Un año después de haber arrestado a Erik Cahill, el gran amor de su vida y un virtuoso falsificador de arte, la agente del FBI Jessica Fletcher vive consumida por la culpa y entregada al trabajo. Sin embargo, un audaz robo en un prestigioso banco de Washington D.C. deja como única pista billetes falsos marcados con la marca imperceptible de un dragón. Esta firma revela el peligroso regreso de la "Hermandad de los Dragones", el imperio criminal liderado por Isaac Cahill, el despiadado padre de Erik.
Para desmantelar la organización desde adentro, el FBI otorga a Erik la libertad condicional como consultor encubierto. Jessica es asignada a custodiarlo bajo una identidad falsa. Juntos viajan a San Petersburgo para adentrarse en la guarida del enemigo. Entre el peligro inminente, mentiras calculadas y un tenso reencuentro que revive viejas heridas, ambos deberán enfrentar el pasado para sobrevivir a una misión donde la justicia, la lealtad y el amor están en juego.
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CAPÍTULO V.
CAPÍTULO V.
Washington D.C
Oficina del FBI.
2:15 p.m.
El silencio reinaba la sala de operaciones.
Erik y el resto del equipo esperaban sentados alrededor de un escritorio por los documentos falsos.
El café se habia convertido en su fiel amigo, el agotamiento era evidente, pero no se podían permitir descansar. Cada minuto contaba para que la mision fuera exitosa.
Jessica había estado ensayando su papel como Julia Hastings. Intentaba recordar algunos detalles. Julia era elegante, fina, culta. Siempre observando por encima del hombro como si el mundo le perteneciera. En resumen: Julia Hastings era la versión femenina de Erik.
Cahill la observaba ensayar desde su lugar mientras negaba con su cabeza.
—Mal. —Corrigió. —Caminas insegura. Te preocupas demasiado por el entorno. Julia era todo lo contrario.
Jessica suspiro, frustrada.
—¿Por qué demonios no funciona? —preguntó.
Erik se puso de pie.
Se acerco a ella y le ofreció su brazo.
—Intentémoslo otra vez. —Dijo.
Jessica lo miró con duda. Luego acepto tomar su brazo.
Erik comenzó a caminar por la sala con soltura, con elegancia. Jessica, a su lado, comenzó a seguir sus pasos. Erik giró la cabeza apenas para encontrarse con su mirada. Ella levantó la vista y se perdió en el azul de sus ojos. Por un momento regresó a aquella noche en Viena, cuando ambos se infiltraron en el Palacio Belvedere.
Durante unos segundos caminaron exactamente al mismo ritmo, como si jamás hubieran dejado de hacerlo.
Fue en ese momento cuando Thomas Reed interrumpió el momento.
—Aquí están los pasaportes. —Dijo, dejándolos sobre la mesa.
Erik se alejó de Jessica y se acercó a él.
—Hechos por la mejor unidad de documentos del FBI. —Dijo con satisfacción.
Erik lo miró arqueando una ceja.
Tomo el primer pasaporte.
Lo abrió durante cinco segundos y lo dejó en la mesa.
Tomó otro. Lo hojeó y nuevamente lo dejó en la mesa.
Hizo un breve silencio.
Apoyo sus manos sobre la mesa y levantando la vista, se dirigió al grupo.
—Mi padre descubriría que son falsos en menos de cinco minutos.
Thomas rió.
—Eso es imposible.
—Tienes razón. —Dijo. —Lo descubriría en menos tiempo.
Silencio.
—¿Por qué? —pregunta Hammer.
—¿Por donde empiezo? —preguntó Erik.
Inhalo. Tomo un pasaporte y comenzó a señalar los errores.
—El laminado refleja demasiado, la tinta ultravioleta tiene un tono incorrecto, el sello migratorio está dos milímetros desplazado, la tipografía pertenece a una emisión de hace tres años. —Hizo un breve silencio y luego continuó. —El desgaste es artificial y nadie lleva un pasaporte nuevo después de viajar quince países.
Todos quedan callados.
Jessica lo mira fascinada.
Mark divertido.
Thomas, molesto.
Hammer sorprendido.
—No son malos. Son perfectos… para engañar a un funcionario de migraciones. No para engañar a Isaac Cahill.
Hammer asintió.
—Bueno… Pediré que los reimpriman.
Erik negó.
—Yo lo haré.
—¿Puedes hacerlo? —preguntó Hammer.
Erik lo mira.
—Lo hago desde los quince años. Créame. Sé cómo se ve un documento perfecto.
Hammer dudó por un momento.
Thomas explota.
—¿Está hablando en serio? ¡Va a darle documentos falsos a un criminal!
Hammer mira a Jessica. Esperando que ella le ayude a decidir. Jessica responde sin mirar a Erik.
—Si alguien puede hacer que Isaac los crea auténticos… es él.
Mike asintió.
—Está bien. —Dijo. —Solo quiero dejar una cosa en claro.
Hizo un breve silencio.
—Si tengo que elegir entre él y tú… Te salvaré a ti.
Y sin más, abandono la sala.
Durante unos minutos solo hubo silencio.
Finalmente Erik le pidió a Reynolds que lo lleve a la unidad que se encargó de los documentos, para comenzar a trabajar.
En la unidad de falsificación, todos observaban trabajar a Erik.
—¿Es aquí donde imprimen? —preguntó, observando el lugar.
Uno de los técnicos asintió.
—Primer error. ¿Hay algún espacio que se asemeje a un cuarto oscuro?
Los técnicos se miraron entre ellos.
—Algo como un laboratorio de fotografía.
—El cuarto donde almacenamos los materiales. —Respondió uno.
—Es perfecto. —Dijo. —Necesito una mesa.
Erik observó el cuarto y movió una mesa dentro de él.
—Esta sirve.
Los hombres se movieron para cumplir con el pedido del ladrón.
Una vez dentro del cuarto, todos se pararon alrededor de la mesa para observar el procedimiento.
—Esta es la tinta que usamos —Comenta uno de los técnicos entregándole un frasco.
Erik levanta el frasco y lo observa.
—Por eso los descubren. —Responde.
Se hizo un breve silencio.
—¿Cuál usarías tu? —preguntó otro.
—La correcta. —Respondió.
Tomó algunos frascos de tinta de un armario y comenzó a mezclarlas en un envase vacío, mientras les explicaba a detalle.
Jessica lo observaba con atención.
Mark se acercó a él y preguntó:
—¿Cómo sabes todo esto?
—Creo que te olvidas con quien estás hablando. —Murmuró Erik.
Mark sonrió.
—Lo sé… Quiero decir… ¿Quién te enseño?
Erik hizo silencio. Continuó trabajando y luego respondió.
—Mi madre.
No dijo nada más, continuó trabajando hasta lograr lo que esperaba.
Cuando obtuvo el resultado final, se los enseñó al resto.
—¿Ahora notan la diferencia? —preguntó.
Los técnicos asintieron, admirados.
En menos de dos horas, los agentes tenían documentos, pasaportes y certificados falsos que parecían totalmente auténticos.
Erik se encargó de corregir la tipografía, el laminado, los sellos, el desgaste…
Cuando se los llevó al Director personalmente para mostrárselos, Mike solo sintió admiración. El trabajo era impecable.
Hammer sostiene el nuevo pasaporte y lo compara con el anterior. No encuentra diferencias.
Levantó la vista y miró a Erik.
—Ahora sí me preocupa Isaac.
Silencio.
—A mí también. —Respondió Erik.