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Eres Mi Perdición, Tío De Mi Ex

Eres Mi Perdición, Tío De Mi Ex

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Romance
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: MisterG028

Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.

Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.

Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.

Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.

Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.

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El jardín de los secretos

Helena se miró frente al espejo de cuerpo completo de su habitación y, por un instante, casi no se reconoció. El vestido color crema le llegaba justo por encima de la rodilla, ceñido en la cintura y con un escote discreto que, aun así, resaltaba la curva de sus hombros. El cabello negro caía en ondas suaves sobre la espalda y los aretes de perlas que su padre le había regalado en su último cumpleaños le daban un aire elegante, casi adulto. Se pasó un poco de gloss en los labios y respiró hondo.

Estaba linda. Muy linda. Y, sin embargo, el nudo en el estómago no desaparecía.

Bajó las escaleras con cuidado. Robert y Louis estaban en el salón, como cada sábado. Ninguno de los dos trabajaba los fines de semana; era una de las pocas reglas sagradas de la casa Fiallet. Su padre leía el periódico con una taza de café en la mano. Louis revisaba algo en la tableta, pero levantó la vista en cuanto la vio.

—Vaya —dijo Louis, arqueando una ceja—. Alguien se esforzó hoy.

Helena le sacó la lengua con cariño, aunque las mejillas se le tiñeron de rosa.

—Es un almuerzo formal, Louis. No iba a llegar en jeans.

Robert dejó el periódico y la miró con esa mezcla de orgullo y preocupación que solo un padre puede tener.

—Estás preciosa, mi niña. Pero… ¿estás segura de esto? De volver con él tan pronto.

—Papi… —Helena se acercó y le besó la mejilla—. Ya hablamos de esto. Quiero intentarlo.

El timbre sonó antes de que Robert pudiera responder. Helena se acomodó el bolso y se dirigió a la puerta.

—Me voy. No me esperen a cenar.

Sebastian esperaba del otro lado, impecable en una camisa azul claro y pantalones oscuros. En cuanto la vio, soltó un silbido bajo.

—Estás… impresionante.

Se inclinó para besarla. Helena correspondió, pero fue solo un gesto. Labios contra labios. Nada más. No hubo ese vuelco en el pecho, ni el calor que subía por la nuca, ni la necesidad de alargar el contacto. Solo un beso. Correcto. Vacío.

Sebastian no pareció notarlo. Le abrió la puerta del auto con una sonrisa triunfal y, en cuanto ella se sentó, arrancó hacia las afueras de la ciudad.

La mansión Scott era exactamente lo que Helena había imaginado… y al mismo tiempo, mucho más. Un caserón de piedra clara rodeado de jardines impecables, con una fuente central y un camino de grava que crujía bajo las ruedas del auto. Sebastian estacionó frente a la entrada principal y le ofreció la mano para ayudarla a bajar.

—Bienvenida a mi otra casa —dijo con orgullo.

La guió a través del vestíbulo de mármol blanco, pasando por salones que olían a madera antigua y flores frescas, hasta el jardín trasero. Allí, bajo una carpa blanca, ya estaban reunidos varios miembros de la familia. Gerard Scott, el abuelo, ocupaba el lugar de honor en una mesa larga cubierta con un mantel de lino. Tenía el cabello completamente blanco y una presencia que imponía incluso sentado.

Sebastian se acercó con Helena de la mano.

—Abuelo, ella es Helena Fiallet. Mi novia.

Gerard se levantó con una agilidad sorprendente para su edad y tomó ambas manos de Helena entre las suyas.

—Encantado, mi querida. Sebastian no ha parado de hablar de ti desde que regresó a la universidad. Es un placer tenerte en casa.

Helena sonrió, sinceramente conmovida por la calidez del saludo.

—El placer es mío, señor Scott. Gracias por recibirme.

Sebastian miró alrededor, buscando con la vista.

—¿Y el tío Benjamin? Pensé que ya estaría aquí.

