Del odio al amor solo hay un paso.
Cual camino eligieron nuestros protagonistas?
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Aprender a vivir sin ti
Pasaron seis meses.
Seis meses desde aquella tarde en la que Noor había decidido marcharse.
Seis meses desde que había pronunciado las palabras que más le había costado decir en toda su vida:
—Necesito alejarme.
Desde entonces, nada había vuelto a ser igual.
Noor se marchó a otra ciudad sin decirle a muchas personas dónde estaría. Necesitaba desaparecer durante un tiempo. No quería preguntas, consejos ni recuerdos constantes de lo que había vivido.
Solo quería respirar.
Cuando llegó, encontró un pequeño apartamento en una calle tranquila, cerca de una librería antigua donde consiguió trabajo.
El lugar era sencillo.
Tenía una habitación pequeña, una cocina, una sala con una ventana enorme y un balcón desde donde podía observar el amanecer.
Durante los primeros días, Noor pensó que había cometido un error.
La soledad pesaba más de lo que había imaginado.
Por las noches miraba el techo durante horas.
A veces tomaba el teléfono y buscaba el nombre de Maximiliano.
Su dedo se detenía sobre la pantalla.
Podía escribirle.
Podía llamarlo.
Podía decirle que lo extrañaba.
Pero siempre apagaba el teléfono.
No porque hubiera dejado de amarlo.
Sino porque había prometido darse una oportunidad para sanar.
Al principio, todo le recordaba a él.
Una canción que escuchaban juntos.
El aroma del café.
Una calle parecida a la que caminaban después del trabajo.
Incluso la lluvia.
Especialmente la lluvia.
Cada vez que comenzaba a llover, Noor recordaba el día en que había conocido a Maximiliano.
Recordaba el libro que se le había caído.
Recordaba su sonrisa.
Y aquella frase que él había pronunciado:
"Quizá algún día tengas una historia así."
Entonces sonreía con tristeza.
—Y yo pensé que no creía en el destino.
Poco a poco comenzó a reconstruirse.
En la librería descubrió que podía pasar horas rodeada de historias sin sentir que estaba huyendo de la suya.
Comenzó a recomendar libros a los clientes.
Aprendió los nombres de las personas que visitaban el lugar con frecuencia.
Incluso hizo amistad con Elena, una joven que trabajaba en la cafetería ubicada frente a la librería.
—Siempre estás escribiendo —observó Elena una tarde.
Noor sonrió.
—Me ayuda.
—¿Qué escribes?
—Lo que no puedo decir en voz alta.
Elena la miró con curiosidad.
—¿Tiene nombre?
Noor pensó durante unos segundos.
—Todavía no.
—Entonces todavía no sabes cómo termina.
Noor bajó la mirada.
—Exactamente.
Aquella noche comenzó un cuaderno nuevo.
En la primera página escribió:
"Tal vez el amor no siempre significa quedarse. A veces significa dejar ir para poder sanar."
Después continuó escribiendo.
Escribió sobre el miedo.
Sobre la confianza.
Sobre el engaño.
Sobre las personas que llegan a nuestra vida para enseñarnos algo.
Y, sobre todo, escribió sobre una mujer que había amado a un hombre y había aprendido que antes de elegirlo a él debía aprender a elegirse a sí misma.
Mientras Noor comenzaba a encontrarse nuevamente, Maximiliano también había cambiado.
Su vida había perdido el sentido que tenía cuando Noor estaba a su lado.
Al principio intentó convencerla de regresar.
Escribió cartas que nunca envió.
Guardó fotografías.
Visitó los lugares donde habían estado juntos.
Pero comprendió que perseguirla no era la solución.
Noor había pedido espacio.
Y él debía respetarlo.
Durante los primeros meses siguió trabajando en la empresa familiar, pero cada vez se sentía más incómodo.
Los negocios que antes le parecían importantes ahora le resultaban vacíos.
No quería seguir viviendo rodeado de secretos.
No quería repetir los errores de su familia.
Así que tomó una decisión.
Dejó la empresa.
Vendió parte de sus propiedades.
Y comenzó un proyecto propio.
Una pequeña editorial independiente.
Quería construir algo que no estuviera relacionado con la historia de sus padres.
Algo que perteneciera solamente a él.
Su madre no comprendió la decisión.
—Estás desperdiciando todo lo que tu familia construyó.
Maximiliano respondió tranquilamente:
—No quiero heredar también sus errores.
Ella no supo qué decir.
Con el tiempo, la nueva editorial comenzó a crecer.
