Catalina solo conoció un amor, el de su padre. La única persona que la quiso se fue de éste mundo sabiendo todo lo que tendría que afrontar su pequeña.
Hay personas que nacen para sufrir, la protagonista es una de ellas 💔
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15 EL MIEDO
Mi oído estaba afinado para escuchar. En esos años había escuchado el movimiento de las ovejas cuando eran atacadas. Gracias a Dios pocas veces me había visto enfrentada a esa situación. El puma a veces bajaba a buscar, generalmente de noche. Pero no era siempre. A veces llegaban perros asilvestrados que había tenido que correr a balas.
Dos veces me habían robado. Unos los encontró Ezequiel cuando llevaban un rebaño. Tuvieron que abandonarlo.
Pero lo que escuchaba ahora no eran animales.
Sentí temor.
Eran murmullos y risas calladas de hombres. Aunque lo hacían bajito. Los escuchaba perfectamente, el viento estaba a mi favor.
Estaban muy abajo aún, venían caminando. Tomé la escopeta. La tenía lista, colgada, tomé un puñado de balas, las puse en mis bolsillos y salí despacio.
Podía ver en la noche. Abuelito me decía que era un Don. No era así, tantos años levantándome de noche también me habían afinado la vista.
Bajé despacito por el porche, sabía qué tabla crujía. Me deslicé y me acomodé detrás de unos arbustos.
Me quedé quieta y empecé a buscarlos.
Los vi. Eran tres, hablaban, y bebían, supongo que licor.
Uno se levantó y empezó a silbar. Las risas entre ellos no me tenían nerviosa aún.
Se levantó otro y gritó.
--¡Niña! ¿Estás solita?
--Me dijeron que alguien quería compañía. Se reían y se celebraban entre ellos.
--Vamos, sal, para que hablemos. Mi hermano dice que te vio en el pueblo.
--Que eres muy bonita.
--Solo queremos conversar. Trajimos dulces y otras cositas más. Se miraban y reían.
Estaban muy borrachos. Se balanceaban
Bajaron la voz y se preguntaron si realmente estaría sola. Los escuchaba claro.
No hablé nada, solo pensaba que si se acercaban un poco más. O trataban de entrar les dispararía. Mis manos no temblaban.
Papá me lo había advertido. Los más peligrosos son los hombres.
Dos de ellos empezaron a caminar, el otro se quedó atrás.
--Yo voy primero y ustedes dos después. Soy al que se le ocurrió la idea.
--Yo soy el mayor, así que yo la tomaré primero.
--Y porque no los tres a la vez. Dijo el que se había quédado atrás. Riendo
No entendía nada de lo que hablaban.
¿Primero de que? ¿Entrar a mi casa? No tenía nada que me pudieran robar. El poco dinero que quedaba de la venta de los corderos alcanzaba para dos sacos uno de harina y otro de azúcar.
Supongo que él que decía que me había visto. Era de cuando estuvimos en la Hostería de doña Mercedes.
Lo sabía, algo me dijo que no era un buen augurio.
Durante varias semanas tuve esa incertidumbre, se me quedó.
¿Tendría el Don de mi abuela? Papá me decía que ella presentía lo malo.
¿Qué podían querer de mí?
Caminaban despacio.
--¿Estará dormida? Mejor así la encontramos en la camita. Se rieron los tres como el mejor chiste.
Primero el de advertencia me decía el abuelo, aunque papá decía que al cuerpo.
Disparé.
Escuché el grito.
--¿Te dio?
--No. ¿Pero no dijiste que vive sola?
--Eso me dijeron. Pero a lo mejor es verdad que vive con el abuelo.
--Retrocede.
--No vine hasta este fin del mundo caminando para irme así
--La camioneta no está tan lejos.
--No me iré.
--Oye viejo. Solo queremos un poco de entretenimiento, supimos que tu nieta es muy bonita.
--No te opongas no te va a resultar. Somos jóvenes.
--No puedes contra los cuatro.
No eran cuatro, eran tres. Los veía claramente.
Borrachos y mentirosos
Él de atrás trato de sujetarlo, pero lo empujó y avanzó.
Era mi tiro derecho a una de sus piernas.
Disparé.
Le di en la rodilla. Cayó como un saco al suelo gritando.
Los chillidos se escuchaban hasta la quebrada del ají.
