. Y sonrió.

Allí estaba él. Héctor. No estaba en primera fila, no intentaba llamar la atención. Estaba de pie, conversando despreocupadamente con un general troyano, escuchándolo con atención, asintiendo de vez en cuando. No vino a pretenderla. No hablo con ella jamás. Era soltero, joven, sin compromisos. Estaba allí solo por acompañar a su padre, el rey Príamo, cumpliendo con su deber.

Y entonces, con voz clara, firme, que resonó en cada rincón de la estancia, Helena habló:

—Escojo a Héctor, príncipe de Troya.

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Carolina💖
Mi hermana no nos dejaba dormir con su llanto. Fueron 7 meses eternos hasta que una noche increible durmió hasta la madrugada. Fue un regalo invaluable
EspirituCreativo: Jajaja
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Carolina💖
🎼Ta ta ta taaaannnn!!!🎶
EspirituCreativo: Cha cha chaaaa
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Elba Lucia Gomez
a ver casi Diosa y protegida por Apolo y es tonta agggg😝
Carolina💖
Ya en el primer capítulo di mi voto. Aguante Helena!! Elige tu propio destino
EspirituCreativo: Dale helena no nos defraudes
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Dora Guzman Pacherres
Ojalá no suceda nada, la envidia es mala consejera. Espero y puedan ser felices realmente.
EspirituCreativo: Continúa leyendo, jeje
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