Carlos está decidido a cobrar venganza, sin importar que el corazón se le esté partiendo en dos.
Lucia, envuelta en una venganza sin retorno...
Las cenizas serán lo único que quede de aquella guerra.
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23
### Carlos
Sus pasos eran apresurados. Ella estaba decidida a dejarme, a abandonarme por completo, pero en mi mente eso jamás podía suceder. No me importaba si me odiaba con toda el alma, no me importaba absolutamente nada... Ella no se podía ir.
Con la cabeza fría y la mirada extraviada en una fijación enfermiza, fui tras ella, comportándome como un vil y maldito psicópata. Antes de que sus dedos pudieran tocar el picaporte de la puerta principal, tres de mis hombres se interpusieron en su camino, bloqueándole el paso antes de girarse a mirarme fijamente, esperando mis órdenes.
—Quiero todas las entradas cerradas. No quiero que nadie salga de esta casa sin mi autorización —ordené con una firmeza helada, manteniendo la voz baja pero cortante.
Lucía se giró en seco para enfrentarme. Pude notar la rabia pura y el fuego abrasador en el fondo de sus ojos oscuros, brillando a través de las lágrimas que se negaba a dejar caer.
—Pensé que habías tomado la decisión correcta —dijo, dando un paso al frente con la barbilla en alto, desafiándome a pesar del temblor que recorría sus hombros.
—Lo hice, pero... no soy un hombre que deje ir lo que le pertenece —contesté, acortando la distancia hasta quedar a escasos centímetros de su rostro, sintiendo su respiración agitada golpear contra mi piel.
—No soy tuya —escupió con un odio que me atravesó el pecho, aunque no me hice a un lado.
—Lo eres. Lo firmaste en ese acuerdo... donde dice claramente que, apenas pusieras tu firma, estarías a mi entera disposición. No me importa si el contrato es laboral; seguirás siendo mía —sentencié, apretando la mandíbula al sostenerle la mirada.
Lo reconocía perfectamente por dentro: me estaba comportando como un monstruo. Sin embargo, no me importaba en lo absoluto. Si Lucía no era conmigo, no sería con nadie.
—¡Estás loco! —gritó con impotencia, clavándose las uñas en las palmas de sus manos en un intento desesperado por no venirse abajo.
—Lo estoy... Pero no importa, pronto te acostumbrarás —musité con una sonrisa amarga antes de darle la espalda—. Dile al personal que no le debe faltar nada. Dispongan de alimentos, joyas y la mejor ropa; ella es la señora de la casa —le ordené a mi secretario, quien nos observaba en silencio desde el descanso de las escaleras, con el rostro pálido.
—Sí, señor —asintió de inmediato, bajando la vista.
—¡No soy tu señora! ¡Déjame salir! —me gritó a la espalda, y el eco de su voz rasgó el aire sofocante del vestíbulo.
—No —me detuve en el primer escalón, girando apenas el rostro para mirarla por encima del hombro, disfrutando y sufriendo al mismo tiempo por el terror que reflejaba su rostro—. Y vete haciendo la idea: eres mía, y si no es conmigo, no es con nadie. Si te llegas a escapar o intentas desafiarme, tu padre pagará las consecuencias.
Ella se me quedó viendo con una mezcla dolorosa de sorpresa, pavor y desprecio absoluto. No dijo una sola palabra más; se quedó paralizada en mitad de la sala mientras yo subía las escaleras de regreso a mi habitación. A partir de este instante, solo seríamos ella y yo contra el mundo. Nadie más.
...### Esteban ...
Me dispuse a buscar por todos los medios cualquier rastro que me llevara hasta Lucía. Logré dar con su paradero, pero apenas puse un pie frente a su edificio, un par de gorilas armados me prohibieron bruscamente la entrada. En ese momento apareció Carlos —el supuesto "amigo" incondicional de Lucía— para amenazarme y prohibirme volver a acercarme a ella.
Así que no tuve más remedio que darme por vencido... momentáneamente. Seguí atando cabos sueltos y buscando pistas en la sombra, hasta que logré contactar a la prima de Lucía, Natalia.
Fue ella quien, entre sollozos, me contó toda la verdad: cada una de las atrocidades y manipulaciones que ese infeliz le ha hecho a mi preciosa Lucía.
Quería salir corriendo a derribar la puerta y sacarla de allí, pero estaba completamente atado de manos. Con el paso de los días, me di cuenta de que Lucía ya no pisaba su departamento; lo más probable era que la tuviera retenida en su propia mansión.
