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Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Status: En proceso
Genre:Venganza / Hombre lobo / Mujer despreciada
Popularitas:19.2k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valentina Solano entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Reyes, el Alfa moribundo con quien la obligaron a enlazarse.
Cada luna llena, su loba se apagaba un poco más para mantenerlo con vida. Ella perdió fuerza, sangre y dignidad. Él recuperó su poder.
Y cuando Sebastián por fin sanó, no la eligió a ella.
Eligió a Catalina del Valle.
Le quitó los Brazaletes de la Luna y le ordenó ponérselos a la mujer que quería marcar como su verdadera Luna.
Valentina no suplicó. No lloró. Solo pidió la ruptura del enlace.
Pero la loba que todos creían rota tenía secretos: un imperio comercial escondido, aliados en las sombras y una sangre marcada por la luna.
También tenía la mirada de Damián Montero sobre ella.
El Rey Alfa. El lobo más temido de todas las manadas. El único hombre que nunca la vio como una herramienta.
Sebastián la usó para vivir.
Damián está dispuesto a destruir el mundo para hacerla reina.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

Capítulo 13: Aléjate De Mí

Damián Montero había atrapado lanzas en el campo de batalla.

Había detenido lobos enemigos por el cuello antes de que alcanzaran a morder. Había sujetado a hombres moribundos, armas rotas y banderas quemadas. Sus manos conocían el peso de la guerra con una precisión casi aburrida.

Pero la mujer que cayó del árbol no pesaba como nada que él hubiera sostenido antes.

Era demasiado ligera.

Esa fue la primera idea, absurda y furiosa, que atravesó su mente cuando sus brazos se cerraron alrededor de ella. La segunda fue el frío. No el frío de la lluvia ni el del callejón, sino el frío que venía desde su piel, desde su ropa empapada, desde una sangre que parecía haber gastado demasiados inviernos sin pedir permiso para detenerse.

—Sálveme...

La voz apenas existió.

Damián bajó la mirada.

Valentina Solano.

La Luna de Sebastián Reyes.

La Omega del enlace de curación.

La mujer que había visto en el Palacio del Gran Alfa, sentada en silencio con los labios hinchados por una alergia que su propio esposo ignoraba.

La mujer que, según los informes de Emilio, casi murió de fiebre en una habitación lateral mientras la Hacienda Reyes cerraba sus puertas a los sanadores.

La mujer que ahora temblaba contra su pecho con una rodilla ensangrentada, las palmas abiertas por la corteza y un moretón oscuro asomando bajo la manga mojada.

Su lobo se levantó dentro de él.

No rugió.

No atacó.

Hizo algo mucho peor.

Reconoció.

Damián apretó la mandíbula.

—Mi Rey Alfa.

Emilio Lara apareció al final del callejón con dos guardias. Llevaba la capa cerrada hasta el cuello y una expresión que no hizo preguntas antes de evaluar la escena: árbol, sangre, barro, huellas, mujer herida, Damián sin moverse bajo la lluvia.

—Hay rastros de cinco hombres —dijo Emilio—. Se dispersaron hacia el mercado viejo. Podemos seguirlos.

Valentina se estremeció en brazos de Damián.

Él sintió el movimiento mínimo como si le hubieran hundido una garra bajo las costillas.

—Después.

Emilio miró a Valentina, luego a su rey.

—Está perdiendo calor.

—Trae el carruaje.

—Sí, Mi Rey Alfa.

Uno de los guardias intentó acercarse con una manta. Damián levantó apenas la mirada. El hombre se detuvo de inmediato, tragó saliva y extendió la manta sin tocar a Valentina.

Damián la envolvió él mismo.

No porque tuviera que hacerlo.

Porque su lobo no permitió otra mano.

La idea lo irritó.

La levantó con más cuidado del que usaba para cualquier cosa y caminó hacia la salida del callejón. La lluvia le golpeaba el cabello, los hombros, la nuca. No pidió paraguas. No miró atrás. Solo sintió cómo Valentina, todavía medio inconsciente, se encogía buscando calor.

