Despreciada por su linaje de serpiente y desterrada por las intrigas de una hembra celosa, Serena despierta los recuerdos de su vida pasada como médica e ingeniera agroindustrial. En lugar de dejarse morir en el bosque peligroso, decide que el barro es el mejor aliado y la ingeniería su salvación. Al rescatar al general del Clan Águila, no solo se gana el corazón de un temible y tímido depredador, sino que inicia una revolución agrícola, médica y militar que cambiará el Continente de las Bestias para siempre, desafiando las tradiciones de la poligamia y demostrando que la inteligencia es el arma más letal de todas.
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CAPÍTULO 5
La mañana del quinto día en el Bosque de la Niebla de Sangre se presentaba con una humedad densa, casi palpable, que envolvía los troncos de los árboles como jirones de gasa grisácea. Serena, sin embargo, se sentía de un humor excelente. Su nuevo atuendo de fibra de ortiga muerta y lino silvestre era una maravilla de la comodidad; la tela, suave y elástica, acariciaba su piel sin provocarle una sola rozadura, dándole una libertad de movimiento que casi la hacía olvidar que estaba desterrada en el lugar más hostil del continente.
Con un contenedor de bambú limpio bajo el brazo y una azada rudimentaria tallada a partir de una rama de madera dura, Serena se alejó un poco más de su cueva en busca de fuentes de carbohidratos. Su ojo de ingeniera agroindustrial escaneaba el suelo del bosque con meticulosidad científica.
—A ver... hojas de forma sagitada, crecimiento en enredadera, suelo húmedo y suelto... —murmuraba para sí misma, hincando la azada de madera en la base de una planta—. ¡Bingo! Dioscorea silvatica. O lo que en mi otra vida llamaríamos un ñame silvestre. Almidón puro, nene. Hoy se cena puré.
Con una sonrisa de victoria, Serena comenzó a desenterrar el tubérculo, maravillada por el tamaño y la calidad del suelo del bosque. A pesar de los mitos terroríficos que los guerreros del Clan del Tigre contaban sobre este lugar para justificar el destierro, la realidad biológica era que el ecosistema era increíblemente rico y fértil. Era un paraíso virgen esperando a alguien con el cerebro suficiente para explotarlo sin destruirlo.
Estaba sacudiendo la tierra de su tercer ñame cuando la paz del bosque se hizo añicos de golpe.
¡BOOM!
Un estruendo ensordecedor, similar al impacto de un rayo o a la colisión de un meteorito, sacudió la tierra bajo sus pies. La onda expansiva fue tan fuerte que una lluvia de hojas secas, ramas y musgo cayó de las copas de los árboles colosales. El suelo vibró, y una bandada de aves gigantes de plumaje oscuro despegó en desbandada hacia el cielo, emitiendo graznidos de terror.
Serena perdió el equilibrio por un segundo y tuvo que apoyar una mano en el suelo para no caer de bruces.
—¡¿Pero qué demonios?! —exclamó, sintiendo el corazón acelerársele en el pecho—. Eso no ha sido un trueno. Ha sonado demasiado cerca.
El instinto de supervivencia le decía que corriera en dirección contraria y se atrincherara en su cueva con el filtro de agua y su horno de barro. Sin embargo, su curiosidad científica y médica fue más fuerte. Además, si un peligro inminente se había estrellado cerca de su zona residencial, necesitaba saber exactamente a qué se enfrentaba.
Asegurando su falda pantalón, Serena avanzó a paso rápido pero cauteloso hacia el origen del estruendo, esquivando los helechos gigantes y usando los troncos más anchos como cobertura. El olor a quemado y a vegetación triturada comenzó a impregnar el aire.
A unos cien metros de su cueva, en un claro que solía estar cubierto de una densa alfombra de helechos y hojas caídas, Serena se detuvo en seco. Sus ojos verdes se abrieron de par en par.
Frente a ella se abría un enorme cráter de impacto, de unos seis metros de diámetro. Los arbustos circundantes habían sido aplastados como si un mazo gigante hubiera caído del cielo, y el suelo de tierra negra estaba completamente revuelto. Pero lo que realmente la dejó sin aliento fue lo que yacía en el centro del desastre.
Eran unas alas. Pero no unas alas cualquiera.
Eran las alas de un águila de proporciones colosales, tan grandes que cada una medía fácilmente tres metros de longitud. El plumaje era de un degradado imponente de marrones profundos y destellos dorados que brillaban apagados bajo la luz filtrada del bosque. Sin embargo, las plumas, que debían ser majestuosas, estaban desordenadas, rotas y manchadas de una alarmante cantidad de sangre fresca y oscura.
Serena tragó saliva y dio un paso adelante, descendiendo con cuidado por el borde del cráter.
A medida que se acercaba, la silueta completa del animal se hizo visible. No era un águila común; era un hombre bestia en su forma animal completa. El cuerpo del ave gigante era robusto y musculoso, pero permanecía completamente inmóvil, con el pecho subiendo y bajando en espasmos lentos y superficiales que delataban que apenas se aferraba a la vida.
