«Mi sangre no pide compasión; exige ser devorada.»
El chasquido del cerrojo blindado nos dejó a oscuras en el laboratorio subterráneo. En el suelo, los vidrios de mi última ampolleta de supresor. En mis venas, el desastre.
Mi cuerpo es una trampa: libero un aroma a miel y jazmín tan violento que me dobla las rodillas, me asfixia la garganta y me humilla. La ventilación esparce la plaga de mi olor por el aire sellado, y la biología no perdona.
Tres aromas depredadores acorralan mi agonía en la penumbra. Sin medicina que me salve, sin aire para gritar y con la fiebre del celo quemándome la piel desde adentro.
La cacería empezó. Y la única duda es cuál de los tres clavará primero sus garras en mi nuca.
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CAPÍTULO 7: EL PACTO DE LOS MALDITOS
La provocación de Nix se quedó suspendida en la humedad del vagón como una mecha encendida.
—Si viajas con tres Pura Sangre a tu espalda... solo eres la presa de tres monstruos que aún no se han decidido a dividirse el botín.
Eren dio un paso al frente con una velocidad cegadora. El metal de su fusil chocó contra el mentón de Nix, forzando al líder de los Marcados a echar la cabeza hacia atrás mientras la sangre le brotaba del labio inferior.
—Vuelve a abrir la boca para hablarle así y te prometo que esa cicatriz en tu cuello no va a ser la única marca que tengas —siseó Eren con los ojos inyectados en sangre, liberando una ráfaga de feromonas territoriales que hizo que varios rebeldes del fondo ahogaran un gemido y apretaran los gatillos de sus armas.
—¡Basta! —ordenó Kaelen, interponiéndose con frialdad matemática entre la línea de tiro de los rebeldes y Eren—. Eren, baja el arma. Si disparas, la vibración del impacto derribará el techo de la estación sobre nosotros.
Me levanté del asiento de metal, quitándome la chaqueta de Kaelen de los hombros con lentitud. Me paré justo entre el fusil de Eren y la silueta encapuchada de Nix. Los miré a todos con un desprecio absoluto.
—Nadie me está dividiendo como un botín —dije, mirando a Nix fijamente a los ojos—. Y si crees que porque te arrancaste la glándula del cuello eres libre, te estás engañando solo, Nix. Mírate... sigues viviendo como una rata en las alcantarillas, temblando cada vez que un Alfa pasa por encima de tu cabeza.
Nix escupió sangre a las vías oxidadas y se limpió la boca con el dorso del guante.
—A menos aquí abajo no respondemos al llamado del celo de nadie —respondió Nix con voz rasposa—. No servimos como incubadoras ni como drogas de sumisión. Nosotros elegimos amputarnos para no ser esclavos.
—Ustedes eligieron mutilarse porque le tenían miedo a su propia biología —sentencié, dando un paso hacia él—. Yo no me voy a cortar nada. Mi cuerpo es mío, y voy a hacer que los Alfas de Arcadia se arrodillen ante mi aroma antes de dejar que me pongan una sola cadena encima.
Antes de que Nix pudiera replicar, un retumbo sordo sacudió los cimientos de la estación subterránea. El polvo cayó del techo en capas densas y las vías de metal vibraron con violencia. Una serie de explosiones lejanas hizo eco a lo largo del túnel central.
—¡El Consejo! —gritó un Beta rebelde desde la retaguardia—. ¡Están sellando los accesos del nivel siete con cargas de cianuro biológico! ¡Van a colapsar el sector sub-ocho para asfixiarnos a todos!
El pánico se apoderó de los Marcados. Las linternas comenzaron a moverse en todas direcciones entre gritos desordenados.
—Maldita sea... —maldijo Valen, revisando el sensor de aire de su muñeca—. La concentración de toxinas en la red de ventilación está subiendo rápido. Si el gas baja por los túneles, moriremos en menos de veinte minutos. Los filtros artesanales de tus hombres no van a resistir esto, Nix.
