Despreciada por su linaje de serpiente y desterrada por las intrigas de una hembra celosa, Serena despierta los recuerdos de su vida pasada como médica e ingeniera agroindustrial. En lugar de dejarse morir en el bosque peligroso, decide que el barro es el mejor aliado y la ingeniería su salvación. Al rescatar al general del Clan Águila, no solo se gana el corazón de un temible y tímido depredador, sino que inicia una revolución agrícola, médica y militar que cambiará el Continente de las Bestias para siempre, desafiando las tradiciones de la poligamia y demostrando que la inteligencia es el arma más letal de todas.
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CAPÍTULO 21
Las inmensas puertas de piedra blanca del Gran Nido, esculpidas directamente sobre la cresta de la Cumbre del Trueno, se abrieron de par en par con un retumbo de bronce que hizo eco por todo el valle.
Para la población del Clan Águila, la jornada no era una más. Rumores extravagantes habían circulado desde las primeras horas de la mañana: el legendario e e inquebrantable Príncipe General Aquiles —el guerrero más temido de las fronteras, incapaz de dedicarle una sonrisa a persona alguna en los últimos diez años— regresaba de su patrullaje trayendo consigo a la misteriosa "hembra serpiente" que, según los informes del consejo, purificaba el agua con magia terrenal y resucitaba plantas en la nieve.
Cientos de guerreros de los cielos, nobles vestidas con mantos de plumas de pavo real y curiosos de todas las edades abarrotaban las plataformas de aterrizaje y las balconadas de la capital. El aire olía a expectación y a una dosis no muy disimulada de escepticismo. ¿Una criatura de sangre fría en las cumbres sagradas? Muchos esperaban ver a un monstruo astuto o a una refugiada andrajosa pidiendo clemencia.
Un batir de alas colosal resonó sobre las nubes, seguido por una sombra dorada que cortó el viento con una gracia majestuosa.
Aquiles descendió sobre la Gran Plaza de la Concordia, realizando un aterrizaje impecable que levantó una ligera brisa entre la multitud. En sus brazos, envuelta en su propia capa de gala bordada en oro, llevaba a Serena.
Cuando el general posó suavemente los pies en el suelo, los cuchicheos de la multitud se congelaron de golpe.
Aquiles no dejó caer a Serena con torpeza ni la empujó a la vista pública. Con una delicadeza reverencial que dejó a los nobles con la boca abierta, se inclinó un poco para permitir que los pies de la joven tocaran las baldosas de mármol. Al mismo tiempo, deslizó su capa con lentitud hacia atrás, revelando a la invitada.
Serena no vestía galas reales, pero su sola presencia llenó la plaza.
A pesar de la falda sencilla y su top de lino, la joven serpiente se irguió con una postura impecable, serena e impositora, propia de alguien que dominaba tanto la ciencia médica como la dignidad personal. Bajo el sol radiante de la alta montaña, las pequeñas escamas perladas que adornaban sus pómulos y sienes captaron la luz, emitiendo un brillo nacarado, casi místico, que recordaba a las perlas del océano profundo. Sus ojos verdes escudriñaron la plaza con una lucidez brillante, sin un solo rasgo de miedo o vacilación.
La multitud ahogó un suspiro colectivo. No era un monstruo. Era una visión de gracia terrenal que contrastaba hermosamente con el orgulloso gigante que permanecía a su lado.
Aquiles, erguido a su máxima estatura de dos metros, desplegó levemente sus alas en una pose de protección instintiva. Sus ojos dorados barrían a la multitud con una advertencia implícita: *quien ose faltarle al respeto a esta hembra, conocerá la furia de los cielos*. Sin embargo, cada vez que miraba de reojo a Serena para comprobar si estaba cómoda, el rosa de sus orejas emplumadas traicionaba por completo su severa fachada militar.
En el centro de la explanada, flanqueado por la guardia de honor, esperaba el Gran Cacique Zephyros. El viejo líder vestía su manto de plumas plateadas y portaba el cetro de las alturas.
—En nombre del Gran Nido y de todos los pueblos del cielo —proclamó la voz atronadora de Zephyros, retumbando en la plaza mientras daba tres pasos al frente—, te damos la bienvenida, Serena de la Tribu Serpiente. Las historias de tus actos han llegado antes que tú. El Clan Águila te recibe como su Invitada de Honor.
Los trompeteros reales hicieron sonar los cuernos de hueso de dragón, ofreciendo un saludo de estado reservado únicamente para reyes y diplomáticos de alto rango.
Serena inclinó la cabeza con una cortesía elegante pero sobria, regalándole al viejo líder una sonrisa educada.
—Agradezco el recibimiento, Cacique Zephyros —respondió Serena con voz clara y firme, accesible para todos los presentes—. Es un honor conocer la mítica fortaleza de los cielos.
Aquiles hinchó el pecho de orgullo al ver la elegancia con la que su hembra dominaba la escena diplomática. Se acercó un paso más a ella y le susurró al oído con voz ronca y llena de devoción:
—¿Te gusta la fortaleza, Serena? Es el esfuerzo de siglos de nuestros arquitectos. Se dice que es invencible e inigualable.
Serena ladeó la cabeza, elevando la vista hacia la imponente arquitectura del Gran Nido. Observó las gigantescas estructuras de piedra blanca incrustadas en la montaña, los pasillos abiertos al abismo, las columnas masivas y los tejados puntiagudos.
Su mente médica y de ingeniera agroindustrial realizó una escudriñamiento estructural e higiénico en menos de diez segundos.
La sonrisa diplomática de Serena se desvaneció, reemplazada por una expresión de profundo shock profesional y horror técnico.
