Ella renace en un mundo mágico, pero no cambia su forma de ver la vida, sigue siendo ella buscando la felicidad en pequeños detalles.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Palacio 2
Después del banquete, Alana sintió que necesitaba caminar.
Había comido bastante.
Había conversado con varias personas.
Había sonreído tantas veces que comenzaba a dolerle un poco la cara.
Y, sobre todo, había pasado demasiado tiempo sentada.
Así que, cuando la música comenzó nuevamente y los invitados se dispersaron por diferentes sectores del palacio, Alana se acercó a sus padres.
—Voy a recorrer un poco.
Su madre levantó la mirada.
—¿Sola?
—Sí.
El barón Norton observó alrededor.
Había guardias por todas partes.
Sirvientes.
Nobles.
Personal del palacio.
La seguridad era mucho más estricta que en cualquier mansión que Alana hubiera visitado.
—Está bien. No te alejes demasiado.
—No lo haré.
—Y si necesitas algo, busca a un guardia.
—Sí, papá.
Alana sonrió.
—Volveré pronto.
Sus padres asintieron.
No parecía haber ningún motivo para preocuparse.
El palacio estaba perfectamente vigilado.
Así que Alana comenzó a caminar.
Primero recorrió algunos pasillos.
Después encontró una galería enorme.
Luego una terraza.
Y finalmente llegó a una de las salidas que conducían hacia los jardines.
Alana se detuvo.
Sus ojos se abrieron lentamente.
—Guau...
El jardín era todavía más hermoso de noche.
Las luces del palacio iluminaban los caminos.
Los árboles estaban perfectamente cuidados.
Las fuentes reflejaban la luz de las lámparas.
Y las flores...
Las flores eran extraordinarias.
Pero había algo que llamó especialmente su atención.
Negro.
Y amarillo.
Una combinación que había visto desde que llegó.
Las flores negras eran especialmente llamativas.
Alana se acercó a una de ellas.
La observó con curiosidad.
—¿Será magia?
Tocó suavemente uno de los pétalos.
Era real.
No estaba pintado.
No parecía teñido.
La flor era naturalmente negra.
Alana inclinó la cabeza.
[¿Habrá alguien con magia de plantas que haga esto?]
La idea le pareció fascinante.
Ella apenas estaba aprendiendo a cambiar los colores de las flores.
Y allí había todo un jardín lleno de flores que parecían diseñadas específicamente para combinar con el palacio.
Alana comenzó a caminar lentamente.
Y, mientras lo hacía, su mente comenzó a viajar.
Pensó en su primera vida.
En su infancia.
En aquellos años difíciles.
En las cosas que había deseado y que nunca pudo tener.
Pensó en crecer teniendo que aprender demasiado pronto que el dinero no alcanzaba para todo.
Pensó en su primer sueldo.
En las cuentas.
En las deudas.
En aquella sensación constante de tener que calcular si podía permitirse algo.
Después recordó cuando finalmente había podido pagar terapia.
[La salud mental es importante.]
Hizo una pequeña pausa.
[La salud mental también es cara.]
Se le escapó una risita.
Continuó caminando.
Pensó en todas las cosas que había comprado después.
La agenda rosa.
Los bolígrafos con brillantina.
Las libretas.
Las pequeñas cosas que probablemente no necesitaba.
Pero que había querido durante años.
[En mi defensa, eran muy bonitas.]
Sonrió.
Después recordó aquel día.
La tienda.
El cuaderno rosa.
La brillantina.
Su carrera.
El automóvil.
El árbol.
Alana soltó una carcajada.
—¡Todavía no puedo creer que haya muerto por un árbol!
Una pareja de flores cercanas se movió ligeramente con el viento.
Alana continuó caminando.
—Pasé años tratando de mejorar mi vida...
Miró las flores.
—Y terminé aplastada por un árbol.
Negó con la cabeza.
—Definitivamente tenía que ser una muerte ridícula.
Siguió avanzando.
Ya no sentía tristeza.
Era extraño.
Recordar su primera vida ya no le producía aquel dolor profundo que alguna vez había sentido.
Ahora podía recordar aquellas cosas...
Y reír.
Porque aquella vida había terminado.
Y esta...
Esta era diferente.
Muy diferente.
Ahora tenía padres que la querían.
Una casa enorme.
Personas que la cuidaban.
Un jardín.
Magia.
Y un vestido rosa que probablemente costaba más que todas las cosas que había comprado juntas durante algunos años de su primera vida.
Alana volvió a reír.
—Qué vida tan extraña.
Y siguió caminando.
No se dio cuenta de lo que estaba haciendo.
Su mano se movía suavemente mientras caminaba.
Sus dedos hacían pequeños movimientos casi inconscientes.
Y las flores respondían.
Una flor negra comenzó a cambiar.
Primero apareció una pequeña línea rosada en uno de sus pétalos.
Después otra.
Y otra.
Hasta que el negro desapareció por completo.
La flor quedó de un delicado rosa.
Alana continuó caminando.
Sin mirar atrás.
Otra flor cambió.
Después otra.
Y otra.
Algunas flores amarillas comenzaron a adquirir tonos rosados.
Primero pálidos.
Después más intensos.
Alana caminaba tranquilamente por el sendero.
Su vestido rosado se movía con cada paso.
Sus largos guantes brillaban bajo la luz.
Y detrás de ella...
El jardín comenzaba a cambiar.
No porque estuviera intentando hacerlo.
No porque hubiera decidido decorar el palacio.
Ni siquiera porque estuviera pensando en su magia.
Simplemente estaba caminando.
Era como cuando, en su primera vida, hablaba por teléfono y comenzaba a dibujar cualquier cosa sobre una hoja sin darse cuenta.
Una estrella.
Una flor.
Una espiral.
Un garabato.
No pensaba en lo que hacía.
Simplemente movía la mano.
Ahora hacía lo mismo.
Solo que en lugar de dibujar...
Usaba magia.
Una flor negra se volvió rosada.
Después otra.
Después otra.
Alana seguía pensando en su antigua vida.
[Qué raro.]
[En aquella época me preocupaba por comprar una libreta de cinco dólares.]
Una flor amarilla se volvió rosa.
[¿Y ahora estoy caminando por un palacio?]
Otra flor.
Rosa.
[Con un vestido que probablemente cuesta una fortuna.]
Otra.
Rosa.
[Con magia.]
Otra.
Rosa.
Alana sonrió.
—La vida realmente tiene un sentido del humor extraño.
Continuó caminando.
Y, poco a poco, el sendero detrás de ella dejó de tener los colores originales.
Las flores negras y amarillas comenzaron a mezclarse con tonos rosados.
Algunas tenían pétalos completamente rosados.
Otras conservaban pequeñas partes negras o amarillas.
Algunas incluso habían adquirido un hermoso degradado.
Pero Alana no lo sabía.
No se había dado cuenta de nada.
Solo caminaba.
Pensaba.
Y dejaba que su magia hiciera lo que quisiera.
Hasta que finalmente se detuvo.
Respiró profundamente.
Miró el cielo nocturno.
—Qué bonito...
Una pequeña flor cercana se abrió completamente.
Era rosa.
Alana sonrió.
Y continuó su paseo.
Sin saber que, a varios metros detrás de ella, el jardín real acababa de sufrir una transformación que probablemente nadie en la historia del reino había provocado jamás.
Y lo más gracioso...
Era que Alana ni siquiera lo había hecho conscientemente.
Desde ahora debes de vijilarla más 😏🤣