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Pandora: El Viaje Al Fin Del Mundo

Pandora: El Viaje Al Fin Del Mundo

Status: Terminada
Genre:Fantasía épica / Aventura / Piratas / Completas
Popularitas:34
Nilai: 5
nombre de autor: Powder34

Una corona es hurtada por el Capitán Adam, un Fey Pirata. Con la ayuda de Jena, una joven arcángel, encarnación de la oscuridad.

Ese mismo robo regresa años más tarde con las consecuencias, para empujar a Eva, una Reina Elfo, a buscar una de las coronas del fin del mundo con ayuda de Jena, Len, uno de los cinco héroes elementales; Vin Ryder, una diosa de la Guerra; y Adam, el caótico Capitán de Pandora.

¿Eva podrá conseguir la corona? ¿La tripulación del barco Pandora podrá sobrevivir al viaje al fin del mundo?

NovelToon tiene autorización de Powder34 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo #8: Mareos que advierten

Con ayuda de las coordenadas que nos habían dado las Moiras, nos dirigimos a la que sería la entrada al Inframundo. Gracias a los mareos que estaba sintiendo, me mantuve pegada a la ventana de mi camerino con una manzana en mi mano y en la otra una botella de agua para intentar pararlos.

—Recuérdame... Recuérdame, sé que tienes miedo… pero solo recuérdame… solo recuérdame… no estás sola, solo te pido que me recuerdes… —canté con voz temblorosa, con trozos de manzana y vómito en mis mejillas—.

—E-Eva. Levy me dijo que te sientes mal desde la mañana —dijo la princesa perdida de los Arcángeles entrando a mi camerino con una taza de té—. Te hice un poco para… para suavizar un poco las náuseas, mi madrastra lo solía usar cuando estaba embarazada de mi hermanastra —añadió Jen—.

—Mm… no es… —jadeé con la mirada perdida en el mar, que se movía de tal manera que me hizo evacuar mis manzanas al mar con tanta fuerza que me dolió la garganta—.

—Jaja, no te sobreesfuerces —me quitó de la ventana para acercarme a un bote de madera que había en mi habitación—. O vas a hacer de las náuseas algo más recurrente.

—Quiero a Cassy. Y pastel, tengo ganas de comer pastel con el papá de mi pequeña Pancita —le pedí con el cuerpo tembloroso y acomodándome en la orilla—.

—Ya, ya, ya. Pronto volveremos a la academia y volverás a ver al papá —me consoló abrazándome con cuidado y dándome palmadas en la espalda—. Aunque… ¿Cassy ya lo sabe? Digo, si tú estás embarazada, es obvio que…

—Cassy es el papá, tonta. No voy a serle infiel a alguien a quien amo, puedo ser una reina, pero tengo límites.

—¿Eh? Pero Cassy es…

—Lo sé —la interrumpí agarrando la taza de té para comenzar a tomarlo—. Me consiente mucho, tanto que solía usar una de sus 72 transformaciones solo para mí —le expliqué a mi amiga, con mis orejas puntiagudas moviéndose con timidez—.

—N-no sabía que las transformaciones fueran tan reales para provocar algo como un embarazo.

—No necesitan ser reales, solo buenas imitaciones y una gran afinidad para el Chi para copiar tanto una biología que me causó esto —añadí para después darle un trago al té que me trajo Jen—.

—Ya veo —me siguió consolando, acariciando mi cabeza, sin robarme una sola manzana dorada de mi diadema—. ¿Y tú sabes usar una transformación?

—So-solo una, pero… pero no puedo usarla ahora por mi condición.

—¿Crees que puedas enseñarme a usarla? Tal vez así pueda convertirme en Cassy para animarte.

—No, si haces eso, me voy a sentir peor por no tener cerca a mi amor. Aunque prometo que cuando me mejore voy a enseñarte a usar la única transformación que sé usar —le prometí tomándome el té, sintiendo cómo mi estómago se calmaba—.

Aún con el té, no dejaba de sentirme mareada, mi visión estaba cada vez más borrosa, mi cuerpo ardía, mi vientre se movía con las burbujas de mi estómago y el mismo mochuelo de la isla de las Moiras entró por la ventana cuando mi amiga se fue. Ahí fue cuando escuché su voz una vez más.