Gerard hizo un gesto vago hacia la casa.

—Está terminando una llamada con Londres. Dijo que en un momento bajaba. Ya sabes cómo es tu tío… el trabajo nunca descansa.

Helena se sentó en la silla que Sebastian le indicó, junto a él. Aceptó una copa de agua con limón y trató de concentrarse en la conversación superficial que Gerard mantenía sobre el clima y los jardines. Pero su mente divagaba. Sebastian siempre había hablado de su tío como de una figura casi mítica: el hombre que manejaba el imperio en Inglaterra, el que había multiplicado la fortuna familiar, el que no sonreía nunca. Ella siempre lo había imaginado mayor, canoso, quizá con gafas y un porte de sesenta años. Nunca, ni en sus sueños más locos, se había detenido a pensar que pudiera tener casi la misma edad que Sebastian.

Benjamin colgó la llamada con Lorenzo y se pasó una mano por el rostro. Los números de la empresa de Nueva York eran peores de lo que había calculado. Felipe había convertido una compañía sólida en un desastre financiero en menos de dos años. Suspiró, se abotonó la chaqueta y bajó las escaleras hacia el jardín.

El sol de la tarde filtraba entre las hojas de los árboles. Escuchó risas, el tintineo de copas, la voz de su padre contando alguna anécdota. Y entonces la vio.

A lo lejos. Sentada a la mesa. Cabello negro. Vestido crema. Perfil perfecto.

Benjamin se detuvo en seco en el último escalón. El corazón, que normalmente latía con la regularidad de un reloj suizo, dio un vuelco violento. Era ella. La chica del café. La de Oxford. La que se había escapado de su cama sin dejar ni un apellido completo.

¿Qué demonios hacía en su jardín?

Antes de que pudiera procesarlo, Sebastian se levantó y caminó hacia él con una sonrisa radiante. Le puso una mano en el hombro y lo guió directamente hacia la mesa.

—Amor —llamó Sebastian, y Helena levantó la vista—. Te presento a mi tío.

Benjamin sintió que el tiempo se ralentizaba. Los ojos verdes de ella se abrieron de par en par. El color se le drenó del rostro tan rápido que por un segundo temió que fuera a desmayarse.

Sebastian, completamente ajeno, continuó con orgullo:

—Helena Fiallet, mi novia. Helena… este es mi tío, Benjamin Scott.

Benjamin reaccionó por puro instinto. Extendió la mano, el rostro convertido en una máscara de cortesía impecable.

—Un gusto, señorita. Benjamin Scott.

Helena se levantó despacio, como si cada movimiento le costara un esfuerzo consciente. Su mano tembló apenas cuando tocó la de él. La piel de ella estaba fría. La de él, demasiado caliente.

—Un gusto… —susurró ella, tan bajo que apenas se oyó.

Sus dedos se rozaron un segundo más de lo necesario. Benjamin sintió el mismo voltaje de aquella noche en Oxford, el mismo reconocimiento silencioso que ninguno de los dos podía nombrar delante de todos.

Sebastian sonrió, satisfecho, y les indicó que se sentaran. Gerard ya estaba haciendo señas al personal para que trajeran el primer plato. Felipe levantaba su copa en un brindis improvisado.

Pero Helena y Benjamin no oían nada de eso.

Ella se sentó de nuevo, con las rodillas juntas y las manos apretadas sobre el regazo para que no se notara el temblor. Él ocupó la silla frente a ella, exactamente frente a ella, y sostuvo su mirada solo un instante antes de apartarla hacia su padre.

Ninguno sonrió. Ninguno dijo una palabra de más. Y, sin embargo, en ese jardín lleno de gente, de risas y de sol, los dos sabían exactamente qué secretos compartían… y cuán peligroso era que el destino los hubiera vuelto a poner en el mismo lugar.

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Kayra Villavicencio
Por cab*on calenturiento.
Kayra Villavicencio
Es un socio, ya me cae como patada en una tet*
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