Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.
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CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza — Parte 24
—Espera... ¿cómo que "aprendiz"? —interrumpió Daniel de pronto, deteniendo los palillos a milímetros de su boca y parpadeando con lentitud.
Meili y Lin se quedaron mirándolo fijamente, incrédulas ante el retardo con el que el niño procesaba la conversación.
—¿No prestaste atención a nada de lo que dijimos sobre la cúpula del clan y el Patriarca hace un minuto? —preguntó Lin, frunciendo el entrecejo con resignación.
—Sinceramente, no —admitió Daniel con total soltura, tragando un trozo de carne de ciervo—. Estaba ocupado pensando en si mis arterias se iban a volver a romper y en lo que dijo mi estómago. ¿Me pueden explicar de nuevo por qué terminó en que soy un "aprendiz"?
Tanto Meili como Lin dejaron escapar un suspiro largo y coordinado, sacudiendo la cabeza.
—Es tu cobertura —explicó Meili, frotándose el puente de la nariz mientras intentaba no perder la paciencia ante la soltura del niño—. Si no quieres que los ancianos te ejecuten por ser una amenaza desconocida, debes fingir que estás bajo mi tutela estudiando toxinas. Ahora come y descansa, porque los días que vienen no serán sencillos.
Un año después (Daniel: 7 años biológicos)
Tres mil seiscientos sesenta y cinco horas de intentos fallidos. Trece meses de migrañas crónicas, hemorragias nasales sobre pergaminos en blanco y la sofocante sensación de estar estrellándose contra un muro de concreto invisible.
En la privacidad de la recámara profunda del Pabellón del Loto Negro, el transcurso de un año había modificado ligeramente la apariencia física de Daniel. Su cuerpo de siete años había ganado algo de estampa, fortalecido por la dieta constante de carne de bestia espiritual y tónicos de restauración celular que Meili le proporcionaba a diario. Sin embargo, para los ancianos de las ramas secundarias, el niño no era más que un aprendiz mediocre que pasaba los días encerrado sin mostrar un talento sobresaliente para los venenos.
Lo que nadie en el clan sospechaba era el infierno conceptual en el que Daniel había vivido atrapado.
Durante los primeros meses, Daniel intentó tratar la Ciencia Negativa como si fuera una corriente de energía convencional: intentó guiarla por sus canales biológicos, contenerla en su dantian o frenarla mediante la concentración mental. El resultado siempre era el mismo: vasos sanguíneos reventados, espasmos pulmonares y la falla de memoria atómica 2147483646 amenazando con desintegrar sus tejidos.
Fue un error de cálculo desde el principio, comprendió Daniel esa misma tarde, mientras permanecía sentado en el suelo de piedra helada con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. A una fuerza científica no la dominas con fuerza bruta ni con la voluntad del ego. A las leyes de la física no se les somete; se les comprende. Si intentas bloquear una corriente atómica destructiva, la fuerza ejercida te destruye a ti.
Daniel dejó caer las manos sobre sus rodillas. Respiró hondo, ralentizó su ritmo cardíaco hasta el límite biológico y tomó una decisión drástica.
Dejó de resistirse.
En lugar de construir barreras mentales o intentar "moldear" la energía inestable que burbujeaba en su alma, Daniel aflojó cada músculo, abrió sus meridianos y simplemente dejó que la Ciencia Negativa lo consumiera. Permitió que la polaridad destructiva impregnara cada una de sus células, actuando no como un recipiente que lucha por contener un fluido, sino como una estructura vacía a través de la cual la energía fluye sin fricción.
El impacto fue inmediato. La resistencia biológica desapareció.
En un parpadeo, la recámara de piedra se disolvió en un destello de luz violeta y la consciencia de Daniel fue expulsada una vez más hacia las coordenadas aisladas del plano físico.
El vacío absoluto del espacio nulo lo recibió de golpe. Sin embargo, esta vez ocurrió la anomalía: no hubo colapso pulmonar, no hubo asfixia por anoxia ni el dolor agónico de ver sus órganos reconstruirse mil veces por segundo. Al dejar de luchar contra la entropía, la radiación cósmica letal y la presión atmosférica aplastante simplemente pasaron a través de su forma astral sin destruirla. Había alcanzado un estado de neutralidad en medio del cataclismo.
Pero el abismo no estaba deshabitado.
De los vórtices de humo negro y violeta espectral que desgarraban el entorno, las gigantescas figuras humanoides emergieron de la nada. La gravedad conceptual y la presencia opresiva de aquellas aberraciones sin rostro cayó sobre él con el peso de una estrella colapsada.
Daniel apretó los dientes, sintiendo cómo sus rodillas astrales temblaban. La fuerza del aura era atroz, aplastándolo contra la nada con tanta ferocidad que apenas podía mantenerse de pie en medio del vacío. Ya no era la tortura agonizante de la muerte biológica, pero la majestuosidad destructiva de aquellas entidades continuaba estando infinitamente por encima de su comprensión actual.
En el centro de esa tormenta cósmica, suspendida entre el niño y los gigantes de ojos blancos sin párpados, volvió a materializarse la Esfera de información negativa.
A su lado, rotando en una órbita magnética perfecta, las dos katanas gemelas destellaron con intensidad pura. La primera, corroída por vetas de un fuego rojo y dorado sobre su hoja de vacío negro; la segunda, refulgiendo en patrones incandescente de naranja, blanco y oro.
Bañado por el pulso destructivo de la anomalía, obligándose a sostener la postura frente a la mirada inmóvil de las siluetas colosales, Daniel contempló la esfera y las espadas con la mente fría de un investigador que acaba de abrir la primera puerta de una ecuación infinita.
Ya no me destruye... pero sigue estando fuera de mi alcance, pensó Daniel, alzando la vista hacia la Esfera mientras la energía negativa comenzaba a estabilizarse alrededor de su figura de siete años. Tengo la estructura básica y el flujo inicial. Ahora... ¿qué demonios se supone que haga con esto?
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