—Madre mía... —susurró Serena, deteniéndose a un par de pasos del cuerpo colosal. El tamaño era verdaderamente intimidante. Se sintió diminuta al lado de semejante criatura—. Si hago caldo con esto, alimento a una provincia entera en mi antigua vida... Pero qué desperdicio de plumas tan bonitas.
Sacudió la cabeza para alejar el pensamiento cómico y absurdo, y su chip de médica de urgencias se activó al instante. Olvidó el miedo al tamaño y se arrodilló junto al pecho de la criatura para realizar una evaluación rápida de trauma.
El panorama era desastroso. Justo en el centro del pecho, entre las plumas desgarradas, presentaba una horrible herida penetrante de tres puntas, consistente con el ataque de una garra enorme o un arma de caza. Pero lo más preocupante no era la profundidad de la laceración, sino el líquido verdoso, denso y de un olor pestilente, similar a la carne podrida, que supuraba de los bordes inflamados de la herida.
Serena arrugó la nariz ante el olor nauseabundo y examinó la herida con un palo limpio.
—Esto no es una infección común —analizó en voz alta, frunciendo el ceño—. Este color verdoso y el olor... Es veneno de la Viuda del Bosque. Una neurotoxina necrosante extremadamente agresiva. Bloquea los canales de sodio en las membranas de las células musculares, provocando parálisis respiratoria y destruyendo el tejido circundante. Si no limpio esto y aplico un agente quelante o un inhibidor enzimático rápido, este pollo gigante va a sufrir un fallo multiorgánico en menos de veinticuatro horas.
Miró el rostro del águila. Su pico curvo y afilado estaba ligeramente abierto, y sus ojos dorados permanecían cerrados, ocultos tras unos párpados pesados. Incluso inconsciente, la criatura irradiaba un aura de orgullo y poder que Serena no había visto en ninguno de los guerreros del Clan del Tigre.
Su instinto médico y su juramento hipocrático no le permitían dar la vuelta y dejar que la naturaleza siguiera su curso, por muy peligroso que pudiera resultar el paciente una vez despierto.
—Muy bien, pajarito majestuoso —dijo Serena, dándole un suave golpecito en el ala—. Estás de suerte. De todo este maldito continente de salvajes ignorantes, has venido a estrellarte justo en el jardín de la única cirujana con conocimientos de bioquímica avanzada. Pero primero, tenemos que salir de aquí antes de que el olor de tu herida atraiga a los depredadores de verdad.
Mover un cuerpo que pesaba fácilmente el triple que ella en su forma humana era físicamente imposible. Serena miró sus brazos delgados y luego su falda pantalón funcional.
—Es hora de la actualización de hardware —declaró con una sonrisa decidida.
Desabrochó rápidamente los botones laterales de su falda pantalón, liberando sus piernas, y dejó que la calidez familiar del hormigueo recorriera su columna. En segundos, sus extremidades inferiores se fusionaron en su hermosa, fuerte y ágil cola de serpiente blanca perlada de tres metros de largo.
Aprovechando el bajo centro de gravedad y la increíble fuerza de tracción que le proporcionaba su forma de serpiente, Serena se deslizó hasta la cabeza del águila. Usando unas lianas gruesas y resistentes que arrancó de un árbol cercano, improvisó un arnés rudimentario alrededor del pecho del ave, cuidando de no presionar la herida abierta.
Sujetó el extremo de las lianas con ambas manos, apoyó la base de su cola perlada firmemente contra el suelo húmedo y comenzó a arrastrar al animal fuera del cráter.
—¡Argh! ¡Sí que pesas, gordo! —gruñó Serena, deslizando su cola en movimientos sinuosos y rítmicos mientras avanzaba pulgada a pulgada cuesta arriba hacia la cueva—. ¡Más te vale no morirte después de todo este trabajo de fuerza! Si te mueres, juro que te desplumo y me hago un edredón nórdico para el invierno.
La fuerza de tracción de su cola de serpiente era fenomenal, permitiéndole arrastrar la enorme masa del águila sobre la hojarasca del bosque. Sudando a mares y quejándose de la falta de camillas y de personal de enfermería en este mundo, Serena logró, tras lo que pareció una eternidad de esfuerzo físico, meter al colosal animal dentro de la seguridad y penumbra de su cueva.
Jadeando, se dejó caer sobre la pared de piedra, permitiendo que su cola volviera a transformarse en sus piernas humanas. Miró al enorme paciente que ahora ocupaba casi la mitad de su espacio vital.
—Muy bien, fase de traslado completada —dijo Serena, secándose el sudor de la frente con el antebrazo y mirando fijamente la horrible herida verdosa del pecho del águila—. Ahora viene la parte difícil. Prepárate, pajarito, porque tu cirugía de emergencia está a punto de comenzar.