Valentina Torres acaba de graduarse, tiene veintidós años y necesita encontrar dónde vivir antes de que termine el día. La última persona de quien espera recibir ayuda es Martín Herrera, su antiguo profesor de literatura… y el hombre del que lleva enamorada en secreto desde que entró a la universidad.
La solución parece sencilla: compartir temporalmente el departamento 302 y respetar cinco reglas pegadas en el refrigerador.
Nada de invadir el espacio del otro.
Nada de confundir la convivencia con algo más.
Y, sobre todo, nada de enamorarse.
El problema es que Martín recuerda cada uno de sus gustos, cocina para ella cuando está cansada y guarda silencios que dicen mucho más que sus palabras. Mientras Valentina intenta ocultar lo que siente, una caja de madera cerrada con llave demuestra que quizá ella no sea la única que lleva años esperando.
Entre rumores universitarios, cenas improvisadas, secretos familiares y sentimientos imposibles de contener, ambos descubrirán que compartir un hogar es fácil. Lo difícil será fingir que sus corazones no llegaron allí mucho antes que ellos.
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Capítulo 7
...Valentina...
El proyecto de tradiciones culturales iba a matarme. Pero no por el trabajo.
Lorena me había asignado coordinar la serie de actividades interactivas para las conferencias, lo cual significaba diseñar cuestionarios, planificar dinámicas grupales y preparar materiales visuales. Me encantaba. De verdad. Era creativo, era desafiante, era exactamente el tipo de trabajo que soñé hacer cuando estudiaba.
El problema era que el conferencista principal del proyecto era Martín Herrera Solís.
Y esa noche, en la sala del 302, con los materiales esparcidos sobre la mesa baja y dos tazas de té humeando entre nosotros, yo tenía que comportarme como una profesional.
—La dinámica del cuestionario tiene tres opciones para la última pregunta —dije, tratando de sonar competente—. Opción A: volver al trabajo y seguir con la rutina. Opción B: salir a tomar algo con amigos. Y necesitamos una Opción C que sea más… emocional. Que conecte con el público.
Él estaba sentado en el sofá, con las piernas cruzadas y un bolígrafo entre los dedos. Sin lentes. Con una camiseta gris oscuro que le marcaba los hombros de una forma que debería ser ilegal.
—Opción C —repitió, pensativo. Giró el bolígrafo despacio—. «Terminar un día agotador, abrir la puerta y ver a esa persona que te da paz.»
Me quedé helada.
Las palabras flotaron entre nosotros como hojas cayendo en cámara lenta. «Abrir la puerta y ver a esa persona que te da paz.»
¿Estaba hablando del cuestionario o de nosotros?
—Es… es buena —logré decir, anotándola con una letra que de pronto me temblaba—. Muy buena. Esa usamos.
—¿Tú qué opinas, Valentina?
Levanté la vista. Él me miraba con esos ojos castaños que nunca revelaban nada, pero que esta vez parecían contener una pregunta que no tenía que ver con ningún cuestionario.
—¿Sobre la opción C? —pregunté, aunque sabía perfectamente que no era eso lo que me estaba preguntando.
—Sobre qué se siente. Abrir la puerta y encontrar a alguien.
Mi corazón se saltó dos latidos. Tres. Posiblemente cuatro.
—Se siente… —tragué saliva—. Se siente como llegar a casa de verdad.
Él no respondió. Pero la esquina de su boca se curvó, apenas, y sus ojos se suavizaron de una forma que me hizo sentir como si alguien me hubiera envuelto en una manta tibia.
Seguimos trabajando. O al menos, yo fingí seguir trabajando mientras mi cerebro repetía en bucle «abrir la puerta y ver a esa persona que te da paz» como un mantra que no podía apagar.
En algún momento, sin darme cuenta, me llevé los dedos a la muñeca izquierda y me tomé el pulso. Era un gesto automático que adquirí en un curso básico de primeros auxilios: contar los latidos me obligaba a respirar despacio cuando me ponía nerviosa.
Mi pulso estaba acelerado. Rápido, como un pájaro atrapado.
—¿Estás bien? —La voz de Martín me sobresaltó.
Bajé la mano de golpe.
—¡Sí! Solo… estaba pensando.
—Te estabas tomando el pulso.
No era una pregunta. Era una observación. Precisa, como todo lo que él hacía.
—Es una costumbre —murmuré—. De un curso de primeros auxilios.
—Lo sé. —Se inclinó para servir más té en mi taza. El vapor subió entre nosotros—. Noté que lo haces cuando estás nerviosa. Te tocas la muñeca izquierda con los dedos índice y medio, en el punto exacto de la arteria radial.
Me paralicé. ¿Cuándo había notado eso? ¿Cuántas veces me había observado sin que yo lo supiera?
—Profesor… ¿usted se fija en todo?
Él colocó la tetera en la mesa con un movimiento suave.
—No en todo —dijo—. Solo en lo que importa.
Y luego cambió de tema, como si no acabara de decir la cosa más devastadora que alguien me había dicho jamás.
—La opción C necesita un complemento visual. ¿Puedes preparar una ilustración para el viernes?
—Sí. Sí, claro. —Mi voz sonaba normal. Mi corazón, no.
Terminamos a las once. Él recogió las tazas, las lavó sin hacer ruido y se giró hacia mí desde la cocina.
—Buenas noches, Valentina.
—Buenas noches, profesor.
Me metí en mi cuarto, cerré la puerta, me senté en la cama y me tomé el pulso otra vez.
Seguía igual de rápido.
La Opción C resonaba en mi cabeza como una campanada: «Abrir la puerta y ver a esa persona que te da paz.»
¿Era eso lo que Martín Herrera era para mí? ¿Mi persona que da paz?
No. Era mucho peor que eso.
Era la persona que me quitaba la paz y me la devolvía al mismo tiempo. La que me hacía temblar con una frase y me calmaba con un gesto. La que me miraba como si yo fuera la respuesta a una pregunta que llevaba años haciéndose.
Me acosté abrazando la almohada y miré el techo.
«¿Qué opinas tú, Valentina?»
¿Era una pregunta de trabajo, o una declaración disfrazada?
Con Martín Herrera, nunca se sabía. Y esa incertidumbre me estaba matando lentamente, de la forma más dulce posible.
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