⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.
Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.
Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.
Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.
Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.
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Lecciones de obediencia
El cuerpo de Liam temblaba por completo bajo mis manos, con los músculos de las piernas y el abdomen tensos como cuerdas de acero a punto de romperse. La promesa de lo que había dejado caer sobre la mesa del estudio -la remota, tentadora y prohibida posibilidad de ceder al fin al sexo anal- lo tenía completamente atrapado en un estado de necesidad furiosa y desesperada. Estaba al límite absoluto, con la respiración cortada y los ojos fijos en mí, rogando en silencio por el empujón final.
Y por supuesto, no iba a dárselo tan fácil.
-¿Te duele estar al borde y no poder caer, Black? -murmuré con una sonrisa sutil y calculadora, deslizándome hacia arriba por el suelo del estudio hasta quedar de rodillas frente a su rostro.
Liam emitió un gruñido gutural, un sonido cargado de frustración y rabia contenida, mientras sus manos se cerraban con tanta fuerza alrededor de los cojines del sofá que los nudillos se le pusieron blancos.
-Eres una maldita sádica, Zoé... -masculló entre dientes, con la voz rota y los labios entreabiertos buscando desesperadamente aire-. Me vas a volver loco.
-Ese es exactamente el objetivo, cariño -le reté, rozando mis labios contra los suyos con una lentitud exasperante, negándome a darle la mordida que tanto ansiaba.
En lugar de eso, cambié las reglas del juego. Me levanté con total parsimonia, ignorando las protestas ahogadas que salieron de su garganta, y lo obligué a sentarse completamente erguido en el borde del sofá de cuero, con las piernas abiertas.
-Si quieres ganarte el derecho a reclamar tu premio al final de la semana, vas a aprender a obedecer sin tocarme con las manos -le ordené, adoptando una postura de autoridad absoluta que lo dejó momentáneamente desconcertado-. Manos atrás, sobre el respaldo. Ahora.
Por un segundo, la resistencia natural de Liam -su necesidad visceral de dominar, de aferrarme, de controlar cada centímetro de la situación- luchó contra la correa invisible que acababa de ponerle con mi promesa. Pero la intensidad del deseo, combinada con la locura de saber lo que estaba en juego, terminó por doblegarlo. Con una mueca de pura incredulidad y una sonrisa torcida que reconocía su derrota temporal, echó hacia atrás los brazos y apoyó las palmas abiertas contra el respaldo del sofá.
-Juegas con fuego, nena -me advirtió con la voz ronca, destilando una tensión sexual tan densa que se podía cortar con un cuchillo-. Más te vale saber apagarlo después.
Me acerqué lentamente a su cuerpo, disfrutando de verlo completamente expuesto, a mi merced, incapaz de usar las manos para detenerme o guiarme. Pasé las palmas de mis manos desde sus rodillas firmes, subiendo despacio por la línea interna de sus muslos, sintiendo cómo su piel ardía y cómo un nuevo estremecimiento recorría su estructura ante la falta absoluta de contacto por su parte.
-Observa y aprende, Black -le susurré al oído, antes de inclinarme y empezar a jugar con él usando solo el calor de mi aliento y roces milimétricos, negándole a propósito el contacto que tanto suplicaba, dispuesta a destrozarle la razón hasta que cayera rendido sin tocarlo con las manos.
El contraste entre su rigidez forzada y el caos que ardía en sus ojos era una obra de arte retorcida. Tenía las manos aferradas al respaldo del sofá con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto translúcidos, un recordatorio físico de su castigo: prohibido tocarme, prohibido reclamar el control. Solo le quedaba rendirse y dejar que mis reglas lo destrozaran por dentro.
Jugué con él al límite de la crueldad. Alterné la fricción firme con una lentitud exasperante, rozando la piel caliente con la comisura de los labios, simulando acercarme al punto de no retorno solo para retroceder en el último segundo y escuchar cómo se le cortaba la respiración. Su pecho subía y bajaba con una violencia febril, y las palabras que intentaba articular se quedaban atrapadas en su garganta, convertidas en gruñidos guturales y súplicas mudas que su orgullo le impedía pronunciar en voz alta.
-¿Te gusta la vista, Black? -murmuré contra su piel, deteniéndome un instante para mirarlo desde abajo, con una sonrisa de triunfo absoluto pintada en los labios-. ¿O prefieres romper tu propia regla y suplicarme como un buen chico?
