Helena De la Vega está dispuesta a todo con tal de no presenciar el día más infeliz de su vida: la boda del hombre que ama con su propia hermana. Desesperada y sin medir las consecuencias, recurre a Leonardo de la Torre, su leal amigo de la infancia y el único hombre con el poder suficiente para desatar una tormenta de celos.
El trato es simple: fingir un romance apasionado frente a las cámaras de la alta sociedad.
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Capitulo 7
El Club de Campo Los Alerces resplandecía bajo el sol de la tarde. Jardines infinitos, canchas de polo y un lago privado servían de escenario para el exclusivo fin de semana previo a la boda organizado por la familia De la Vega. Sin embargo, para Helena, el verdadero desafío no estaba en los eventos al aire libre ni en soportar la mirada celosa de Mateo a la distancia, sino en lo que aguardaba tras las puertas de la suite presidencial.
Un error en la reserva —o una maniobra calculada de la Sra. De la Vega para poner a prueba la seriedad de la relación— había dejado a la pareja con una única habitación disponible. Una suite de lujo con una imponente cama king-size coronando el centro del espacio.
Helena arrojó su bolso sobre el sofá de cuero blanco, intentando proyectar una indiferencia que no sentía. El aire acondicionado estaba encendido, pero la habitación se sentía sofocante desde el momento en que Leonardo cruzó el umbral y cerró la puerta con un chasquido sordo.
—Solo hay una cama —dijo ella, apoyando las manos en sus caderas y girándose para mirarlo.
Leonardo se quitó la chaqueta del traje y la lanzó con despreocupación sobre una silla. Se desabrochó los dos primeros botones de la camisa blanca, dejando a la vista el tono moreno de su piel y la tensión de sus clavículas. Una sonrisa perezosa y devoradora se dibujó en sus labios.
—Un contratiempo trágico, dulce Helena —dijo él, su voz grave resonando con una cadencia baja que le erizó la piel a ella—. Aunque considerando que toda la alta sociedad cree que dormimos juntos desde hace semanas, sería extraño pedir una habitación separada, ¿no crees?
Helena tragó saliva, sintiendo un cosquilleo caliente recorrerle la espalda.
—Puedo dormir en el sofá.
—Ni hablar —respondió él, cortando la distancia entre los dos con pasos lentos y seguros—. La cama es lo suficientemente grande para los dos. A menos que tengas miedo de no poder mantener las manos quietas.
—¿Miedo yo? —desafió ella, alzando la barbilla, aunque el corazón le latía a un ritmo frenético contra sus costillas—. Por favor, Leonardo. Esto es solo un contrato. Puedo manejarlo perfectamente.
—Me alegra oírlo —murmuró él, deteniéndose a solo unos centímetros de su cuerpo.
El aroma a madera de sándalo y tabaco que emanaba de Leonardo la envolvió al instante. Helena vestía un conjunto veraniego de dos piezas en tono crema, con un crop top de tirantes finos que dejaba su abdomen al descubierto y una falda fluida con una abertura lateral. La mirada de Leonardo bajó despacio por su cuello, deteniéndose en la piel expuesta de su cintura antes de volver a sus ojos.
—El evento de la tarde empieza en una hora —dijo él, alzando una mano para acariciar con el dorso de sus nudillos la mejilla de Helena. El roce, suave pero cargado de una temperatura febril, la hizo estremecer—. Deberías cambiarte.
—Sí... iré al vestidor —alcanzó a articular ella, dando un paso atrás para romper el hechizo antes de que sus piernas le fallaran.
Dos horas más tarde, el sol comenzaba a caer sobre la terraza del club. El ambiente estaba impregnado de música suave, copas de aperitivo y risas aristocráticas. Mateo, de pie cerca del bar con una copa de ginebra en la mano, no había apartado la vista de Helena desde que ella bajó a la fiesta luciendo un vestido de seda escotado que se ceñía a cada curva de su cuerpo.
Pero Leonardo no le dio espacio ni para acercarse.