—Eva… —me llamó una voz tan familiar que me hizo levantar la cabeza de mi cama y quitarme un poco mi manta—.

Viendo frente a mí a mi hermana mayor con la única forma de un dios que mi mente podía procesar en ese instante, era una versión infantil del niño que tenía en mi vientre. En su hombro estaba ese pequeño mochuelo que nos estuvo siguiendo durante todo nuestro viaje.

—¿Vin? Qué… ¿Qué haces…?

—Debes prepararte, en menos de tres semanas llegarás a una isla dominada por una temible hechicera —comenzó acercándose a un arco que tenía en mi mochila—. Morirás en esas condiciones y tus compañeros tendrán el mismo destino.

—¿Por qué? ¿Por qué me dices esto? ¿Por qué tú…?

—Mi deber es ayudar a los tuyos en sus viajes en Infernus —me respondió dándome mi arco y unas cuantas flechas—. Así los tuyos, los héroes del mundo, estarán listos para cuando llegue la Gigantomaquia.

—¿Qué? ¿De qué…? —intenté levantarme de mi cama, pero mi cuerpo estaba tan cansado que caí contra mi almohada una vez más—.

—Debes superar la isla de los basiliscos, si es que quieres cumplir tu destino, Hermana.

—Vi… Vin… —jadeé perdiendo la consciencia en mi propia cama, pasando de ver la silueta de una versión futura de mi hija a una mujer vestida con una túnica blanca y un casco hecho de luz pura—.

—Descansa, Reina Perséfone —me susurró poco antes de que me desmayara—.

En el lapso que estuve inconsciente, por alguna razón, mi mente regresó a una parte de mi adolescencia. Había viajado a un pueblo poco agraciado con mi hermano mayor para recibir un entrenamiento del héroe elegido de Infernus, el Señor Harper.

Ese hombre, sin mucha explicación, me hizo aprender a usar un arco, en lugar de ayudarme a dominar el uso del hacha, el arma que mejor se me daba.

—Princesa Mochi, necesito que derribes la manzana con el arco sin que la flecha impacte con una de las hachas —me ordenó el señor Harper, apoyando su mano en mi hombro y apuntando a una manzana que estaba siendo protegida por una fila de doce hachas, que tenían los orificios del mango alineados de tal forma que era casi imposible acertar—.

—¿Ah? Se… señor Harper. No hace falta que me enseñe a usar esto. No la necesito, con mi hacha de hielo es más que suficiente, mamá pidió que me entrenara para dominar mi arma elemental. No esto —le regañé frunciendo el ceño—.

—Ves ese árbol de ahí —me respondió apuntando a un árbol que estaba a punto de caerse, pero que cuatro pilares de piedra se lo impedían—.

—Es un estúpido árbol roto. ¿Qué tiene de relevante?

—Dime, ¿qué pasaría si solo estuviera apoyado en un solo pilar? ¿Crees que podría sobrevivir?

—Pff, no. El peso del propio árbol haría que el pilar se rompiera y el árbol moriría.

—Exacto. Y eso pasa con nosotros.

—¿Ah? ¿Somos árboles feos y rotos?

—No. Apoyarnos en lo que ya sabemos es dañino, porque tarde o temprano caeremos con nuestro propio peso, es por eso que debes desarrollar otras cualidades en las que puedas apoyarte cuando el peso sea demasiado.

El Señor Harper me entregó el arco de su esposa; un arco de madera con mariposas dibujadas y con un hilo especialmente delgado, debido a que estaba hecho por las arañas gigantes que solían habitar un bosque cercano al pueblo natal del héroe. Según escuché, ese hilo era imposible de romper y era hiperelástico.

—¡De acuerdo!, bien —dije haciendo un puchero y girando los ojos—. Lo haré, a cambio de que usted me ayude a dominar mi arma elemental.

—Haré lo que pueda. ¿Es un trato? Y llámame maestro, pequeña.

—Psh, es un trato, maestro.

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