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MARIONETA: LAZOS DE SANGRE Y OBSESIÓN

MARIONETA: LAZOS DE SANGRE Y OBSESIÓN

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Dominación / Completas
Popularitas:696
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa





Han transcurrido tres años desde aquella noche en que Antonia recuperó su libertad y Aarón comprendió que el amor no se encadena, sino que se respeta. Tres años en los que cada uno ha reconstruido su vida sobre las cenizas del pasado: Antonia brilla como actriz consagrada, dueña de su escenario y de su destino; Aarón ha redimido sus errores, saneado su imperio y se ha convertido en un hombre íntegro, serio y reservado, guiado por la lealtad y la palabra dada; Vicent ha construido junto a él una nueva etapa, firme y honesto; e Irina dirige con dedicación su fundación, transformando su experiencia en refugio para quienes lo necesitan.

La paz parece definitiva… hasta que las sombras regresan con un rostro aún más cruel.

El nuevo titiritero, Julian Van Thal, un hombre influyente, frío y sin escrúpulos, heredero de un imperio aún más vasto que el que alguna vez tuvo.

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Capitulo 15

El timbre sonó de golpe, y Antonia, que estaba sola en casa mientras su madre descansaba en la habitación de arriba, se acercó a la puerta con cautela. Al mirar por la mirilla, el corazón se le detuvo en seco. Abrió despacio, sin descorrer el cerrojo por completo, y lo miró con la mandíbula tensa.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con voz baja pero firme—. No te invité a entrar.

Julian sonrió de par en par, una sonrisa pulcra y estudiada que no le llegó en absoluto a los ojos, fríos y fijos en ella como dos fragmentos de hielo. Empujó la puerta con suavidad pero con fuerza suficiente para que ella tuviera que retroceder un paso, y se asomó al umbral sin cruzarlo del todo.

—No necesito invitación, Antonia —dijo con tono suave y cortante—. Sé que estás ahí esperando a que entiendas lo inevitable. Todo este resistir, este fingir que eres libre… solo prolonga lo que va a pasar de todos modos. No luches contra la corriente. Terminas cansándote y el agua te arrastra igual.

—Estás equivocado —respondió ella plantándose firme, sin darle más terreno—. Mi vida no es algo que te espera. Es mía. Y lo que yo decida hacer con ella no te incumbe. A ti ni a nadie.

—Qué hermosa suena esa libertad cuando aún no sabes lo que pesa —murmuró él, apoyando una mano en el marco de la puerta y acercándose un poco más—. Pero yo te conozco mejor de lo que te conoces a ti misma. Sé que eres fuerte, que tienes carácter… pero también sé que todo el mundo cede cuando se le muestra cuál es el camino. Y tu camino, Antonia, lleva a mi lado. No porque yo lo exija… sino porque es tu lugar. Donde perteneces.

—No pertenezco a nadie —le espetó ella con claridad—. Y si crees que regalos, notas o visitas a mi puerta van a hacerme cambiar de opinión, no me conoces en absoluto. Ya me enfrenté a alguien que creía que podía poseerme. Y me fui. Y soy más fuerte ahora que entonces.

Julian soltó una risa baja y seca, como si sus palabras fueran solo una adorable ingenuidad. La miró de arriba abajo con esa misma mirada de tasación que la helaba por dentro.

—Aarón De Santis fue un niño jugando con juguetes. Él te dejó ir porque no supo retenerte. Yo no soy así. Yo no suelto lo que toco. Y cuanto más te resistes, más interesante me resultas. Así que te lo digo con calma y con amabilidad: no sufras innecesariamente. Acéptalo. Ven conmigo. Deja que te cuide, que te dé todo lo que mereces… y serás feliz. Si te empeñas en oponerte… bueno, entonces las cosas se vuelven menos agradables. Y yo odiaría tener que lastimarte.

—¿Es una amenaza? —preguntó ella sintiendo cómo el miedo le apretaba el pecho, sin dejar que se le notara en la voz.

—Es una realidad —corrigió él con dulzura helada—. El mundo funciona así. Hay quienes mandan y quienes obedecen. Y tú, querida mía, naciste para ser amada, protegida y guiada. No para luchar contra molinos de viento. Acepta mi mano ahora, con calma, y no habrá castigo. Resístete… y aprenderás que yo consigo lo que quiero cueste lo que cueste.

Antonia dio un paso hacia adelante, sosteniéndole la mirada sin pestañear.

—Puedes tener todo el dinero y todo el poder del mundo, Julian. Pero no puedes comprar mi voluntad. Y no puedes obligarme a ser tuyo. No soy una propiedad. Soy una mujer libre. Y lucharé con todo lo que tengo antes que dejarme encerrar de nuevo.

La sonrisa de Julian se desvaneció lentamente. Dio un paso hacia ella y, con una rapidez que no alcanzó a prever, le agarró el brazo con fuerza, apretando lo suficiente para que le doliera y le dejara claro que no estaba jugando. Su voz se volvió baja y peligrosa, sin rastro de amabilidad:

—La libertad es un lujo que se acaba cuando alguien más fuerte decide que así sea. No te confundas, Antonia. No me importa cuán fuerte seas. No me importa quién te ayude o quién te proteja. Voy a tenerte. Y cuando te tenga, olvidarás que alguna vez quisiste huir. Cuanto menos tardes en aceptarlo… menos te dolerá.

La soltó de golpe, como si su piel le quemara, y ella se llevó la mano al brazo, retrocediendo hasta chocar con la pared, con los ojos muy abiertos y el corazón desbocado. Julian se ajustó la chaqueta con calma, recuperando esa compostura impecable que lo hacía parecer un caballero.

—Piénsalo —dijo señalándola con la mirada—. No me pongas a prueba. Porque yo no me detengo ante nada. Ni ante ti, ni ante mí mismo, ni ante nadie que se interponga en mi camino. Nos vemos pronto. Y espero que para entonces… hayas tomado la decisión correcta.

Se dio la vuelta y se marchó sin prisa, como si la calle fuera suya y la casa de ella apenas una parada en su camino. Antonia cerró la puerta con temblorosas manos, echó todos los cerrojos y se apoyó contra la madera, respirando entrecortadamente. Le ardía el brazo donde la había sujetado. Y comprendió con horror silencioso: él no estaba jugando. No era una amenaza vacía. Julian Van Thal estaba dispuesto a todo. Y ahora sabía exactamente dónde encontrarla.

Antonia se frotó con fuerza el brazo donde los dedos de él habían dejado una marca rojiza, con la respiración aún entrecortada.

—Me dijo que no suelta lo que toca —murmuró con voz temblorosa pero firme—. Como si fuera un objeto. Como si yo no tuviera voz ni voto.

—Pero sí la tienes —se dijo a sí misma, enderezando la espalda y apretando los puños—. Y no voy a callarme. No voy a ceder. Que crea lo que quiera. Pero yo no soy de nadie. Y jamás lo seré.

Se acercó a la ventana y vio cómo se alejaba con paso tranquilo y arrogante, sin mirar atrás.

—Te equivocas, Julian —susurró con determinación—. Puedes amenazarme, puedes asustarme… pero nunca tendrás mi corazón. Y sin él, no tienes nada.

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