Al principio fue un reflejo pequeño: su frente rozó la solapa de su abrigo.

Después su mano se cerró en la tela de su pecho.

Damián se detuvo.

Los guardias detrás de él también se detuvieron.

El callejón quedó en silencio, salvo por la lluvia.

Valentina murmuró algo que no llegó a ser palabra y enterró el rostro en el hueco de su cuello.

Era una postura antigua.

Los lobos heridos no ofrecían el cuello a un enemigo. No acercaban la cara a la arteria de otro Alfa. No respiraban contra el punto donde un mordisco podía terminar una vida, a menos que el cuerpo creyera, antes que la conciencia, que allí no habría daño.

Damián sintió que su lobo emitía un sonido grave, satisfecho, casi indecente en su calma.

—Aléjate de mí —dijo él, seco.

Valentina no se movió.

Estaba inconsciente.

Eso no impidió que sus dedos se aferraran con más fuerza.

Emilio bajó la vista con una prudencia admirable.

Damián siguió caminando.

El carruaje Montero esperaba en la calle ancha, negro, discreto, sin banderas visibles. Damián no solía viajar con emblemas cuando se movía de noche. El poder real no necesitaba anunciarse cuando todos los que importaban sabían reconocer el sonido de sus cascos.

Dentro, Emilio colocó mantas secas sobre el asiento.

Damián intentó sentar a Valentina.

Ella no soltó su abrigo.

Sus dedos, helados y raspados, estaban cerrados en la tela como si ese pedazo de lana fuera el único borde del mundo.

—Está inconsciente —dijo Emilio, con una seriedad que casi ocultó la ironía—. No creo que esté desobedeciendo a propósito.

Damián lo miró.

Emilio abrió la puerta del carruaje un poco más.

—Solo informaba.

Damián subió con Valentina en brazos y se sentó con ella apoyada contra él. La manta cubría la mayor parte de su cuerpo, pero la rodilla herida quedó a la vista. La tela estaba rasgada. La sangre, diluida por la lluvia, seguía bajando en líneas delgadas.

—Vendaje.

Emilio entregó una tira limpia desde el asiento contrario.

Damián se inclinó.

La rodilla tenía marcas viejas bajo la herida nueva. No era una lesión de esa noche. Era una historia repetida. Una caída antigua. Un golpe. Tal vez varios. La inflamación alrededor de la articulación hablaba de castigos mal curados, de caminatas forzadas, de frío sobre piedra.

El rostro de Damián no cambió.

Solo sus ojos se volvieron más dorados.

Valentina se removió cuando él ajustó el vendaje. Un sonido bajo salió de su garganta.

Damián aflojó la presión de inmediato.

—No voy a lastimarte —dijo.

Emilio levantó una ceja, apenas.

Damián no le dio oportunidad de convertir eso en comentario.

—¿A dónde, Mi Rey Alfa?

La pregunta era simple.

La respuesta no.

No podía llevarla de vuelta a Hacienda Reyes. Si aquellos hombres habían salido de allí por orden indirecta o directa, regresarla sin saber quién controlaba la puerta era entregarla otra vez. Tampoco podía llevarla a Hacienda Montero. Una Luna casada pasando la noche en su casa privada sería dinamita política. Aunque él podía aplastar los rumores, Valentina tendría que vivir entre los escombros.

La miró.

El cabello mojado le cubría parte del rostro. Incluso dormida, tenía el entrecejo tenso. Como si el descanso fuera una habitación donde tampoco confiaba entrar.

—A la residencia Fuentes —dijo.

Emilio entendió al instante.

—Con la Princesa Regina.

—Sí.

—Ella va a disfrutar demasiado esto.

—Que disfrute en silencio.

—Eso no lo prometo por ella.

El carruaje avanzó.

Durante el trayecto, Valentina no despertó. A veces temblaba con violencia. A veces dejaba de temblar y eso era peor, porque el silencio de su cuerpo parecía demasiado profundo. Damián sostuvo la manta cerrada alrededor de ella y mantuvo una mano cerca de su pulso sin tocar más de lo necesario.

