🔞🌟✅️Jude Lennox, un talentoso pianista de treinta y cinco años atrapado en un invierno emocional tras la pérdida de su madre. Incapaz de tocar una sola nota, Jude camina sin rumbo bajo el monzón de Bristol hasta que encuentra refugio en una cálida cafetería-librería llamada Le June.
Allí conoce a Alistair, el dueño del local, un hombre robusto de treinta años con una mirada magnética y un hermoso tatuaje musical en su brazo. Entre ellos surge una atracción inmediata y madura. Aunque deciden comenzar a conocerse sin etiquetas, la pasión y la devoción protectora de Alistair se convierten en el cable a tierra que Jude tanto necesitaba.✅️🌟🔞
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Silencio
La medianoche cayó sobre Bristol acompañada de un trueno que hizo temblar los cimientos de los edificios antiguos. En la cafetería Le June, las luces comerciales estaban apagadas, pero una pequeña lámpara de mesa detrás de la barra de madera oscura iluminaba el espacio con un tono ámbar, casi místico.
Alistair estaba terminando de organizar los libros del mostrador cuando escuchó tres golpes desesperados en el cristal de la puerta principal. Al acercarse, vio la silueta de Jude. El pianista no llevaba paraguas; estaba empapado, con el cabello negro pegado a la frente y los ojos grises desencajados por una mezcla de rabia y dolor.
Alistair abrió la puerta de inmediato, tirando del brazo de Jude para meterlo al local y volviendo a echar el cerrojo.
—Jude, por Dios, mira cómo estás —dijo Alistair, con el ceño fruncido por la preocupación—. Está cayendo un diluvio universal. ¿Qué pasó?
Jude no respondió con palabras. Su respiración era un silbido entrecortado. Miró a Alistair, y la madurez se desmoronó por completo, dejando ver a un hombre roto, devorado por la frustración de su propio pasado.
—Quité la sábana —soltó Jude, con la voz quebrada y áspera—. Quité la maldita sábana del piano. Me senté frente a las teclas. Pensé en ti, pensé en lo que me hiciste sentir en el sexo... Quería tocar. Quería que la música saliera de mis dedos otra vez.
Alistair se acercó un paso, con los ojos avellana fijos en él.
—¿Y qué pasó? —preguntó con una ternura grave.
—¡Nada! ¡No pasó nada! —gritó Jude, y las lágrimas comenzaron a mezclarse con las gotas de lluvia que resbalaban por su rostro—. Me quedé paralizado. En cuanto toqué el marfil de las teclas, volví a ese maldito hospital. Escuché el sonido de las máquinas deteniéndose. Vi el rostro de mi madre apagándose. Mi mente se bloqueó por completo. Mis manos... estas manos largas que todo el mundo alababa, no son más que dos pedazos de carne muerta. No puedo tocar. No puedo hacer nada más que recordar que la dejé morir.
Jude golpeó el mostrador de madera con el puño cerrado, soltando un sollozo desgarrador que resonó en el silencio de la librería vacía.
—Vine aquí porque no soportaba el silencio de mi apartamento —confesó Jude, mirando a Alistair con una súplica salvaje—. Sé que dijimos que nos estamos conociendo sin títulos, sé que soy mayor y que debería tener más dignidad, pero te necesito. Necesito que me quites este dolor de la cabeza. Necesito que me uses, porque si no siento tu piel sobre la mía, siento que me voy a volver loco.
La honestidad descarnada de Jude encendió algo feroz en el pecho de Alistair. El pianista aceptaba su derrota y su necesidad de sexo volvió y eso volvió loco al menor. Alistair dio un paso firme, atrapó las muñecas de Jude con sus manos grandes y lo empujó de espaldas contra el mostrador de madera oscura de la cafetería.
—Te dije que no tienes que tener dignidad conmigo —susurró Alistair con la voz ronca, acorrolándolo con su cuerpo robusto y ancho—. Si quieres que te quite el dolor, lo haré. Pero vas a ser mío por completo esta noche.
Alistair unió sus labios a los de Jude en un beso cargado de toda la tensión acumulada. Fue un encuentro hambriento, donde el dolor de Jude encontraba finalmente un refugio en la firmeza de Alistair. Jude se aferró a los hombros del joven, buscando un anclaje en medio de la tormenta emocional que lo perseguía.
Con un movimiento, Alistair ayudó a Jude a subir al mostrador de madera, buscando eliminar cualquier distancia entre ellos. La calidez del local, impregnada del aroma a café y libros, contrastaba con la humedad que aún enfriaba la piel del pianista. Alistair rodeó el rostro de Jude con sus manos grandes, obligándolo a sostenerle la mirada.
—No voy a dejar que ese silencio te consuma —susurró Alistair contra su piel, dejando pequeños rastros de sus dientes y chupones en el cuello y los hombros de Jude, marcando cada espacio con una cercanía protectora y feroz.
Jude soltó un suspiro largo, sintiendo cómo la pesadez de sus manos comenzaba a disiparse bajo el tacto de Alistair. No hacían falta más palabras; el contacto físico se convirtió en el lenguaje que el piano le había negado. Alistair fue paciente, recorriendo la piel de Jude con una devoción que buscaba borrar las sombras del pasado, transformando la desesperación en una conexión profunda y vibrante.
Alistair volteó al pianista en la barra, dejándolo de espalada, separándole las piernas. Con paciencia infinita comenzó a masajear los glúteos y la entrada de Jude, lubricando con saliva. Jude soltaba gemidos y suspiros entrecortados. Cuando el joven consideró que ya estaba listo, con sus manos separó las nalgas del pianista, y lentitud se introdujo centímetro a centímetro dentro del mayor.
Jude tembló de pies a cabeza, erizándole la piel, mientras Alistair sujetaba con su mano derecha el cuello del pianista para obligarlo a mover la cabeza y poder fundir sus labios y gemidos.
Aquella noche en la cafetería, el tiempo pareció detenerse. Entre caricias lentas y la respiración acompasada de ambos, Jude comprendió que no estaba solo en su luto. Alistair lo reclamaba no solo con la fuerza, sino también de forma emocional, que Jude no esperaba encontrar. Cada abrazo y cada gesto en la penumbra del mostrador servían como un recordatorio de que la vida seguía latiendo, incluso cuando la música parecía haberse detenido.
El clímax los reclamó con un temblor de punta a punta, haciendo que gritaran de puro placer. Alistair apoyó su frente en la espalda del pianista, mientras estabilizaron sus respiraciones.
Al final, cuando la lluvia amainó y solo quedó el eco de sus latidos, Alistair cubrió a Jude con su propia camisa, manteniéndolo cerca. Jude, con el corazón finalmente en paz, entendió que Alistair había comenzado a sanar las grietas de su alma, dejando una huella mucho más permanente que cualquier marca en la piel.
Muchas felicidades por la culminación de esta gran obra ☺️ ✨
y si no es mucho pedir una segunda parte 🤭.
Me encanta la madurez y la pasión de su romance 🤭. El cómo avanzo su relación sin la necesidad de una etiqueta desde el principio. ojalá tener más de ellos 💙.
Muchas Gracias autor/a por tu gran dedicación ☺️. me encantan tus novelas. tienes un gran talento muchas gracias por compartirlo con nosotros. Felicidades por una gran obra finalizada. 💐✨
y ya llega alguien a aguar la fiesta 🤦♀️