Serafín Trudeau lo tiene todo: es el joven príncipe del imperio más poderoso del continente, heredero de Cassandra y Balkan, dos de los villanos más temidos de la historia. Bello, arrogante y extraordinariamente poderoso, Seraf descubre que también es la reencarnación del legendario dragón destinado a cambiar el mundo.
Pero existe una amenaza: una sacerdotisa de la Luz nacerá con el único poder capaz de destruirlo.
Seraf decide no esperar quince años para enfrentarse a ella.
Desaparece durante una semana y sigue la resonancia de su sangre dragoniana hasta encontrarla: Estrella, una joven sacerdotisa de dieciocho años. La enamora antes de revelar su verdadera naturaleza.
Cuando Estrella descubre que el hombre que ama es el dragón de la profecía, siente miedo.
Pero ya es demasiado tarde.
Seraf ha decidido llevársela a casa.
La futura verduga del dragón acababa convertirse en su mujer.
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La huida y el dragón herido
Corría sin mirar atrás, con el corazón golpeándole tan fuerte que temía que él pudiera oírlo incluso desde allí. Cada paso era una despedida, cada respiración una promesa de no volver. No sabía hacia dónde iba, ni qué encontraría allá afuera, ni cómo sobreviviría con el embarazo y sin nada más que la ropa que llevaba puesta. Pero no importaba. Cualquier lugar, cualquier vida, era mejor que ser una posesión. Cruzó los jardines, pasó por detrás de los establos, buscó la puerta lateral que casi nadie vigilaba —la había visto una vez, cuando él la llevaba de su mano— y la encontró entreabierta, como si el destino mismo le estuviera abriendo el camino. Empujó con todas sus fuerzas y salió al exterior, al mundo amplio, libre y salvaje. El viento le golpeó el rostro, y por primera vez en mucho tiempo, no sentía frío ni miedo: sentía libertad. Empezó a caminar rápido, luego a correr, alejándose cada vez más de las torres oscuras que se alzaban detrás suyo, perdiéndose entre los árboles y el camino que bajaba hacia el valle. No se detuvo. No descansó. Sabía que cada minuto era oro, que su única ventaja era el tiempo que él tardara en reponerse.
Mientras tanto, en el jardín, Serafín seguía apoyado contra la pared de piedra, sin poder incorporarse. El golpe le había arrancado el aire, y el sabor metálico de la sangre llenaba su boca. Se pasó el dorso de la mano por los labios, miró la mancha roja y frunció el ceño, no de dolor, sino de absoluta perplejidad. Se llevó una mano al pecho, donde el impacto lo había alcanzado, y sintió una punzada que le recordó que no era invencible, que nada lo era. Sacudió la cabeza lentamente, sin poder creer lo que acababa de ocurrir.
—¿Cómo… cómo pudo hacerme esto? —murmuró, con la voz aún ronca por el golpe—. ¿Esa chica… esa humana… me lanzó cinco metros contra un muro?
Intentó levantarse y las piernas le fallaron por un instante. Apoyó la espalda contra la piedra y respiró hondo, cerrando los ojos, recomponiendo su fuerza poco a poco. La confusión dio paso primero a la incredulidad, luego a una molestia creciente, y finalmente a esa rabia ardiente que siempre lo consumía cuando las cosas no salían como él quería.
—¿Cómo pudo herirme? —repitió, esta vez con más fuerza, con un tono que denotaba una ofensa profunda—. Soy un dragón. Soy el señor del fuego. Nadie… nadie me pone una mano encima y sale ilesa. Y ella… ella no solo me golpeó… me lanzó. Me hizo sangrar.
Abrió los ojos de golpe y miró el lugar donde ella había estado. Ya no estaba. El jardín estaba vacío. La puerta lateral, antes cerrada, ahora se mecía levemente con el viento. Comprendió en ese instante. Había huido. Aprovechó su debilidad, su momento de asombro, y se fue. Y lo peor… lo peor de todo no era que se hubiera ido. Era que ella había sido capaz de hacerle daño. De verdad. No era un juego, no era un golpe de niña. Esa fuerza que salió de sus manos era real, poderosa, antigua… y él no la había visto venir.
—Se fue —dijo, y la palabra sonó como una maldición—. Y yo aquí, sentado, sin poder moverme, dándole tiempo. Tiempo para alejarse.
Por fin logró ponerse de pie, aunque le dolía todo el cuerpo. Se tambaleó levemente, se apoyó un instante en la pared y luego enderezó la espalda con esfuerzo. Su mirada, antes solo arrogante, ahora ardía con algo más intenso: indignación, asombro, y una determinación feroz.
—¿Cree que porque me golpeó y se fue ya está a salvo? —soltó al aire, con voz cortante, furiosa, pero también con una admiración que se negaba a admitir—. Qué ingenua. No importa cuánto corras, Estrella. No importa qué tan lejos llegues. Yo te encontraré. Siempre te encuentro.
Caminó hacia la puerta que ella había dejado abierta, paso a paso, recuperando su fuerza a cada instante. Se tocó el labio sangrante otra vez y sonrió, una sonrisa afilada, mitad enfado, mitad fascinación.
—Pero te concedo algo —murmuró mientras miraba el camino que ella tomó—. Lo hiciste bien. Muy bien. Elegiste el momento exacto, usaste algo que ni tú sabías que tenías, y corriste sin dudar. Fue un escape casi perfecto. Casi.
Salió al exterior, alzando la vista hacia el horizonte, donde el sol empezaba a ocultarse y el rastro de ella se desvanecía entre los árboles.
—Disfruta esta hora, Estrella. Disfruta la libertad que tanto deseas. Porque cuando te encuentre… y te encontraré… tendremos mucho de qué hablar. Y esta vez, ya no podré decir que eres débil. Porque acabas de demostrarme que eres todo lo contrario.
Y con un movimiento de su mano, llamó a sus caballos, a su fuego, a todo lo que era suyo. La persecución apenas comenzaba. Pero esta vez, no era solo una caza: era la persecución de un dragón que acababa de descubrir que la mujer que amaba era mucho más poderosa de lo que jamás imaginó. Y eso… eso lo hacía todo mucho más peligroso. Y mucho más suyo.