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Perdona, yo no mendigo amor

Perdona, yo no mendigo amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Fantasía / Mujer despreciada / Viaje a un juego / Completas
Popularitas:564
Nilai: 5
nombre de autor: 𝕯𝖍𝖆𝖓𝖆𝖆𝟕𝟐𝟒

Belvina Laurent lo tenía todo: belleza, un apellido poderoso y un esposo que cualquiera envidiaría. Pero Alden Virel, el CEO más frío de la ciudad, jamás la vio como algo más que un contrato. Ella suplicaba su atención. Él la ignoraba. Y entre ambos, una mujer llamada Seraphina sonreía desde las sombras.

Hasta que un día, Belvina dejó de perseguirlo.

Sin lágrimas, sin escenas, sin súplicas. La mujer que despertó esa mañana ya no era la misma. Su mirada era distinta. Su voz, afilada. Y la frase que le dedicó a Alden le heló la sangre:

"No mendigo amor."

Ahora es él quien no puede dejar de observarla. Quien busca excusas para estar cerca. Quien siente que algo se le escapa entre los dedos cada vez que ella le da la espalda.

Pero Belvina ya tomó una decisión: no va a humillarse por nadie. Ni siquiera por el hombre que, sin saberlo, está empezando a amarla de verdad.

Mientras tanto, Seraphina no piensa rendirse. La mujer que se esconde detrás de una sonrisa perfecta guarda secretos que podrían destruir a toda la familia Astera. Y está dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias.

En esta guerra entre orgullo, obsesión y deseo, solo hay una regla: el amor no se mendiga.

NovelToon tiene autorización de 𝕯𝖍𝖆𝖓𝖆𝖆𝟕𝟐𝟒 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

7. Un mundo demasiado caro

Antes de que Belvina pudiera pensar demasiado en aquella invitación, Alden ya se había detenido junto a su silla. Demasiado cerca para estar de paso.

—Si no te gusta —pronunció en voz baja, lo bastante alto para que los demás lo oyeran—, no tienes que forzarlo.

La frase sonaba ordinaria. Pero el tono presionaba. Ponía a prueba.

Belvina dejó de comer. Levantó la cabeza y fijó la mirada en Alden. Serena.

—¿Quién dijo que no me gusta? —contestó. La voz, ligera. Casi despreocupada.

Alden entrecerró los ojos.

Belvina prosiguió con calma.

—Justamente porque está bueno, sería una lástima desperdiciarlo.

La respuesta llegó tal cual, sin adornos de ningún tipo. Y precisamente eso era lo que resultaba desconcertante.

Varios sirvientes intercambiaron miradas entre sí.

Alden no apartó la vista de inmediato. Hubo una pausa, lo bastante larga para confirmar que aquello no era coincidencia.

—Ya veo —murmuró. Pero esta vez no era una provocación. Más bien... una anotación mental.

Demasiado pulcro.

Como alguien que deliberadamente no deja fisuras.

Antes, él siempre sabía qué iba a decir esa mujer. Ahora... ya no.

Belvina terminó su desayuno sin decir gran cosa.

Poco después, ya estaba de pie y se marchó.

Alden alzó la mirada. Sus ojos siguieron los pasos de la mujer hasta que desapareció tras la puerta. La línea de su mandíbula se endureció de forma apenas perceptible.

Normalmente, Belvina no se habría ido sin asegurarse de que él la estuviera observando.

¿Y ahora?

No hubo pausa alguna. Como si su presencia ya no entrara en la ecuación.

El dedo de Alden golpeó la mesa una vez. Suave.

—Cada vez más lejos... —masculló, grave. No era rabia. Más bien... inquietud. Y eso no le gustaba.

-

Afuera, Belvina caminó hacia la cochera. La puerta se abrió de forma automática, revelando una hilera de autos lujosos que relucían en perfecto orden. Sus pasos se hicieron más lentos. Los ojos recorrieron cada uno.

Dios mío..., pensó. ¿Esto es una cochera o una sala de exhibición?

El corazón le latió un poco más rápido. Como Dina, sabía manejar. Había aprendido de un voluntario del orfanato, apenas lo suficiente para hacer las compras o llevar cosas. No era experta, pero al menos no se estrellaba contra nada.

Sin embargo, esto era diferente.

Los autos frente a ella no eran autos comunes. Todos se veían caros. Demasiado caros.

Se detuvo un instante. No era un recuerdo nítido. Más bien... una costumbre que había quedado atrás. Cuál se usaba seguido, cuál apenas se tocaba.

Su mano finalmente se posó sobre uno. No tan llamativo como los demás, pero aun así... muy por encima del nivel de vida que ella había conocido.

—Si es este... debería ser seguro —murmuró.

Abrió la puerta, se sentó frente al volante, observó el panel un poco más de lo necesario.

Los botones... eran demasiados. No todos le resultaban familiares. Su mano presionó uno por error. Las luces de emergencia se encendieron de golpe.

—Ese no...

Las apagó de inmediato, la respiración ligeramente descompuesta. Ajustó los espejos dos veces. Reacomodó el asiento. Solo después encendió el motor.

Suave. Demasiado suave.

Su pie presionó el pedal más de la cuenta; el auto salió disparado hacia adelante. Frenó.

—Bien... despacio.

El auto avanzó hacia la salida.

Y sin que ella lo advirtiera, detrás de una ventana de aquella casa, un par de ojos seguía observándola.

Alden permanecía de pie, inmóvil.

Su mirada acompañó al auto que se alejaba. La expresión, serena. Pero esta vez no desvió los ojos tan rápido como de costumbre.

—¿Qué más estás planeando... —murmuró, como si hablara consigo mismo.