Durante toda la tarde, Leonardo mantuvo su presencia marcada a fuego sobre Helena. En cada conversación con los invitados, su mano descansaba con posesiva soltura en la cintura desnuda de ella, o sus dedos se entrelazaban con los suyos, acariciando el dorso de su mano con una lentitud que le quitaba el aliento. En un momento, mientras comentaban los detalles de la boda con unos tíos de Victoria, Leonardo se inclinó para susurrarle algo al oído, rozando sus labios contra la piel sensible de su cuello.
El gesto provocó que Helena soltara una pequeña risa ahogada y buscara el pecho de él para apoyarse. Ante los ojos del mundo, y especialmente ante los de Mateo, eran una pareja consumida por la pasión.
Pero para Helena, la línea entre la actuación y la realidad se estaba volviendo un borrón peligroso.
Cuando regresaron a la suite al caer la noche, la tensión acumulada durante el día estalló en el aire encerrado de la habitación. Helena se quitó los tacones con alivio, caminando descalza sobre la alfombra acolchada hasta el espejo del peinador. Intentó desabrochar la cremallera invisible de la espalda de su vestido, pero sus dedos traicioneros y temblorosos no lograban enganchar el pequeño cierre metálico.
—Déjame ayudarte.
La voz de Leonardo apareció justo detrás de ella en el espejo. Helena se congeló al sentir la calidez de su cuerpo pegándose a su espalda.
Las manos de Leonardo apartaron el cabello oscuro de Helena sobre uno de sus hombros, dejando al descubierto la curva elegante de su cuello y sus hombros. La piel de ella se erizó al instante. En el espejo, los ojos grises de Leonardo la observaban con una voracidad que no tenía nada de fingida.
Con extrema lentitud, los dedos largos de Leonardo rozaron la piel de su espalda mientras bajaban el cierre del vestido. El sonido del deslizamiento de la cremallera pareció retumbar en el silencio de la habitación. La seda del vestido se aflojó, cayendo ligeramente sobre sus brazos y revelando el borde de su lencería de encaje.
Helena ahogó una respiración. El calor que salía del pecho de Leonardo le quemaba la espalda desnuda.
—Leo... —susurró ella, con la voz rota por el deseo que amenazaba con desbordarla.
Él no respondió con palabras. Inclinó la cabeza y apoyó los labios en el hueco entre su cuello y su hombro, depositando un beso lento, húmedo y profundo que le hizo cerrar los ojos a Helena. Sus manos bajaron hasta la cintura de ella, rodeándola y tirando de su cuerpo hacia atrás hasta que las caderas de Helena chocaron contra la firmeza de las suyas.
—Dime que detenga esto, Helena —murmuró él contra su piel, bajando una estela de besos febriles por su hombro hasta la clavícula—. Dime que es solo actuación y me detendré ahora mismo.
Helena apretó los dedos sobre los brazos de él. Su mente era un caos. Su plan original era usar a Leonardo para recuperar el amor de Mateo, pero en ese instante, el recuerdo de su ex era solo una sombra distante y borrosa. Todo su cuerpo vibraba, exigiendo la atención, el tacto y el fuego que solo Leonardo de la Torre era capaz de provocarle.
Se giró entre sus brazos, quedando de frente a él. La seda del vestido cayó a la altura de sus caderas, dejándola en una vulnerabilidad provocativa. Helena alzó la vista, encontrándose con la mirada oscura y posesiva de su amigo de la infancia.
—No quiero que te detengas —confesó en un hilo de voz, rindiéndose finalmente ante la corriente eléctrica que los arrastraba.
Una sonrisa oscura y victoriosa iluminó el rostro de Leonardo. Sin darle tiempo a dudar, la tomó por los muslos y la alzó sin esfuerzo, sentándola sobre el borde del peinador mientras sus bocas se estrellaban en un beso hambriento, salvaje y definitivo. Ya no había cámaras. Ya no había público. En la penumbra de la suite, Helena comprendió con pánico y fascinación que la actuación se había terminado, y que el deseo que la consumía era trágicamente real.