Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.
Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.
Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.
Hades.
El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.
Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.
Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.
Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.
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El Señor de las Sombras
La palabra cayó como un trueno en medio del jardín, tan cargada de autoridad que el aire mismo pareció congelarse. Apolo detuvo el puño en el aire, temblando de ira, y giró la cabeza buscando al intruso.
—¿Quién se atreve a interrumpirme? —bramó, su voz cortando el silencio—. ¡Muéstrate!
Nadie respondió de inmediato. En su lugar, una bruma espesa, oscura como la noche más profunda, empezó a brotar del suelo, envolviendo las columnas de mármol, deslizándose entre las rosas manchadas de sangre. El sol del Olimpo, tan brillante y arrogante, pareció debilitarse, como si temiera acercarse a aquella oscuridad.
—Hermano —dijo una voz, grave, profunda, que parecía venir de todas partes y de ninguna—, veo que aún no puedes controlar a este mocoso sin cerebro.
La bruma se condensó, tomó forma, y de entre las sombras emergió Hades.
Alto, imponente, vestido con una túnica negra que absorbía la luz, el dios del inframundo los miró a todos con ojos que parecían contener abismos sin fondo. Su presencia era pesada, ineludible, como la muerte misma. Zeus dio un paso atrás, sorprendido. Deméter se llevó una mano a la boca. Nadie esperaba verlo allí, en el corazón del Olimpo, bajo la luz del sol.
—Hades —dijo Zeus, recuperando la compostura, aunque su tono era inseguro—. ¿Qué haces aquí? No has sido invitado.
El dios de las sombras inclinó levemente la cabeza, sin rastro de humildad. Barrió con la mirada el jardín, deteniéndose en Perséfone, tendida en el suelo, rota y sangrando, y luego en Apolo, de pie, con el puño aún levantado.
—¿Qué hago aquí? —repitió, y su voz bajó un tono, volviéndose más peligrosa—. Están a punto de matar a una de tus hijas y no haces nada. —Miró a Deméter, que bajó la vista, avergonzada—. No puedo permitir que por un arrebato de un dios muera otro. ¿Acaso es tan difícil?
Apolo soltó una risa seca, sin humor.
—Esto no tiene nada que ver contigo. Solo castigaba a una impía que merecía su suplicio. Ella lastimó a Afrodita.
Hades no respondió de inmediato. Con un simple movimiento de sus dedos largos y pálidos, el aire se tensó y Afrodita fue elevada en el aire, suspendida como una muñeca de porcelana, pataleando, con los ojos muy abiertos por el terror repentino.
—¿Todo porque lo dice esta mocosa? —preguntó Hades con calma, acercándose lentamente a ella—. Dime, Afrodita… ¿de verdad te empujó Perséfone? ¿O solo eres tú manipulando a este rubio musculoso pero sin cerebro?
Afrodita sintió que el pánico la invadía. Aquello no estaba saliendo como ella planeaba. Entonces, recordó su don, su poder, aquello que siempre la hacía amada y perdonada. Suavizó sus rasgos, sonrió con su sonrisa más dulce y desplegó todo su encanto, intentando envolverlo con su magia.
—Señor Hades… —susurró con voz melosa—, no seas cruel… Tú eres tan poderoso… tan imponente… Déjame mostrarte lo que es el amor…
Hades soltó una carcajada. No era una risa alegre. Era fría, burlona, el sonido de quien ve a una hormiga intentando detener un volcán.
—Muchacha —dijo él, dejando de reír, mirándola con lástima y desprecio—, ¿aún no te das cuenta de frente a quién estás? —Se inclinó un poco más, y sus ojos oscuros la atravesaron—. Soy Hades, Señor del Inframundo y la Muerte. El amor, lo sublime, lo que tú crees dominar… muere cuando yo aparezco. El amor no salva. No devuelve la vida a nadie. Tu habilidad, tu encanto, todo eso… en mí y en mi mundo no funciona. No sigas tratando de cambiar mi punto de vista. No tienes nada que yo necesite.
Afrodita palideció. Su magia… no funcionaba. No sentía absolutamente nada en él. Ni interés, ni deseo, ni compasión. Nada.
Hades apretó los dedos lentamente. Afrodita empezó a ahogarse, gorgoteando, su belleza transformada en puro terror.
—¡Mentí! —gritó apenas pudo, con lágrimas de verdad corriendo por sus mejillas— ¡Perséfone no me hizo nada! ¡Fui yo! ¡Todo fue mentira!
Él la soltó de golpe y ella cayó al suelo, tosiendo, temblando, abrazándose a sí misma como si el frío del inframundo ya la tocara. Apolo corrió hacia ella, arrodillándose para consolarla, sin siquiera mirar a Perséfone.
—Son tal para cual —dijo Hades, mirándolos con infinito desdén—. La mentirosa y el estúpido. Pero ese es problema de ustedes.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la bruma que aún esperaba a su alrededor, listo para marcharse.
—Hermano —lo llamó Zeus, frunciendo el ceño—, ¿a dónde vas?
—Otra vez vuelvo a mi reino —respondió Hades sin detenerse—. Lo que tenía que hacer ya está hecho.
Pero no pudo dar un paso más. Algo suave y débil aferraba el borde de su túnica negra.
Hades se detuvo lentamente. Giró la cabeza.
Perséfone estaba allí, de rodillas, apenas sostenida por su propia fuerza. La sangre le corría por la comisura de los labios, su cuerpo temblaba por el dolor, pero sus ojos, llenos de lágrimas y de una determinación feroz, lo miraban fijamente.
—Llévame contigo —susurró, con voz quebrada pero firme.
Él la miró, confundido.
—¿Qué dices, muchacha?
—Llévame contigo —repitió ella, escupiendo un hilo de sangre—. No quiero seguir aquí. No quiero estar un minuto más bajo este sol.
Él la observó en silencio un largo instante, pesando sus palabras.
—Sabes lo que significa seguirme por tu propia voluntad —dijo con voz grave—. No hay vuelta atrás. Mi reino es oscuro. Es frío. Es la muerte. ¿Estás segura?
Perséfone miró por última vez hacia donde estaba Apolo. Él no se había girado. Seguía consolando a Afrodita, como si ella ya no existiera. Y entonces, con una voz que resonó clara y rotunda en todo el jardín, dijo:
—Sí. Y no tengo miedo. Pudrete, Apolo… renuncié a ti. Ahora amaré a Hades.
Sus ojos se cerraron. Su cuerpo se desplomó hacia adelante.
Hades la atrapó antes de que tocara el suelo. La sostuvo en sus brazos, y por primera vez en siglos, una sonrisa fría, lenta y triunfal se dibujó en sus labios. La levantó con facilidad y la envolvió en su capa.
—Ya la escuchaste, hermano —dijo mirando a Zeus mientras la bruma empezaba a crecer alrededor de ambos—. Ella ahora es mía. Prefiere irse a mi mundo lleno de sombras antes que seguir rodeada de ustedes. ¿Y quién la culparía?
—¡Hades! —gritó Zeus dando un paso adelante— ¡No puedes llevártela! ¡Ella es mi hija!
—Ya no —fue la única respuesta.
La bruma los envolvió por completo. Y en un instante, desaparecieron, dejando atrás solo el silencio, las rosas rotas y un sol que de repente parecía demasiado frío.
Apolo se quedó solo, de pie, y por primera vez en su vida, sintió que el corazón se le caía al suelo. Deméter se llevó las manos al rostro, llorando en silencio. Y Afrodita, ya sin lágrimas, miró el espacio vacío donde su hermana había estado… y sintió, por primera vez, miedo.