Pero esta vez no era solo sospecha. Había algo más. Algo que aún no se permitía reconocer.

-

Belvina manejó sin rumbo fijo. Solo por el placer de recorrer las calles. El aire.

Y la sensación... de libertad.

Hasta que finalmente el auto fue perdiendo velocidad... y se detuvo.

Belvina parpadeó. Sus cejas se fruncieron apenas al ver el edificio frente a ella.

—¿Yo... paré aquí? —murmuró.

No recordaba haber elegido ese lugar. Sus manos simplemente habían seguido una dirección. Su atención se posó en el letrero de la fachada.

Aurelia.

Ese nombre... no le resultaba familiar en la cabeza. Pero, curiosamente, algo en su pecho no lo rechazaba.

Como un impulso tenue. No era un recuerdo. Más bien... una costumbre que no había desaparecido del todo.

Permaneció en silencio unos segundos. Sopesando. Y al fin abrió la puerta del auto.

—Bueno... veré qué hay.

Belvina bajó. Al entrar, aminoró el paso. No porque reconociera el lugar, sino porque todo se sentía demasiado prolijo. Demasiado caro.

Como si hubiera entrado en un mundo que no le pertenecía.

Un instante después, sus ojos se iluminaron.

¿Esto... es el paraíso?, pensó.

Hileras de ropa dispuestas con esmero. Elegantes. Costosas.

La mirada de Belvina se movió deprisa, de un perchero a otro.

Dos empleadas de la boutique que la conocían voltearon de inmediato. Sus cejas se alzaron apenas. La mirada se detuvo en el rostro de Belvina. Luego se miraron entre sí.

¿Esta... es la señora Belvina?

Su apariencia era diferente. Más sencilla. Maquillaje tenue. El aura... también distinta.

Pero mantuvieron la profesionalidad. Ambas se acercaron sin demora.

—Bienvenida, señora —saludó una de ellas con una sonrisa cortés.

Belvina giró la cabeza. Algo rígida. Luego respondió con una sonrisa breve.

—Sí... eh, gracias.

La empleada se quedó en silencio una fracción de segundo.

¿Ella... es amable?

—¿La señora desea ver la colección más reciente? —preguntó la otra.

Belvina asintió con rapidez.

—Sí, claro. Algo... cómodo de usar. Que no sea muy complicado.

Las dos empleadas se miraron de reojo otra vez.

¿Que no sea complicado?

Normalmente, Belvina siempre elegía lo más llamativo. Lo más atrevido. Lo más... imposible de ignorar.

¿Pero hoy?

Extraño. Muy extraño.

Comenzaron a mostrarle algunas opciones. Vestidos sencillos. Blusas elegantes. Colores suaves.

Belvina tocó la tela despacio. Los ojos le brillaron de nuevo.

—Este es bonito...

—Este también...

—¿Puedo ver aquel?

La voz, tranquila.

Su mano se detuvo al notar la etiqueta de precio que colgaba de uno de los vestidos.

Entrecerró los ojos. Después... se congeló. La cifra bastó para que dejara de respirar un instante.

Sus dedos acariciaron el borde de la tela sin darse cuenta. Suave. Liviana. Hermosa. Y completamente... fuera de toda lógica.

—Es una locura... —susurró, casi inaudible.

Tragó saliva. El viejo reflejo afloró. Quiso devolverlo a su lugar.

Pero el rostro gélido de Alden cruzó de pronto por su mente.

Esa mirada. Ese rechazo. La forma en que ese hombre trataba a la Belvina original.

Los dedos de Belvina se cerraron poco a poco sobre la tela. La comisura de sus labios se elevó apenas. Ya no era vacilación. Era más bien... una decisión.

No lo devolvió. Esta vez, eligió. Su atención regresó a la etiqueta. Esta vez sin titubear.

Para Belvina.

Tomó aire. Lo soltó despacio.

Y para sí misma...

Al fin y al cabo... ya que soy rica. Un destello travieso asomó en sus ojos.

Su mano finalmente soltó la etiqueta. Pero no para rechazarla. Sino para asegurarse de que de verdad la estaba eligiendo.

Se volvió hacia las dos empleadas.

—Quiero ver más.

La voz, ligera. Entusiasta. Como alguien que genuinamente disfrutaba el proceso de escoger. No solo querer lucir perfecta.

Las dos empleadas estaban cada vez más... desconcertadas. Porque no solo habían cambiado sus elecciones. También su actitud.

Normalmente, Belvina era exigente. Llena de comentarios. Difícil de complacer.

¿Pero ahora?

Resultaba fácil de tratar. Y... agradable.

—Este le queda muy bien, señora. El corte es sencillo, pero sigue siendo elegante —comentó una de las empleadas, ya más cómoda.

Belvina se contempló en el espejo después de probarse una de las prendas. Giró el cuerpo apenas. Sin exagerar. Solo lo justo.

—Es cómodo de llevar —dijo con honestidad.

Luego esbozó una sonrisa pequeña.

—Me llevo este. Y el de antes también.

La empleada casi se quedó paralizada por reflejo. Normalmente... hacía falta mucho más tiempo...

—Muy bien, señora.

En otro rincón de la boutique, alguien observaba desde hacía rato.

Sin acercarse. Sin intervenir en la conversación.

Su mirada se detuvo en Belvina.

Un poco más de lo que debería.

Como si estuviera confirmando algo.

Luego, sin prisa, levantó su celular.

—De verdad vino hasta aquí... —murmuró en voz baja.

Belvina seguía frente al espejo en ese momento.

Pero afuera de la boutique, alguien ya se había puesto en movimiento antes que ella.

No lo sabía, pero sus pequeños pasos de ese día ya habían atraído la atención de alguien a quien no debería haber encontrado tan pronto.

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