Natalia me suplicó entre lágrimas que no me acercara más a ellos, advirtiéndome que Carlos era un hombre sumamente peligroso, pero no puedo hacerle caso. No puedo dejar a la mujer que amo a merced de semejante monstruo.
—¿Estás diciendo que existe un contrato legal que le da control absoluto sobre ella? —le pregunté a Natalia, sintiendo cómo la impotencia me quemaba la garganta.
Ella me había confesado que Carlos la mantenía retenida en su residencia, prohibiéndole cruzar la puerta e impidiéndole cualquier contacto con el exterior, incluida la misma Natalia. La tiene como su prisionera personal.
—Lucía más que nadie sabía que algo así podía suceder. Se lo advertí mil veces —respondió Natalia, limpiándose las lágrimas con rabia—, pero estaba decidida a proteger a su padre a costa de lo que fuera. Ahora no hay forma humana de que Carlos la deje en paz.
Sin poder hacer una denuncia formal sin poner en riesgo la vida de su familia, solo me quedaba esperar y recabar información de a poco. Mirando al horizonte, me hice un juramento sagrado: la iba a sacar de ese infierno y la ayudaría a recuperar su libertad. No importaba cuál fuera el precio.
...### Lucía...
Han pasado dos semanas enteras desde que me trajo a la fuerza a su mansión. Mi mente es una tormenta caótica donde divagan recuerdos retorcidos de agresión junto a momentos divinos y cálidos que vivimos durante mi amnesia; un lío mental sofocante que me quita el sueño.
Carlos no ha venido a visitarme a la recámara, y le doy gracias a Dios por ello. No me siento con las fuerzas ni con la entereza para volver a sostenerle la mirada.
Mi papá también está en esta casa. De vez en cuando, las empleadas me permiten bajar a la sala principal para verlo unos minutos. Los guardaespaldas no nos quitan los ojos de encima, vigilándonos como si un hombre en silla de ruedas fuera a ayudarme a saltar las rejas de la propiedad. Algo ridículo.
Analizando la situación con la cabeza fría, sé que solo existe una manera real de terminar con este tormento: alejarme por completo y para siempre de Carlos.
Sin embargo... siempre hay un "pero". Cada vez que intento visualizar mi vida lejos de él, siento un dolor agudo y punzante en el centro del pecho; un vacío enorme que me falta el aire.
Me me pongo a pensar involuntariamente en todo lo que a él le tocó sufrir de joven, en las heridas que jamás sanaron. Él no me lo ha contado directame, pero conozco la historia. Mi padre le quitó la vida a los suyos... todo por dinero. Según me confesó papá hace años, todo comenzó como un malentendido de negocios que no quiso resolver a tiempo. Luego ocurrió aquel trágico accidente en la carretera: los padres de Carlos iban persiguiendo el auto de mi padre, intentando comunicarse con él para aclarar la situación.
Pero mi padre se negó a detenerse. El vehículo de los señores se despistó y chocó violentamente contra la contención. Mi padre, presa del pánico y la cobardía, en lugar de bajar a prestarles auxilio, simplemente aceleró y los dejó morir allí. Después me pidió que guardara el secreto, asegurando que no serviría de nada hablar porque se sentía consumido por la culpa... Pero en lugar de enmendar su error, transfirió fondos de manera fraudulenta, saqueando la empresa de los padres de Carlos hasta dejarla al borde de la quiebra.
Por un lado, logro entender la raíz de su oscuridad: sus padres acababan de morir en un choque trágico, el hombre responsable estaba destruyendo el patrimonio que tanto les costó construir y, para colmo, su propio tío se encargó de envenenarle el alma con rencor durante años. Un joven destrozado y vulnerable, guiado por un hombre lleno de odio, solo podía tener un final terrible.
Y aquí estaba el resultado de esa tragedia: un hombre hecho y derecho que intentó acabar con mi vida y la de mi padre; un hombre que, a pesar de todo el daño, prefiere secuestrarme e infligirme sufrimiento antes que dejarme marchar. Para él, la venganza y el posesionismo son más fuertes que cualquier rastro de cordura.
No hay nada que esperar. Solo dos años. Dos malditos años... el tiempo exacto que dura el malnacido contrato que le firmé.
Apretaba la sábana entre mis puños con una rabia sorda, sintiendo el sudor frío caer por mi nuca. En dos años ese hombre tiene el poder de destruirme por completo, de reducirme a cenizas... Y no sé si mi cuerpo y mi mente puedan resistir tanto tiempo cautiva sin volverme loca en el intento.