Su olor llegó entre la lluvia y la sangre.

No era perfume de salón. No era incienso de Luna ni aceite caro.

Era algo limpio y frío, como nieve derritiéndose bajo luz de luna. Una claridad imposible en una mujer que venía de barro, miedo y traición.

Damián cerró los ojos un segundo.

Error.

Con los ojos cerrados, la sintió más.

La mano de Valentina seguía aferrada a su ropa. Su frente seguía cerca de su garganta. Su respiración, débil pero tibia, rozaba la piel que ningún enemigo había alcanzado jamás sin pagar con sangre.

—Aléjate —repitió, más bajo.

Ella no obedeció.

Y él no la apartó.

La residencia Fuentes abrió sus puertas antes de que el carruaje se detuviera por completo. Los guardias reconocieron a Emilio, luego reconocieron a Damián, y el sueño se les fue de la cara.

Regina Montero de Fuentes apareció en el vestíbulo con una bata de seda azul oscuro y el cabello recogido a medias. Ninguna mujer debía verse tan despierta a medianoche. Regina lo lograba por talento o por veneno.

Primero miró a su hermano.

Luego a la mujer en sus brazos.

Después volvió a mirar a Damián, y sus labios formaron una sonrisa lenta.

—Hermano —dijo—. Cuando Emilio anunció que venías empapado en plena noche, imaginé sangre, política o una estupidez. Veo que trajiste las tres.

—Necesita una cama, calor y un sanador discreto.

Regina se acercó.

Su sonrisa desapareció al ver el estado de Valentina.

—Diosa Luna —murmuró—. ¿Quién hizo esto?

—Todavía no lo sé.

—Pero lo vas a saber.

No fue una pregunta.

Damián no respondió.

Regina entendió mejor que muchas personas una respuesta silenciosa de su hermano.

—Esta es Valentina Solano —dijo, con cuidado—. La Luna de Manada Reyes.

—La encontré en la calle.

—Claro. Porque las Lunas casadas suelen caer de árboles en callejones donde tú paseas sin escolta visible.

—Regina.

—Ya entendí. Preguntas después, vendas primero.

Ordenó a dos sirvientas que prepararan la habitación azul y envió a un criado por su sanadora personal. Cuando una de las mujeres intentó recibir a Valentina, Damián no la soltó de inmediato.

Regina vio el detalle.

Sus ojos se afilaron.

—Puedes dejarla en la cama, hermano. Nadie aquí la va a romper.

Damián entró en la habitación sin contestar.

Era un cuarto sobrio, con colchas claras, brasero encendido y cortinas gruesas que olían a lavanda. Él depositó a Valentina sobre la cama. Sus dedos seguían presos en el abrigo. Tuvo que soltarlos uno por uno.

Al abrir la última mano, vio las marcas en su muñeca.

No eran solo raspones de la caída.

Alguien la había sujetado con fuerza antes.

La sanadora llegó y comenzó a trabajar. Revisó la rodilla, las palmas, la temperatura, el golpe del costado. Damián permaneció junto a la ventana, inmóvil. Regina lo observó más de lo que observó a la sanadora.

—Vivirá —dijo la mujer al fin—. Pero necesita reposo. La rodilla está muy lastimada. Y su energía lunar...

Se calló, intimidada por la mirada de Damián.

—Dígalo.

—Está agotada de una forma que no corresponde a una caída. Como si hubiera sostenido un enlace de curación demasiado tiempo.

Regina dejó de sonreír.

Damián miró a Valentina.

Ella dormía con la misma tensión en la frente. Incluso salvada, no parecía creer en la salvación.

—Cuídala —dijo él.

Regina cruzó los brazos.

—¿Quieres que avise a Sebastián Reyes?

La habitación se enfrió de otra manera.

—Sí.

—¿De inmediato?

Damián tardó un segundo de más en contestar.

Regina lo notó.

