Hay personas que llegan a tu vida haciendo ruido, otras que lo cambian todo en el silencio.
Libra nunca imaginó que una conversación sobre Saturno pudiera convertirse en el comienzo de la historia más importante de su vida. Entre recreos, paseos después de clase, chocolates calientes, bancos de madera y amaneceres compartidos, conocerá a Acuario, un chico que tiene la extraña habilidad de encontrar belleza en los pequeños detalles y de hacer sentir especiales a quienes lo rodean.
Mientras el tiempo avanza y el final del curso se acerca, ambos descubrirán que crecer significa aprender a convivir con los cambios, con el miedo a perder lo que amas y con las palabras que, a veces, nunca llegan a decirse.
Porque algunas historias de amor no nacen con un beso.
Nacen con una conversación que parecía insignificante.
Con una fotografía tomada sin avisar.
Con una promesa hecha entre risas.
Con dos personas que, sin darse cuenta, empiezan a convertirse en el hogar del otro.
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Capítulo 6 - El lenguaje de las pequeñas cosas
Hay momentos que no parecen importantes cuando los estás viviendo.
No hay música sonando de fondo.
Nadie se detiene a observar.
El mundo sigue girando exactamente igual.
Y, aun así, años después, son esos recuerdos los que vuelven una y otra vez.
No recuerdas qué llevabas puesto el día que aprobaste un examen.
Pero recuerdas perfectamente cómo te sonrió una persona la primera vez que consiguió hacerte sentir especial.
Así funciona la memoria cuando el corazón empieza a intervenir.
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El invierno comenzaba a asomarse.
Las mañanas eran más oscuras y el frío obligaba a esconder las manos dentro de las mangas de la sudadera mientras los alumnos esperaban frente a la puerta del instituto.
Libra caminaba junto a Capricornio, todavía medio dormida.
—No entiendo cómo puedes tener energía a estas horas —dijo bostezando.
—Porque me he acostado pronto.
—Traidora.
—Te dije que dejaras el móvil.
Libra hizo una mueca.
No podía admitir que la noche anterior se había quedado despierta hasta casi la una leyendo los mensajes del grupo, esperando que Acuario apareciera con alguna de sus tonterías.
No lo hizo.
Y, aun así, ella tardó mucho en dormirse.
—Buenos días, chicas.
Aquella voz hizo que levantara la cabeza de inmediato.
Acuario apareció caminando de espaldas, mirándolas mientras avanzaba sin preocuparse de hacia dónde iba.
Su amigo caminaba unos metros detrás.
—¿No sabes andar de frente? —preguntó Libra.
—¿Y perderme vuestras caras de sueño? Ni hablar.
—Un día te vas a estampar contra una farola.
—Confía en mí.
Como si el destino hubiera decidido intervenir, apenas terminó la frase chocó con una papelera metálica.
El golpe resonó por toda la calle.
Hubo un segundo de silencio.
Después, Capricornio empezó a reír.
Libra intentó contenerse.
Duró exactamente dos segundos.
Terminó doblándose de la risa.
—¿Estás bien? —preguntó entre carcajadas.
Acuario se llevó una mano al hombro con teatralidad.
—No.
—¿Te has hecho daño?
—Al orgullo.
—Eso tiene difícil solución.
—Muy difícil.
Incluso él acabó riéndose de sí mismo.
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A medida que avanzaban hacia el instituto, la conversación fue cambiando de un tema a otro con la facilidad de siempre.
Hablaron de una serie que todos estaban viendo.
Del examen de Lengua.
De un profesor que confundía constantemente los nombres de los alumnos.
Y de un compañero que llevaba tres días seguidos viniendo con la sudadera del revés sin darse cuenta.
Era una conversación cualquiera.
Pero Libra empezaba a disfrutar más de aquellos quince minutos de camino que de muchas tardes enteras.
Porque había descubierto algo.
Con Acuario nunca sabía de qué acabarían hablando.
Y esa imprevisibilidad le encantaba.
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El recreo llegó antes de que se dieran cuenta.
El grupo ocupó su rincón habitual.
Leo apareció con una pelota de goma que alguien había llevado a clase.
No tardaron en empezar a lanzársela unos a otros.
—¡A mí! —gritó Capricornio.
La pelota pasó por encima de su cabeza.
—¡Muy buena puntería! —protestó.