—Conozco una ruta de salida hacia la superficie —dijo Nix apretando los dientes, mirando hacia la penumbra del túnel oeste—. Pero la puerta blindada del sector industrial tiene un sello biométrico de nivel Alfa Pura Sangre. Nosotros no podemos abrirla.
Kaelen esbozó una sonrisa helada y ajustó la daga en su cinturón.
—Y nosotros tenemos la clave biométrica de tres Pura Sangre... pero no conocemos los pasajes oscuros de tus túneles.
Me puse al centro de la vieja estación, obligando a los tres Alfas y al líder de los Marcados a mirarme.
—Se acabó la discusión —impuse, con un tono de mando que no admitía réplicas—. Haremos un trato. Nix, tu gente nos guía por los túneles ciegos hasta la puerta industrial. Kaelen, Eren y Valen abren el sello biométrico y neutralizan a los guardias de la superficie. Si alguien intenta traicionar al otro antes de salir de aquí, juro que liberaré mi aroma en este túnel cerrado y los dejaré a todos convulsionando en el suelo.
Nix me observó durante tres segundos eternos. Por primera vez, vi un destello de respeto temeroso en la mirada del Omega mutilado.
—Trato hecho, Anomalía —asintió Nix.
El avance por los pasajes estrechos del subsuelo se convirtió en una marcha silenciosa y sofocante. El aire era denso, caliente y apenas permitía respirar.
Mientras el grupo principal de rebeldes avanzaba en la vanguardia, me quedé unos pasos atrás en un cruce de tuberías para recuperar el aliento. De pronto, una sombra pesada se proyectó sobre la pared de concreto.
Eren me acorraló contra el muro de metal, apoyando una mano sobre mi cabeza y bloqueando mi paso. Su aliento cálido rozó la piel de mi oreja, cargado de un aroma a cuero y tabaco que esta vez olía a celos puros y contravía.
—Así que ahora negocias con otros Omegas... —murmuró Eren con la voz grave, aprisionándome con la mirada—. Te vi cómo le hablabas a ese tipo. Te gusta hacer que todos se dobleguen ante ti, ¿verdad?
—Me aseguro de sobrevivir, Eren —respondí, mirándolo sin pestañear a pesar de la cercanía peligrosa de sus labios a mi cuello—. Algo que tú no podrías hacer solo con tus puños.
—No me provoques, Lian —siseó Eren, inclinándose un milímetro más hasta que su pecho chocó contra el mío. Sentí el latido frenético de su corazón—. Ver a otros tipos cerca de ti me está volviendo loco. Me da igual el Consejo, me dan igual sus bombas... Si no salimos pronto de este túnel, no voy a responder de mí.
—Pruébalo —desafié en un susurro, sintiendo cómo su presencia me envolvía—. Intenta tocarme sin mi permiso y verás quién termina rogando por aire.
Eren apretó la mandíbula, con las pupilas carmesí dilatadas por el deseo contenidamente violento. Estaba a punto de cortar la poca distancia que nos separaba cuando la voz de Kaelen cortó la penumbra desde el frente.
—Eren. Lian. Dejen sus asuntos para cuando no tengamos un gas letal a nuestras espaldas. Encontraron la puerta industrial.
Eren no se retiró de inmediato. Pasó los nudillos con una lentitud tortuosa por mi mejilla, dejando un rastro de calor sobre mi piel.
—Esto no se ha acabado, mi pequeño veneno —prometió en un murmullo antes de darse la vuelta y marchar hacia la vanguardia.
Me ajusté la ropa, sintiendo mi pulso acelerado. El gas del Consejo venía detrás, los Marcados nos guiaban hacia lo desconocido y tres Alfas posesivos esperaban el menor descuido para reclamarme.
Llegamos al umbral de la superficie. La verdadera cacería bajo la luz del sol estaba a punto de empezar.
— Nota de Lian —
"Si el Mando Central y esos tres Alfas creen que pueden acorralarme o dictar mis reglas, no entienden absolutamente nada de lo que soy. Yo no soy la presa de nadie. Si estás de este lado y quieres ver cómo rompo su control capítulo a capítulo, guarda esto en tu Biblioteca y deja tu Like. No te distraigas... porque esto apenas está comenzando."