—Cuando amanezca —dijo él—. Quiero saber primero quiénes eran los hombres.

—Eso no suena a cortesía hacia Manada Reyes.

—No era cortesía.

Regina caminó hasta quedar a su lado. Ambos miraron a Valentina en silencio.

—Tienes sangre en la manga —dijo ella.

—No es mía.

—Eso es lo que me preocupa.

Damián giró el rostro.

Regina no retrocedió. De los dos, ella era quizá la única persona en la capital que podía sostener esa mirada sin perder el color.

—No hagas nada irreversible esta noche —dijo.

—Entonces no me des consejos irreversibles.

Regina suspiró, pero había preocupación real bajo la ironía.

—La cuidaré.

Damián asintió.

En la puerta, se detuvo una vez más.

Valentina movió la mano sobre la sábana, buscando algo que ya no estaba. Sus dedos se cerraron en vacío.

El lobo de Damián respondió con un golpe bajo en el pecho.

Él salió antes de que la respuesta se convirtiera en acto.

Afuera, la lluvia había bajado a una cortina fina. Emilio esperaba junto al carruaje.

—Los rastros llevan al mercado viejo —informó—. Dos hombres dejaron olor a mezcal barato. Uno tiene acónito en las botas. No suficiente para matar, pero sí para impedir una transformación.

Damián bajó los escalones.

—Encuéntralos.

—¿Vivos?

Damián miró hacia la calle oscura.

Durante un momento recordó el peso de Valentina en sus brazos. Su rostro contra su cuello. Su voz pidiéndole que la salvara como si no esperara que nadie lo hiciera.

Si ella hubiera estado consciente cuando se aferró a él así...

El pensamiento apareció completo, brutal, antes de que pudiera detenerlo.

No habría podido seguir siendo la Luna de otro Alfa.

No porque él fuera a reclamar lo que no le ofrecían.

Sino porque una parte antigua, peligrosa y profundamente suya ya había decidido que cualquier mano que volviera a empujarla hacia la oscuridad tendría que pasar primero por él.

Damián respiró despacio.

La voluntad debía gobernar al instinto.

La de ella.

También la suya.

—Vivos —dijo al fin—. Por ahora.

Emilio inclinó la cabeza.

Damián subió al carruaje sin mirar de nuevo hacia la residencia.

Pero bajo la lluvia, el olor de nieve bajo luna seguía en su abrigo.

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Nana Pelaez
24 capítulos y ella feliz sufriendo 😭😭😭
Marleys Sofia Cervantes
uffffffffffffffffffff
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏
Carla Carvajal
autora quise leer algunas de tus obras, ninguna de las que escogí está terminada, espero puedas terminar esta y sigas con las otras
Natt_Lpz
ne encanta.. pero creo q sabemos q Valentina es fuerte feroz pero xq sufrir tanto? me parte el alma 💔
gabriel rios
es el final o va a seguir
Carla Carvajal
ojalá está novela no sea tan larga, las novelas cuando comienzan a ser rebuscadas suelen aburrir al lector, solo es mi opinión, aburre leer muchos capítulos
Marleys Sofia Cervantes
Alguien sensato
Marleys Sofia Cervantes
Valentina es
Lola calamidades
Sofia Carruso
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
muy bien Damián
Marleys Sofia Cervantes
Hay va arder troya
Marleys Sofia Cervantes
Valentina si lleva porrazos
porrazos viene
porrazos van
Marleys Sofia Cervantes
le están buscando 5 patas al gato
Zaida Sanchez
toda esa gente no vale la
Zaida Sanchez: no valen la pena de sus esfuerzos 😡
total 2 replies
Marleys Sofia Cervantes
pisando en terreno mojado
Marleys Sofia Cervantes
Esa Catalina es un grano en la nalga
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
valentina
Marleys Sofia Cervantes
Doña aurora tiene más pelota que un poco jajajajaja y está vieja me imagino en sus años mosos
Marleys Sofia Cervantes
1 más 1 2
y estos ufff no se que esperan
Lilian Benitez
🤔no está completa
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