-Eres una... maldita... -logró exhalar entre dientes, con las venas del cuello marcadas por la tensión y las pupilas completamente dilatadas por el éxtasis y la frustración-. Haz lo que quieras conmigo, carajo... hazlo ya.
Ese fue su error, o tal vez su mejor acierto. Darme el control total sin condiciones.
Aprovechando que sus manos seguían inmovilizadas atrás y que él estaba al límite del colapso, cambié de estrategia por completo. Dejé los movimientos repetitivos de la felación y lo sometí a una tortura de contrastes: alterné succiones profundas y cálidas dentro de mi boca con roces rápidos y un estímulo preciso en la base con los labios y la lengua, jugando con los cambios de temperatura y velocidad hasta cortocircuitarle los nervios y obligarlo a estallar sin que pudiera usar las manos para tocarme.
El efecto fue instantáneo y devastador.
Liam dio un respingo tan violento sobre el sofá que los cojines se deslizaron. Su cabeza cayó hacia atrás contra el respaldo de cuero, soltando un grito ahogado, crudo y desprovisto de cualquier fachada de rudeza.
-¡Zoé...! -rugió su nombre con desesperación, rompiendo por completo su propia regla de silencio, mientras sus caderas se arqueaban en el aire buscando una salvación que ya no controlaba.
No hubo una descarga tradicional. El clímax que lo atravesó en ese instante fue un colapso absoluto, un espasmo largo y tembloroso que lo dejó completamente vacío, con la respiración rota, los ojos perdidos en el techo del estudio y el cuerpo pesado, derrumbándose por fin contra los cojines como si le hubieran arrancado hasta el último gramo de resistencia.
Me incorporé despacio, saboreando en mis labios el rastros de su leche. Ahí frente a mí, contemplé mi obra maestra: el temible Liam Black, tirado y temblando como un desastre humeante a mis pies.
-Buen chico, Black -le susurré al oído, acariciándole la mejilla sudorosa con una fingida ternura mientras él seguía intentando recuperar el aliento-. Te acaban de dar una probadita del cielo... y todavía faltan cuatro días para que termine la semana.
El silencio en el estudio tras su colapso era denso, pesado y casi tangible, apenas roto por el sonido de su respiración intentando volver a un ritmo normal. Liam seguía recostado contra el respaldo del sofá, con las extremidades flojas y las palmas de las manos todavía apoyadas mecánicamente en la parte superior, como si el eco de mis reglas flotara invisible en el aire y no se atreviera a desobedecerlas todavía.
Me incliné un poco hacia él, apoyando una rodilla en el borde del cojín mientras le apartaba con delicadeza los mechones de cabello húmedo que se le habían pegado a la frente.
-¿Todavía tienes fuerzas para levantar cabeza, Black? -le susurré, con una sonrisa de suficiencia dibujada en los labios.
Liam abrió los ojos lentamente, con la mirada oscurecida y una mezcla de incredulidad y rendición absoluta brillando en el fondo. Lentamente, fue relajando los brazos, dejándolos caer a los lados de su cuerpo mientras exhalaba un suspiro largo, casi un gruñido de derrota.
-Eres una maldita pesadilla, Zoé... -murmuró con la voz ronca, intentando recuperar el aliento mientras extendía una mano temblorosa para rozar mi mejilla con una posesividad silenciosa-. Me vas a matar antes de que tus papás regresen del crucero.
-Tranquilo, que aún nos quedan varios días de aislamiento -le recordé, atrapando su mano contra mi rostro y besando la palma antes de ponerme de pie con total parsimonia-. Y más te vale ir recuperando el aliento, porque esto apenas es el comienzo de lo que te espera si quieres ganar tu premio.
Liam soltó una risa seca, una mezcla de fascinación y peligro puro, mientras se incorporaba despacio del sofá de cuero, con el cuerpo todavía sensible por la intensidad del orgasmo que le había arrancado.
-Te cobraré cada segundo de esto, nena -me prometió con una sonrisa oscura, atrayéndome de golpe hacia su cuerpo antes de que pudiera dar un paso atrás, sellando el final de nuestra sesión en el despacho con un beso hambriento, áspero y cargado de una promesa inevitable.