Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.
NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23
Cap 23: El Libro de las Deudas
Val llevaba cuatro horas sentada frente al escritorio y no había movido nada excepto la pluma y los ojos.
El cuaderno oscuro —el que Sofía había bautizado como "Deudas de sangre" la primera noche que Val lo inauguró— ocupaba el centro exacto de la mesa, rodeado de los registros de la hacienda que Val había ido copiando a mano durante meses: inventarios de bodega, recibos de proveedores, listas de dote certificadas por los notarios de la manada. Cada documento robado en fragmentos, escondido y devuelto antes de que nadie notara su ausencia.
Su loba ronroneaba, alerta y satisfecha.
Val pasó la página y continuó escribiendo.
Sedas ceremoniales destinadas al ajuar de la Luna: ciento cuarenta y dos rollos. Desviadas al guardarropa personal de Doña Milagros. Acónito purificado para uso medicinal de la manada: treinta y siete frascos, grado farmacéutico. Desaparecidos del inventario en los primeros seis meses tras la boda. Pieles de caza ritual: ochenta y cuatro unidades, incluidas las de lobo blanco de la Ceremonia de Primer Invierno. Vendidas. Reservas de plata para forja ceremonial: doscientas onzas. Transferidas a cuentas personales.
Cada línea era un robo. Cada número tenía fecha y nombre.
La cuenta parcial al pie de la página decía 2,756.
Dos mil setecientos cincuenta y seis recursos documentados, desviados de la dote de Valentina Solís hacia los bolsillos de la familia Ríos. Val había cruzado cada cifra con al menos dos fuentes, verificando contra los registros originales que su abuela Elena le había entregado sellados el día de la boda.
Su loba ronroneó más fuerte.
---
—¿Ya comiste algo? —Sofía entró con una taza de té de manzanilla y un pan dulce que Val sabía que había robado de la cocina antes de que las sirvientas de Doña Milagros pudieran reclamarlo.
—Después.
—Llevas diciendo "después" desde las cinco de la mañana.
Val no levantó la vista de la columna que estaba sumando, pero aceptó la taza cuando Sofía la dejó junto a su codo, el calor del barro filtrándose hasta sus dedos. El olor del té le trajo un destello involuntario de las hierbas del jardín de Abuela Elena, y con él, la memoria de Doña Estela —la primera Luna de la manada Ríos— arrodillada entre las plantas medicinales de la hacienda, enseñándole a una joven Val los nombres de cada una.
Val apretó la pluma y siguió escribiendo.
"Te prometí justicia", pensó. Y esa justicia necesitaba números exactos.
—Mira esto. —Val giró el cuaderno hacia Sofía y señaló una sección nueva, subrayada dos veces—. Las hierbas medicinales. Los lotes que supuestamente se echaron a perder por mala conservación.
Sofía se inclinó sobre la página, el ceño fruncido.
—¿Ciento noventa y tres preparaciones descartadas en un año? Eso es...
—Imposible. Yo misma las almacenaba. Seguían el protocolo exacto de conservación que me enseñó Abuela Elena. No se echó a perder ni una sola.
Val sacó del fondo del cajón un papel doblado en cuartos, manchado de grasa en una esquina. Se lo había conseguido Marco hacía dos semanas, sacado de un cargamento interceptado en la frontera norte.
—Un manifiesto de venta. Hierbas medicinales de grado ceremonial, vendidas a la manada Huerta a precio de mercado negro. —Val tocó el sello en la esquina inferior—. El sello de la hacienda. La letra de Doña Milagros.
Sofía no dijo nada por un largo momento. Cuando habló, su voz era baja.
—Vendió tus medicinas a una manada rival.
—Mis medicinas. De mi dote. Preparadas con mis manos. —Val recuperó el papel y lo guardó con el mismo cuidado clínico con el que había documentado cada uno de los 2,756 robos anteriores—. Y las vendió al doble de su valor porque la manada Huerta no tiene acceso a una herborista con entrenamiento de la línea Solís.
Su loba enseñó los dientes dentro de su pecho. Val contuvo el gruñido. Tenía que seguir contando.
---
Val pasó la siguiente hora documentando otro rubro que había dejado para el final: los gastos personales de Doña Milagros.
Vestidos de seda importada del territorio costero: diecisiete en el último año, cada uno con un costo equivalente a tres meses de salario de un Delta de la guardia. Juego de joyas de ámbar lunar encargado para su cumpleaños. Renovación completa de sus aposentos privados, incluidos muebles de cedro tallado y cortinas bordadas con hilo de plata.
Todo facturado contra la cuenta de la dote.
Val escribía sin detenerse. Cada trazo era preciso, sin adornos.
Cuando terminó la lista, sumó el total y lo subrayó tres veces.
Luego cerró el cuaderno y se quedó mirándolo un momento, las manos planas sobre la cubierta oscura.
—Sofía.
—¿Sí?
—Felipe Ríos. ¿Sigue yendo a las peleas de apuestas los viernes?
Sofía asintió, despacio.
—Cada viernes sin falta. A veces también los miércoles, cuando su madre le suelta dinero extra.
—¿Y cuánto pierde?
—Mucho. Pero siempre tiene más. Doña Milagros le repone todo antes de que Sebastián se entere.
Val abrió el cuaderno de nuevo, en una página distinta, una que Sofía no había visto antes. Tenía un solo nombre escrito en la parte superior: El Coyote.
—Necesitamos que Felipe gaste hasta el último peso que su madre ha acumulado.
Sofía la miró con los ojos muy abiertos, pero no con sorpresa. Con la expresión de quien ha estado esperando exactamente esa frase.
—El Coyote lleva dos meses infiltrado en el circuito de peleas —continuó Val, la voz baja, sin inflexión—. Discreto. Los otros apostadores lo conocen como un lobo independiente con más dinero que juicio. Felipe ya confía en él.
—¿Y qué va a hacer?
—Nada ilegal. Nada que pueda rastrearse hasta nosotras. —Val giró la pluma entre los dedos—. Solo va a ser el mejor amigo que Felipe Ríos haya tenido. El que siempre propone una apuesta más, el que siempre sabe de una pelea con mejores premios, el que nunca dice que no. Felipe no necesita que nadie lo empuje. Solo necesita que nadie lo detenga.
Sofía exhaló por la nariz, un sonido que era casi risa.
—Y cuando Doña Milagros ya no tenga con qué reponerle...
—Va a tener que sacar de algún lado. Y para entonces, ya no va a quedar nada de dónde sacar. —Val tocó la cubierta del cuaderno—. Porque cada peso que ha robado de mi dote está documentado aquí, con fecha, monto y destino. Cuando le pida a esta familia que me devuelva lo que es mío, no van a tener ni para comprar velas.
La luna menguante entraba por la ventana en una franja delgada. Val cerró el cuaderno con un golpe seco.
Su loba ronroneó una última vez, satisfecha.
se jodió esto
por fin ya era hora