Maximiliano trabajaba muchas horas.
Pero había aprendido algo.
El trabajo podía mantener ocupada la mente.
No podía reemplazar al corazón.
Por las noches, cuando regresaba a casa, la soledad lo esperaba.
A veces se sentaba en el sofá y miraba el teléfono.
Nunca llamaba a Noor.
Pero pensaba en ella todos los días.
Una noche abrió un cajón y encontró el viejo libro que ella había dejado caer cuando se conocieron.
Lo sostuvo entre las manos.
Sonrió con tristeza.
Abrió la primera página.
Allí estaba la frase que tanto recordaba:
*"Quiero una historia donde el amor sobreviva."*
Maximiliano pasó los dedos sobre las palabras.
—La nuestra sobrevivió —susurró—. Solo nosotros no supimos hacerlo.
Cerró el libro y lo volvió a guardar.
No sabía que, en otra ciudad, Noor estaba escribiendo exactamente sobre el mismo sentimiento.
Pasaron otros dos meses.
Noor ya podía mencionar el nombre de Maximiliano sin sentir que el pecho se le cerraba.
Había aprendido a estar sola.
Aprendió a salir a caminar consigo misma.
Aprendió a disfrutar una taza de café sin necesitar compartirla.
Aprendió a mirar hacia el futuro.
Pero había algo que todavía no había aprendido:
dejar de amarlo.
Una tarde, mientras ordenaba unos libros en la librería, encontró una novela antigua.
En la contraportada había una frase:
"Algunas personas se separan no porque hayan dejado de amarse, sino porque necesitan aprender a volver de una manera diferente."
Noor quedó inmóvil.
Leyó la frase nuevamente.
Pensó en Maximiliano.
Pensó en todo lo que había ocurrido.
Y por primera vez se preguntó:
¿Y si todavía había una oportunidad?
No para volver a lo mismo.
No para repetir el pasado.
Sino para conocerse nuevamente.
Esa noche tomó una hoja de papel.
Se sentó junto a la ventana.
Durante varios minutos no supo qué escribir.
Finalmente comenzó.
"Maximiliano:
No sé por qué estoy escribiendo esto.
Tal vez porque después de todo este tiempo necesito decirte algo que nunca fui capaz de decirte cuando estábamos juntos.
No me arrepiento de haberte amado.
No me arrepiento de los momentos felices.
No me arrepiento de haberte conocido.
Pero tampoco puedo olvidar el dolor.
Durante estos meses aprendí que no puedo construir una relación desde el miedo. Tampoco quiero volver a vivir desconfiando de cada palabra o preguntándome cuándo aparecerá otra mentira.
He cambiado.
Espero que tú también.
Necesito saber si algún día podremos hablar sin miedo, sin secretos y sin culpas.
No sé si quiero volver contigo.
No sé si tú quieres volver conmigo.
Pero sé que todavía hay cosas que necesitamos decirnos.
Por eso, si tú también quieres, estaré en el lugar donde nos conocimos dentro de una semana.
No prometo volver.
Solo prometo escucharte.
*Noor."*
Cuando terminó, leyó la carta varias veces.
Le temblaban las manos.
Durante unos minutos pensó en romperla.
Después decidió enviarla.
Noor no sabía qué ocurriría.
Quizá Maximiliano no iría.
Quizá habría seguido adelante.
Quizá había dejado de amarla.
Pero necesitaba saberlo.
La carta llegó tres días después.
Maximiliano estaba en su oficina revisando unos documentos cuando un empleado le entregó un sobre.
—Esto llegó para usted.
—Gracias.
Maximiliano vio el remitente.
Reconoció la letra inmediatamente.
Su corazón se detuvo.
Abrió el sobre.
Leyó lentamente.
Una vez.
Después otra.
Y una tercera.
Cuando terminó, permaneció en silencio.
Uno de sus empleados entró a la oficina.
—¿Está todo bien?
Maximiliano levantó la mirada.
—Sí.
—¿Seguro?
Él sonrió por primera vez en mucho tiempo.
—Sí.
Aquella noche no pudo dormir.
Pensaba en la cita.
En Noor.
En todo lo que había ocurrido.
Tenía miedo.
Miedo de que ella solo quisiera cerrar una etapa.
Miedo de que lo rechazara.
Miedo de volver a sentir el dolor de perderla.
Pero también tenía esperanza.
La semana pasó lentamente.
Cada día parecía durar el doble.
Finalmente llegó el día del encuentro.
Maximiliano regresó a la ciudad donde todo había comenzado.
Caminó por la misma calle.