—¿Invencible? —preguntó Serena en un tono que, aunque no era un grito, resonó con una claridad aplastante en el silencio respetuoso de la plaza—. Esto no es invencible, Aquiles. Esto es un desastre higiénico y un desperdicio nefasto de espacio vertical.
Un murmullo de pánico colectivo recorrió a los ancianos del consejo y a los arquitectos reales, quienes se llevaron las manos a las plumas de la cabeza en señal de agravio.
—¿P-Perdón? —preguntó Zephyros, parpadeando con la boca abierta y perdiendo por completo la compostura de cacique supremo.
Serena comenzó a caminar por el centro de la plaza, señalando con su dedo puntero las diferentes estructuras mientras los miembros del consejo militar la seguían como polluelos desorientados.
—Para empezar —comenzó Serena, usando su tono de jefa de hospital regañando a residentes de primer año—, el diseño de estas torres maximiza la resistencia al viento, sí, pero ignora por completo la termodinámica elemental. Esos pasillos abiertos crean corrientes de aire helado que deben aumentar los casos de hipotermia y neumonía infantil en un trescientos por ciento durante el invierno. ¿Acaso no conocen los conceptos de aislamiento térmico o muros de retención de calor?
Los arquitectos se miraron entre sí, garabateando torpemente en sus tablillas de piedra.
—Y eso no es lo peor —continuó Serena, deteniéndose ante la majestuosa escalinata del palacio principal y señalando un canal de agua de piedra pulida que bordeaba la plaza—. Ese canal trae agua de los glaciares superiores, correcto. Pero pasa directamente al lado de los establos de las bestias de vuelo antes de llegar a las cisternas de agua potable de la población. ¡Están mezclando los efluentes orgánicos con el suministro de consumo humano! Biológicamente hablando, esta fortaleza no necesita ser atacada por un ejército enemigo; basta con que un virus entérico entre por la tubería para que la mitad del clan termine con disentería grave en cuarenta y ocho horas.
El Mariscal de Campo del ejército se puso pálido como el papel.
—¡Y por las diosas de la tierra, miren estas paredes verticales! —exclamó Serena, tocando la piedra fría de la montaña—. Tienen laderas enteras expuestas al sol del mediodía con un ángulo perfecto de cuarenta y cinco grados, ¿y lo único que construyen sobre ellas son balcones para posarse a mirar el horizonte? Es un desperdicio nefasto de espacio. Aquí podríamos construir terrazas de cultivo escalonadas que alimentarían a tres generaciones sin depender de la caza en el bosque.
La plaza entera se sumió en un silencio sísmico. Los ancianos del consejo, los generales de división y el propio Cacique Zephyros se quedaron petrificados, mirando a la joven serpiente que acababa de desmantelar el orgullo arquitectónico de un imperio en menos de dos minutos.
Aquiles, parado justo detrás de ella, observaba la escena. Ver a la mujer que ama, dominar a todo el alto mando militar únicamente con la fuerza de su intelecto, su valentía y su lógica aplastante provocó una erupción de orgullo y devoción en el pecho del general.
Lejos de molestarse por las críticas a su castillo, Aquiles la miraba con una expresión tan absurdamente enamorada que parecía que de sus ojos dorados iban a brotar corazones literales. Sus alas doradas se esponjaron con un suave temblor de cortejo y sus orejitas de plumas se tiñeron de un rojo tan intenso que casi brillaba en la sombra del palacio.
—Es increíble... —susurró Aquiles para sí mismo, con la boca levemente abierta y una sonrisa bobalicona en el rostro—. Simplemente perfecta.
Zephyros, tras recuperarse del impacto inicial, miró a su hijo y luego a Serena. Una risa corta y divertida se le escapó al viejo cacique al notar la fascinación absoluta de Aquiles.
—Bueno... —dijo Zephyros, aclarando su garganta con cierta ironía—. Parece que nuestra 'Invitada de Honor' no ha venido a halagar nuestras piedras, sino a salvarnos de nuestra propia ignorancia. Mentora Serena... ya que ha diagnosticado tan severamente nuestro hogar, ¿asumirá la responsabilidad de enseñarnos a arreglarlo?
Serena se giró hacia el cacique, cruzándose de brazos y recuperando su sonrisa dulce pero implacable.
—Por supuesto que sí, mi Señor. Pero les advierto algo desde ahora a todos los presentes —dijo, mirando fijamente a los fornidos guerreros que le doblaban el tamaño—: en mi territorio de trabajo, el agua se hierve, las manos se lavan con jabón de ceniza y los planos se respetan. El que no cumpla con las normas de higiene y desarrollo, se las verá conmigo.
Un temblor colectivo recorrió a los rudos oficiales del ejército, quienes asintieron con la cabeza de forma sumisa, extrañamente aterrorizados por el aura de autoridad de la joven serpiente.
Aquiles dio un paso al frente, colocándose al lado de Serena y entrelazando sus largos dedos con los de ella frente a toda la corte.
—Las órdenes de la Mentora Serena son órdenes del mando supremo —declaró el general con voz de trueno, aunque sus orejas rojas delataban la inmensa felicidad que le causaba sostener su mano en público—. Quien le desobedezca, responderá ante mi lanza.
Serena miró de reojo a su devoto general, sintiendo cómo el calor del rubor le subía nuevamente por las mejillas ante el gesto público de afecto. Le dio un apretón cariñoso a la mano de Aquiles, inclinándose levemente hacia él.
—Gracias, pajarito —susurró ella con dulzura traviesa—. Aunque con un par de regaños míos suele bastar para ponerlos a marchar.
Con una mezcla de pánico arquitectónico, admiración científica y un romance que florecía a la vista de todo un imperio, la llegada de Serena a las alturas marcaba el inicio oficial de la Revolución Verde en el Gran Nido del Clan Águila.