Cassidy Evans sabe arreglar casi cualquier cosa, excepto su propia vida. Entre un taller que apenas se sostiene, un padre que consume todo lo que toca y un futuro que parece decidido por otros, ha aprendido a confiar solo en sus manos, su ingenio y su hermano.
Adamo Greco nació para un mundo completamente distinto. Heredero de una familia mafiosa, peligroso, arrogante y demasiado acostumbrado a conseguir lo que quiere, llega a Idaho buscando algo que ni siquiera sabe nombrar.
Una Ducati averiada los pone frente a frente. Lo que comienza con provocaciones, discusiones y una atracción imposible de ignorar pronto se convierte en una obsesión capaz de arrastrarlos a ambos.
Cassidy no sabe quién es realmente Adamo.
Adamo sí sabe que debería mantenerse lejos de ella.
Pero hay adicciones que empiezan con una sola mirada… y terminan costándolo todo.
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No viniste por el hombro
Cassidy
Adamo está sentado en una silla de plástico frente a urgencias.
Tardo unos segundos en procesarlo.
No porque sea difícil reconocerlo.
Es difícil no reconocer a un hombre de casi dos metros, vestido completamente de negro, con un brazo sostenido contra el cuerpo y cara de no pertenecer en absoluto a un hospital de St. Anthony.
Luke también lo ve.
Reduce el paso.
Yo me detengo.
—¿Qué haces aquí?
Adamo levanta la cabeza.
Cuando me reconoce, algo parecido al alivio pasa por su cara.
Dura poco.
—Hola a ti también.
—Adamo.
Se pone de pie.
—Me dijiste que tenía que hacerme ver el hombro.
Lo miro a él y luego a su hombro, antes de volver a la expresión en su rostro.
—Mentira.
Levanta una ceja.
—¿Perdón?
—No viniste por el hombro.
—Cass…
—Hace una hora te estabas riendo mientras lo tenías prácticamente colgando. No me vengas ahora con que desarrollaste sentido común.
Luke nos mira.
Primero a él. Después a mí.
—¿Qué pasó con su hombro?
—Nada —decimos Adamo y yo al mismo tiempo.
Luke frunce el ceño.
—Eso sonó preocupante.
Adamo ignora la observación.
—Te fuiste corriendo —dice y entiendo—. Dijiste que había pasado algo con tu mamá —continúa—. Pensé que quizá era grave.
Se encoge de hombros.
O al menos lo intenta.
Hace una mueca cuando el movimiento le duele.
—Y tenía que venir a revisar esto de todas formas —miente.
—Ajá.
—Pasé.
—Ajá.
—No había nadie afuera y ya me iba.
—Claro.
Sus ojos grises se estrechan.
—¿Siempre eres tan desconfiada?
—Cuando alguien miente mal, sí.
—No estoy mintiendo.
—Estás omitiendo.
Algo se mueve en su boca. Una casi sonrisa.
—Eso es distinto.
No sé por qué esa respuesta me llama la atención.
No alcanzo a pensar demasiado.
Luke empieza a caminar hacia la habitación de mamá.
—Voy a verla.
Lo sigo con la mirada.
—Luke...
Se detiene.
—¿Qué?
Miro sus manos.
Los nudillos están hinchados.
Tiene dos pequeñas heridas abiertas.
Mierda.
—Voy contigo.
—No. —Su respuesta es inmediata—. Quiero hablar con ella primero.
Entiendo.
No me gusta. Pero entiendo.
—Está bien.
Luke mira a Adamo.
No parece encantado de dejarme con él, pero tampoco tiene energía para discutir.
—Cinco minutos.
Ruedo los ojos.
—No tengo doce años.
—Nunca dije que los tuvieras.
—Pero estás poniendo esa cara.
—Porque conozco tus decisiones.
Adamo tose para esconder una risa.
Lo fulmino con la mirada.
Luke se va y lo veo desaparecer por el pasillo.
—Tu hermano me da miedo —dice Adamo.
Lo miro.
—Hace unas horas te lanzaste de una duna y hoy Luke te da miedo.
—Son peligros distintos.
No puedo evitarlo.
Sonrío.
Solo un poco.
Y desaparece demasiado rápido.
Adamo lo nota.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Cass.
—No te conozco.
La frase sale más brusca de lo que quería.
Él guarda silencio.
Mierda.
—No quería decirlo así —me disculpo.
—No te disculpes por decir la verdad.
Lo miro.
No parece ofendido.
Solo... atento.
Eso es peor.
—Mi mamá se desmayó —digo finalmente. No sé por qué. Quizá porque eso no es secreto—. Está agotada. Trabaja demasiado. Llegó deshidratada, con la presión alta, dolor en el pecho...
Su expresión cambia.
—¿Está bien?
—Dicen que está estable.
—Eso es bueno.
—Sí.
No suena bueno cuando lo digo.
Adamo espera.
No pregunta nada más.
Y eso hace que continúe.
—Estaba moviendo cajas cuando se desmayó.
—¿Sola?
Asiento.
—¿Por qué?
Aprieto los labios.
—Porque sí.
No voy a explicárselo.
No voy a contarle que mi padre lleva años sentado mientras mi mamá se mata trabajando.
No voy a contarle lo de Luke.
No voy a hablar de una familia que ya me avergüenza suficientemente desde dentro.
Adamo parece entender que llegamos al límite.
—¿Y tu papá?
Mi cuerpo se tensa.
—No.
Frunce ligeramente el ceño.
—¿No qué?
—No vamos a hablar de él.
—Está bien.
No insiste.
No pregunta.
No intenta sacarme información.
Solamente se vuelve a sentar.
Yo hago lo mismo.
Pasan quizá dos minutos.
Tal vez tres.
Entonces escucho una voz.
La de mamá.
Alta.
Mucho más alta de lo normal.