Reconoció la cafetería.
El parque.
La esquina donde Noor había dejado caer aquel libro.
Y entonces comenzó a llover.
Maximiliano sonrió.
—Como aquella vez.
Caminó hasta el lugar exacto donde se habían conocido.
Al principio no vio a nadie.
Miró el reloj.
Había llegado temprano.
Respiró profundamente.
Entonces escuchó una voz detrás de él.
—Sigues llegando temprano.
Maximiliano se giró.
Era Noor.
Llevaba un abrigo beige, un paraguas y el cabello ligeramente húmedo por la lluvia.
Había cambiado.
Su mirada parecía más tranquila.
Más segura.
Pero seguía siendo ella.
Maximiliano no pudo hablar durante unos segundos.
Noor tampoco.
Finalmente él sonrió.
—Hola, Noor.
Ella sonrió.
—Hola, Maximiliano.
Se quedaron mirándose.
Seis meses habían pasado.
Seis meses de silencio.
Seis meses de recuerdos.
Seis meses de intentar olvidar algo que ninguno había podido olvidar.
Maximiliano dio un paso hacia ella.
—¿Cómo estás?
Noor respiró profundamente.
—Mejor.
—Me alegra.
—¿Y tú?
Él sonrió.
—Estoy aprendiendo.
—¿A qué?
—A vivir.
Noor bajó la mirada.
—Yo también.
Caminaron juntos hasta la cafetería.
La misma.
La de aquella primera conversación.
Se sentaron frente a frente.
Por primera vez estaban juntos sin estar atrapados por el pasado.
Sin amenazas.
Sin Valentina.
Sin Sebastián.
Sin sus familias.
Solo ellos.
—No sé por dónde empezar —dijo Maximiliano.
Noor sonrió.
—Podemos empezar por lo más sencillo.
—¿Qué cosa?
—Decirnos la verdad.
Él asintió.
—De acuerdo.
Noor respiró profundamente.
—Te extrañé.
Maximiliano bajó la mirada.
—Yo también.
—Mucho.
—Todos los días.
Sus ojos se encontraron.
Noor sintió que las lágrimas comenzaban a aparecer.
—No quiero volver a lo mismo.
—Yo tampoco.
—No quiero vivir con miedo.
—Yo tampoco.
—No quiero que nuestra relación dependa de secretos.
—Nunca más.
Noor lo observó durante unos segundos.
—¿Sigues amándome?
Maximiliano sonrió tristemente.
—Nunca dejé de hacerlo.
Ella cerró los ojos.
Una lágrima recorrió su mejilla.
Pero esta vez no era una lágrima de tristeza.
Era una lágrima de esperanza.
Noor extendió lentamente su mano sobre la mesa.
Maximiliano la miró.
Después tomó su mano.
No hubo promesas.
No hubo una reconciliación inmediata.
Solo dos personas heridas que estaban intentando descubrir si todavía podían amarse de una manera más sana.
Cuando salieron de la cafetería, la lluvia continuaba cayendo.
Maximiliano abrió su paraguas.
Noor se acercó.
—¿Sabes qué es extraño?
—¿Qué?
—Hace seis meses odiaba la lluvia.
Él sonrió.
—¿Y ahora?
Noor miró el cielo.
—Ahora creo que quizá la lluvia nunca fue nuestro problema.
—¿Entonces qué fue?
Ella lo miró.
—El miedo.
Maximiliano tomó su mano.
—¿Y ya no tienes miedo?
Noor respiró profundamente.
—Todavía.
—Yo también.
—Entonces tendremos que aprender juntos.
Caminaron lentamente bajo el mismo paraguas.
No eran nuevamente una pareja.
Todavía no.
Pero algo había cambiado.
Después de seis meses, habían vuelto a encontrarse.
Y esta vez no se habían encontrado para recuperar el pasado.
Se habían encontrado para descubrir si podían construir un futuro diferente.
Mientras se alejaban por aquella calle, ninguno de los dos sabía qué ocurriría después.
Pero por primera vez no necesitaban tener todas las respuestas.
Porque habían aprendido que algunas historias de amor no necesitan comenzar de nuevo.
Necesitan comenzar mejor.
Y aquella tarde, bajo la misma lluvia que había sido testigo de su primer encuentro, Noor y Maximiliano dieron el primer paso hacia una nueva historia.
Una historia sin promesas imposibles.
Sin mentiras.
Sin venganza.
Una historia construida lentamente.
Una historia donde el amor tendría que demostrar, una vez más, que podía sobrevivir.