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Mi Exmarido Millonario Ahora Es Mi Jefe

Mi Exmarido Millonario Ahora Es Mi Jefe

Status: Terminada
Genre:CEO / Oficina / Reencuentro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:258
Nilai: 5
nombre de autor: Rafaella Sol

Heloísa aprendió a levantarse antes del amanecer, a tomar dos trenes con la vianda en el bolso y una hija dormida en la memoria, a sonreír con la dignidad de quien no le debe nada a nadie. Seis años atrás, un matrimonio se le deshizo entre las manos y una familia poderosa la borró del mapa como quien limpia una mancha. Ella sobrevivió. Se reconstruyó. Enterró aquel nombre para siempre.

Hasta la mañana en que ese nombre volvió a aparecer en la pantalla de su computadora: Vicente Vasconcelos, el nuevo presidente de la empresa. Su exmarido. Su jefe. Y a su lado, una prometida embarazada del brazo y una sonrisa afilada.

Pero hay algo que no encaja. Un osito de peluche gastado que Heloísa juraría reconocer. Una niña de ojos oscuros que la huele y susurra que "huele a mamá". Un hombre de hielo que, de repente, guarda el aroma de un jabón descontinuado y pide "por favor" por primera vez en su vida. Cuanto más intenta Heloísa mantener las distancias, más se derrumban los muros que tardó seis años en levantar… y más cerca queda de una verdad que alguien enterró junto con todo lo demás.

NovelToon tiene autorización de Rafaella Sol para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

POV: Heloísa

Aquel miércoles me quedé hasta tarde. El cierre de la planilla de admisiones de la dirección no esperaba, y yo prefería perder el tren antes que llevarme trabajo a casa, donde Bel me esperaba despierta solo para contarme su día. Le mandé un audio a Dandá avisando que iba a tomar el de las diez, y ella respondió con un audio de treinta segundos reprochándome que trabajaba como mula y que me iba a guardar un plato de comida en el horno.

Pasaban de las nueve cuando por fin guardé todo y apagué el monitor. El piso estaba vacío, las luces en modo económico, ese silencio de oficina de noche que hace que cada paso suene demasiado alto. La señora de la limpieza ya había pasado, el olor a desinfectante todavía en el aire, todas las sillas arrimadas a las mesas de esa manera prolija que nadie deja durante el día. Al guardar los papeles, la esquina de una hoja de papel me corrió por el costado del dedo y abrió un corte fino, de los que casi no sangran pero arden de una manera desproporcionada.

Maldije bajito, me llevé el dedo a la boca, sentí el gusto metálico de la sangre. Tomé la bolsa y fui al ascensor, apretando el dedo cortado contra la palma de la otra mano.

Él estaba allá abajo, en el vestíbulo, apoyado en una de las columnas de mármol, el saco ya en el brazo, la corbata floja en el cuello, como quien esperaba. No fingí sorpresa. A esa altura yo ya sabía que Vicente no hacía nada por casualidad.

—¿Todavía aquí? —pregunté, pasando de largo hacia la puerta giratoria.

—Vi la luz de tu mesa encendida desde arriba.

—Usted tiene más cosas que vigilar que mi mesa.

Él no respondió de inmediato. Despegó el hombro de la columna y me acompañó, un paso atrás, su paso más largo acortándose para no adelantarme, una costumbre antigua que reconocí antes de decidir reconocerla. Reparó en mi dedo, que yo seguía apretando contra la palma de la otra mano, y la expresión le cambió en un instante, del modo en que cambia la cara de quien se olvida de fingir.

—Te cortaste.

—Es papel. No es nada.

Pero él ya había sacado del bolsillo interior del saco uno de esos estuchitos pequeños de primeros auxilios, del tamaño de una cartera, de cuero gastado en las esquinas. Antiséptico, una curita, una pomada, todo ordenado como el de quien usa eso con frecuencia. Lo abrió sin pedir permiso, tomó mi mano antes de que yo la retirara, giró la palma hacia arriba en la suya.

—Déjame ver.

—Vicente…

—Quédate quieta un segundo.

Y limpió el corte con un algodón embebido, el toque firme y cuidadoso al mismo tiempo, el pulgar sosteniéndome el dedo estirado, la otra mano pasando el algodón en una sola línea, sin dudar.