—Era un pase estratégico —respondió Leo.
—Era un desastre.
Mientras todos discutían, Acuario recogió la pelota y la lanzó suavemente hacia Libra.
Ella la atrapó con ambas manos.
—Milagro... —murmuró él.
—¿Perdón?
—La has cogido.
—¿Esperabas que no pudiera?
—Después de lo del baloncesto...
Ella estrechó los ojos.
—No aprendes.
Lanzó la pelota.
Él la atrapó sin mirar.
Solo por hacerse el interesante.
El grupo aplaudió exageradamente.
—Qué chulo eres —dijo Libra.
—Lo intento.
—Se nota demasiado.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Volvieron a reír.
Cada conversación entre ellos terminaba exactamente igual.
Y ninguno parecía cansarse.
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Mientras el resto seguía jugando, Libra decidió sentarse unos minutos en el banco.
El bullicio del patio continuaba alrededor.
Acuario se acercó poco después con una botella de agua.
—¿Te has rendido?
—Necesitaba descansar.
—¿Con diecisiete años?
—No todos tenemos hiperactividad.
Él sonrió antes de sentarse a su lado.
Durante unos segundos ninguno habló.
Solo observaron a sus amigos correr detrás de la pelota.
Era un silencio diferente.
No había tensión.
Ni incomodidad.
Solo tranquilidad.
—¿Sabes? —preguntó Acuario de repente.
—¿Qué?
—Al principio pensaba que me odiabas.
Libra soltó una risa corta.
—¿Por qué?
—Siempre me contestabas con cara de enfadada.
—Esa es mi cara normal.
—Pues da miedo.
Ella le dio un pequeño golpe en el brazo.
—Qué exagerado.
—Lo digo en serio.
—No te odiaba.
Él giró ligeramente la cabeza.
—¿No?
—Simplemente...
Se quedó callada.
¿Cómo explicarlo?
No podía decirle que era tímida.
Que le costaba confiar.
Que, cuando alguien le interesaba un poco más de la cuenta, las palabras dejaban de salir con naturalidad.
Así que improvisó.
—Simplemente me caías un poco mal.
Él abrió mucho los ojos.
—¡Lo sabía!
No pudo aguantar la risa.
—Es mentira.
—¿Entonces?
Libra sonrió.
Una sonrisa sincera.
—Solo me costaba hablar contigo.
Acuario bajó la mirada durante un instante.
No esperaba aquella respuesta.
—Pues ahora ya no parece que te cueste.
Ella tampoco esperaba haberlo dicho.
Y, sin embargo, era verdad.
Había algo en él que conseguía que las conversaciones salieran solas.
Como si llevaran años conociéndose.
Como si no hiciera falta pensar demasiado antes de hablar.
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Cuando sonó el timbre para volver a clase, todos comenzaron a recoger sus cosas.
Acuario fue el primero en levantarse.
Después le tendió una mano.
—Venga.
Libra lo miró unos segundos.
No necesitaba ayuda para levantarse.
Podía hacerlo sola.
Pero, por alguna razón, aceptó.
Sus manos se encontraron apenas un instante.
Fue un gesto insignificante.
Ni siquiera duró dos segundos.
Sin embargo, ambos tardaron un poco más de lo normal en soltarse.
Ninguno comentó nada.
Simplemente empezaron a caminar hacia el edificio.
A veces el corazón habla un idioma extraño.
No utiliza palabras.
Ni promesas.
Ni grandes declaraciones.
Se comunica a través de pequeños gestos que, para cualquier otra persona, pasarían completamente desapercibidos.
Una mano tendida.
Una sonrisa.
Un sitio reservado en un banco.
Un paraguas compartido.
Detalles tan pequeños que parecen no significar nada.
Y que, sin darte cuenta, terminan significándolo todo.
Aquella noche, mientras hacía los deberes, Libra recordó aquel instante varias veces.
No el momento en que él le tendió la mano.
Sino la forma en la que la había mirado antes de hacerlo.
Había sido una mirada tranquila.
Cercana.
Como si, por primera vez desde que se conocían, dejara a un lado las bromas.
Como si durante un segundo hubiera aparecido el verdadero Acuario.
Y aunque solo hubiera durado un instante...
Fue suficiente para despertar una pregunta que no dejaría de acompañarla durante mucho tiempo.
¿Quién eres realmente cuando dejas de sonreír?