Interiormente, me felicité, nunca le había disparado a nadie solo a blancos. Pero no había fallado.
--Vámonos de aquí!
lo tomaron entre los dos y empezaron a llevarlo.
--Escucha viejo, esto no se va a quedar así.
--Vendremos por la muchacha y a ti te vamos a matar.
--Después te arrastraremos por el cerro abajo. Nadie reconocerá tu cuerpo.
--Y gozaremos a tu nieta. Ya verás.
No entendí que era lo que decían. Los vi irse despacio llevando al herido.
Nunca me moví desde donde estaba agazapada.
Sentí a lo lejos el motor de un vehículo. Eran ellos, y se iban.
Cuando comenzó a amanecer, me levanté, me paré en la roca desde donde Silbaba y llamé a Margarita. Le di tres silbidos y me escondí.
Media hora después llegó, venía al galope. La monte a pelo, me crucé el rifle y partimos a todo galope. Aferrada a su cuello. La yegua sentía mi nerviosismo. Volaba por el cerro, conocía cada recoveco de él.
Ezequiel me estaba esperando afuera.
El rostro se le deformó cuando me vio llegar me tiré abajo y lo abrace.
Solo ahí me permití llorar. Temblaba y no podía respirar.
--Cálmate mi niña, ya estás conmigo. No hables nada.
Me tomó en sus brazos y me llevó adentro. La tetera estaba lista para el café y los jarrones preparados.
Se sentó en la mecedora conmigo en los brazos.
La balanceaba despacito para que yo me fuera tranquilizando.
Tenía doce años y aún me sentía una niña. Cerré mis ojos y pude por fin descansar y bajar la adrenalina. El bombear de mi corazón empezó a bajar.
Después de un tiempo, pude hablar.
Le conté todo, lo de los hombres, sus risas, sus amenazas creyendo ellos que era él, quien había disparado. Y no una niña como yo.
Del certero disparo de advertencia y el del tiro perfecto a la rodilla.
--No entiendo a qué venían abuelo, soy pobre, que querían de mí.
--Es mi culpa hija. Nunca te explique cómo es en verdad el ser humano.
Y me describió como era una relación entre un hombre y una mujer. Cómo es el amor entre dos personas, como nacen los niños, lo ideal era un matrimonio. Pero no siempre era así. Que habían relaciones que no necesitaban un anillo.
Me contó que los hombres muchas veces se comportan como animales. Y que hay mujeres que se dedican a prestar su cuerpo por dinero.
Quedé sorprendida.
-- ¿Las historias de mis cuentos son mentiras?
--No son mentiras, pero son lo que son, solo cuentos para hacer felices a los niños.
--¿Ezequiel ellos venían entonces por mi?
Él bajó la cabeza
--Ellos no te veían como una niña. Lo dijo triste
--No tienes que sentir vergüenza. Porque me vió encogerme.
--Esos hombres, eran hombres malos que tenían malas intenciones.
--Además el alcohol es veneno. No los estoy disculpando. Pero eran hombres despreciables.
--Querían tocar tu cuerpo sin tu permiso.
--Tu cuerpo es tuyo, es como tu casa hija. Nadie puede entrar o tocar si tú no lo permites.
--Ellos querían hacerte daño.
Me sentí sucia. Y quería esconderme. Esa fue la sensación que tuve cuando estuvimos en la casa de doña Mercedes. Vergüenza ese era el sentimiento.
-- Pero yo no lo voy a permitir. Hoy mismo bajaré al pueblo a buscar quienes fueron. Dijo firme
Lo miré y lo vi, fuerte y valiente.
Él, que me había protegido, que me había cuidado todos esos años.
Que fue después de mi papá, el único que estuvo ahí para mí.
No sabía qué hacer, no quería irme de mi paraíso, pero tampoco quería vivir con miedo.
--No vayas abuelito por favor. Comencé a llorar, no quiero quedarme sola.
Le hice prometerme que no bajaría. Ni a buscar culpables.
Él me lo prometió
Me quedé más tranquila. Arreglamos que no viviría más sola. Viviríamos en ambas casas.
Pero en mi corazón lo sabía, éste problema no se había terminado, era solo el comienzo de mi desgracia.
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Mil disculpas por el error 🪷
Entre tú y yo, ¡qué mucho echaba de menos tus letras!