Laura Una arquitecta brillante intentando llevar una vida normal, en medio de todo su caos, llegará para cambiarle la vida a él.
—Ojalá el amor se pesara, porque siento que hoy acabo de subir una tonelada
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capitulo 17
Llegó la noche de la gala. El hotel Metropol estaba blindado por la prensa y la élite social. Carla Azuaje caminaba por el salón con un vestido rojo sangre que gritaba victoria, delgada como un fideo y con una sonrisa de suficiencia que iluminaba la sala. Montes estaba a su lado, brindando con champagne caro.
—¿Crees que la gordita vendrá?
susurró Montes, riendo entre dientes
—Le envié el artículo de prensa esta mañana para terminar de hundirla.
—No te preocupes, querido
respondió Carla, ajustándose un diamante en el cuello.
— Si viene, será el hazmerreír. Le envié un vestido talla 38. Si intenta ponérselo, reventará las costuras antes de llegar al buffet. Y si viene con sus harapos de diseñadora de clase media, destacará como un pulgar dolorido entre nosotros.
De repente, el murmullo del salón se detuvo. Las puertas dobles se abrieron de par en par.
No entró una mujer derrotada. Entró una reina.
Laura Durán caminaba con una seguridad que hacía vibrar el suelo. Llevaba un vestido de terciopelo negro profundo que ella misma había modificado, usando la seda champán del vestido de Carla como un fajín espectacular que resaltaba su cintura y caía en una cola elegante. El contraste del negro con el brillo de la seda que Carla le había enviado como insulto era una bofetada de diseño. Sus curvas no estaban escondidas, estaban celebradas, enmarcadas en una estructura que gritaba que ella no pedía permiso por ocupar espacio.
A su lado, Marco Alarcón apareció como de la nada. Ya no era el hombre derrotado de la mañana. Se puso al lado de Laura, le tomó la mano frente a todas las cámaras y la miró con una adoración que hizo que el vestido rojo de Carla empezara a verse desvaído.
—Llegas tarde, Durán
murmuró Marco, pero esta vez con una ternura que hizo que a Laura se le derritiera el hielo del corazón por un segundo.
—Una entrada triunfal requiere su tiempo, Alarcón
respondió ella, sin soltarle la mano, pero manteniendo esa distancia de seguridad emocional que él se había ganado a pulso.
—Y no te equivoques, sigo enfadada contigo. Esto es solo por mi viñedo. Y por mis hijos.
—Lo sé. Y voy a pasar el resto de mi vida pidiéndote perdón
susurró él.
Se acercaron al grupo de Carla y Montes. Carla estaba pálida, sus nudillos apretando la copa de champagne hasta casi romperla.
—Vaya, Laura... veo que has hecho... arreglos
dijo Carla, barriéndola con una mirada de asco.
—No sabía que el terciopelo se vendía por metros industriales.
Laura sonrió. Una sonrisa dulce, cargada de veneno inteligente.
—En realidad, Carla, quería agradecerte el regalo. La seda de tu vestido era de tan buena calidad que decidí usarla para los detalles de mi cola. Me pareció poético que tus sueños de grandeza terminaran barriendo el suelo por donde yo paso.
El humor de Laura provocó un par de risitas contenidas entre los invitados cercanos. Marco dio un paso al frente, sacando un sobre de su chaqueta.
—Montes, Carla...
dijo Marco, y su voz resonó en toda la sala.
—Me gustaría proponer un brindis. Por la verdad. Tengo aquí las pruebas de la transferencia bancaria al fotógrafo y los audios donde planeaban la difamación contra la dueña legítima de La Herencia. Mañana por la mañana, estas pruebas estarán en la fiscalía y en las portadas de todos los periódicos que ustedes intentaron manipular.
El rostro de Montes pasó de rojo a ceniza en tres segundos. Carla intentó balbucear una excusa, pero Marco la interrumpió.
—Y una cosa más. Carla, te sugiero que no vuelvas a mencionar el peso de Laura ni su capacidad como madre. Porque cada kilo que ella tiene es una bendición que tú no podrías comprender ni en mil vidas de dietas. Ella es el futuro de mi familia. Tú eres solo un mal negocio que acabo de liquidar.
Laura sintió un calorcito en el pecho, pero no iba a dejar que Marco se fuera de rositas tan pronto. Cuando Carla y Montes salieron del salón escoltados por el servicio de seguridad en medio de un escándalo que sería la comidilla del año, Marco se giró hacia Laura con los ojos llenos de esperanza.
—¿Cenamos? He reservado toda la planta del restaurante que te gusta. Podemos hablar de... nosotros. De los gemelos. De cómo voy a compensarte por ser un imbécil.
Laura lo miró de arriba abajo. Se veía guapo, decidido y arrepentido. Pero recordó las fotos de Carla y la llamada de Montes. Recordó el dolor de sentirse insuficiente.
—Es un buen discurso, Marco. De verdad. Casi me convences
dijo ella, soltándole la mano.
—Pero como te dije ayer, el camino a mi perdón tiene muchas paradas. Mañana a las siete de la mañana, te espero en la puerta de mi casa.
—¿Para el desayuno?
preguntó él, esperanzado.
—No. Mañana mi madre tiene que llevar a su perro al veterinario para una limpieza de oídos. El perro pesa cuarenta kilos, odia los coches y tiene tendencia a marearse sobre los trajes caros. Tú vas a ser el chófer. Y después, tenemos que hablar de los términos legales de mi viñedo. Solo negocios, Alarcón.
Laura se dio la vuelta, dejando que la cola de seda de Carla Azuaje barriera el mármol con elegancia. Marco se quedó allí, con una sonrisa idiota en la cara. Sabía que le esperaba una tortura de pelos de perro y vómitos, pero por primera vez en semanas, sentía que podía respirar.
Laura subió a un taxi sola, dejando a Marco plantado en su propia gala. La intriga de Carla había sido destruida, pero la brecha entre ellos seguía ahí, y Laura estaba decidida a que Marco aprendiera que el amor no es un contrato que se firma, sino una herencia que se merece día a día.