Yo lo dejé. No sé por qué lo dejé. Su mano sostenía la mía de la misma manera de siempre, de la misma manera de seis años atrás, cuando yo me quemaba el dedo en el fogón y él hacía exactamente esto, serio y concentrado, como si un corte de papel fuera la cosa más importante del mundo. Su mano era más grande de lo que recordaba, o la mía se había vuelto más chica de tanto cerrarse en puño. Su piel estaba tibia. La mía estaba helada de la noche, y él debió de sentirlo, porque sostuvo un poco más firme, como quien da calor sin decir que lo da.

—Todavía andas con eso en el bolsillo —dije, y la voz salió más baja de lo que quería.

—Ando.

Él siempre lo hizo. Porque yo vivía lastimándome por tonterías, me quemaba el dedo en la olla, me pegaba la espinilla en la esquina de la cama, me cortaba la mano abriendo una lata, y él decidió, en cierto punto de una vida que ya no existía, que era responsabilidad suya estar preparado. Compraba esos estuchitos y dejaba uno en cada saco. Creí que había dejado el hábito cuando me dejó a mí. No lo dejó.

El antiséptico ardió. Yo no me quejé. Apreté los labios y él lo vio.

—Ardió —dijo, no como pregunta.

—Un poco.

Sopló suavemente sobre el corte, un gesto que yo no pedí y que él hizo sin pensar, y los dos nos quedamos parados un segundo demasiado largo, los ojos en cualquier lugar menos el uno en el otro.

Del otro lado del vidrio, un auto negro se arrimó al borde de la acera, y reconocí la silueta de João al volante, su chofer, un hombre callado que manejaba con las dos manos en el volante y nunca miraba por el retrovisor más de lo necesario. Nos vio por la puerta de vidrio y no bajó, se quedó esperando, como quien sabe el momento de no estorbar.

Vicente pegó la curita con el pulgar, despacio, alisando la punta para que se adhiriera bien, y después se quedó con mi dedo entre los suyos por un instante de más.

—¿Te acuerdas del oso? —preguntó, de la nada, sin soltarme la mano.

Yo me acordaba. Claro que me acordaba. Un osito pardo de mercadillo, sin marca, que yo había comprado en una época en que no teníamos nada, cuando un helado compartido ya era un lujo, y que una noche de pelea, ciega de dolor, tiré a la basura allá abajo del edificio creyendo que estaba tirando todo lo que él representaba. A la mañana siguiente el oso estaba de vuelta en la cómoda, seco, oliendo a jabón, una de las orejas ya medio gastada de tanto que él le había frotado la suciedad para quitarla. Bajó en plena madrugada, revolvió la basura del edificio entero, encontró el oso en medio de una bolsa de restos de comida y lo trajo de vuelta. Lo lavó en el lavabo del baño para que yo no viera. Nunca dijo nada. Yo nunca pregunté. Por la mañana el oso estaba ahí, y desayunamos como si nada.

—No sé de qué estás hablando —mentí, y retiré la mano.

Él dejó que la retirara. Pero los ojos se le quedaron en mí, oscuros, y había algo en ellos que yo no quería ver, porque verlo iba a obligarme a mover una cuenta que ya había cerrado. Cerrada con llave, con clavo, con seis años de cemento encima.

Se va a casar con Letícia, me dije. Ella está embarazada de él. Sea lo que sea que estos ojos estén diciendo, no es para ti. Ya no.

—Gracias por la curita —dije, formal de nuevo, y me volví hacia la puerta.

—Helô.

Me detuve, de espaldas, la mano ya en la puerta giratoria, el dedo vendado latiendo levemente.

—Tú de verdad no te acuerdas —dijo, y la voz le salió ronca, casi sin suelo—. De nosotros. Tú no…

No lo dejé terminar. Empujé la puerta, atravesé la noche fría de la acera, el viento cortando entre los edificios, y me subí al primer auto que se detuvo, el de João, que abrió la puerta de atrás sin que yo tuviera que pedirlo, porque él ya sabía, todos ahí ya sabían de algo que yo me negaba a saber.

La puerta se cerró de golpe. João encendió el auto en silencio, ajustó el retrovisor, y no miró atrás ni una vez. Y yo no miré atrás para ver si él seguía parado en el vestíbulo, detrás del vidrio, con la frase a medias en la boca.

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