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No te mueras, mi amor

No te mueras, mi amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor en la guerra / Completas
Popularitas:10.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.

La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.

Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.

Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.

Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

Capítulo 13

El entrenamiento

El entrenamiento de las fuerzas conjuntas era otra clase de guerra.

Santiago era el único latinoamericano en un grupo de treinta soldados de once países. Los europeos y los estadounidenses lo miraban con la condescendencia de quien no espera nada de alguien que viene de un país que no aparece en sus mapas de operaciones. Los primeros tres días, le lanzaron arena a la cara durante los ejercicios de rastreo, le patearon las espinillas en los entrenamientos de combate cuerpo a cuerpo, y un francés le disparó munición de goma demasiado cerca durante un simulacro — "fuego amigo", dijo, con una sonrisa que no era accidental.

Santiago no se quejó. No respondió. No les devolvió la arena ni las patadas ni los disparos "accidentales." Tomaba nota y seguía. Se levantaba cada vez que lo derribaban. Repetía cada ejercicio que lo hacían repetir. Comía solo cuando los demás no le dejaban espacio en las mesas del comedor. Y al final de cada día, mientras los otros se duchaban y bromeaban, él se sentaba en un rincón de las barracas y anotaba algo en su cuaderno negro con letra pequeña que Valentina nunca logró leer desde la distancia de su cámara.

Valentina filmaba todo desde la zona de observación. Mendoza le había dado acceso completo — entrenamientos, barracas, comedores. Cada mañana a las cinco se instalaba con su cámara en un punto elevado y grababa las sesiones hasta que el sol se ponía. El material era brutal y necesario: soldados agotados arrastrándose por el barro, Santiago recibiendo golpes que no devolvía, la jerarquía invisible entre los cuerpos que se construía con cada humillación.

Al cuarto día, Benjamin Carter lo desafió.

Fue durante el ejercicio nocturno de combate con cuchillo. Treinta soldados en un campo de obstáculos, sin luz, armados con cuchillos de entrenamiento con pintura roja en la hoja. Si la pintura tocaba tu cuello, estabas muerto.

Benjamin era rápido. Más grande que Santiago. Más pesado. Lo atacó con la confianza de alguien que no ha perdido un combate de entrenamiento en dos años.

Santiago lo esquivó tres veces. A la cuarta, le agarró la muñeca con la mano izquierda, le torció el brazo hacia adentro con un movimiento que Valentina no pudo seguir a través del visor nocturno, y le quitó el cuchillo. Lo siguiente que vio fue a Santiago de pie detrás de Benjamin con el propio cuchillo de Carter apoyado contra su garganta. Una línea roja de pintura le cruzó la piel del cuello.

—Muerto —dijo Santiago.

El campo se quedó en silencio. Benjamin miró hacia abajo, hacia la marca roja en su cuello. Después se rio — una risa corta, de soldado, de alguien que reconoce cuando lo superan.

—Okay. Respect.

Esa noche, Benjamin le ofreció una cerveza en el comedor. Santiago la aceptó. Se sentaron en silencio durante cinco minutos antes de que Benjamin dijera:

—¿Dónde aprendiste eso?

—En un pueblo de San Lorenzo, peleando con mis primos cuando tenía diez años.

Benjamin se rio. Esta vez la risa era real — sin condescendencia, sin ironía, sin la armadura de superioridad que llevaba pegada al cuerpo desde el primer día. Santiago no se unió a la risa, pero asintió con la cabeza, y eso fue suficiente. Los dos sabían que algo había cambiado en el campo de entrenamiento — no la jerarquía, sino algo más profundo: el reconocimiento entre iguales.

---

El restaurante local estaba a quinientos metros de la base, detrás de una gasolinera abandonada. Servían carne asada sobre brasas y pan plano sin levadura. La cerveza era tibia y costaba dos dólares. No había menú — comías lo que había.

Santiago y Valentina se sentaron en una mesa de plástico bajo un toldo de lona que olía a humo. Los otros soldados ocupaban las mesas del fondo, ruidosos y relajados por primera vez en la semana.

—¿Fruta? —preguntó Santiago, levantando la mano para llamar al mesero.

—¿Cómo sabes que me gusta la fruta?

—Siempre eliges fruta cuando hay postre.

Valentina lo miró. Él no la estaba mirando — estaba pidiendo al mesero en un árabe básico que ella no sabía que hablaba. Pero el hecho de que supiera lo que ella elegía de postre significaba que prestaba atención. Que observaba. Que contaba.

El mesero trajo dátiles y naranjas. Valentina comió en silencio.

—Mendoza dijo que tu documental sobre la FCA es el mejor material que ha visto de una periodista civil —dijo Santiago, partiendo un dátil por la mitad.

—¿Mendoza dijo eso?

—Mendoza dice muchas cosas que no le repito a nadie. Pero eso te lo cuento porque te lo mereces.

Valentina sintió el calor en las mejillas que no tenía nada que ver con las brasas ni con el desierto.

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Esa noche, Valentina no podía dormir.

Se asomó por la ventana del cuarto de hotel — un edificio de tres pisos donde se alojaban los periodistas y observadores internacionales. El generador estaba apagado. La noche de Garún era oscura como el fondo de un pozo, sin luces de ciudad, sin farolas, solo estrellas y el sonido lejano de un motor.

Y una armónica.

La melodía venía de la azotea de las barracas. "Castillo en el cielo." Valentina reconoció cada nota. Santiago tocaba despacio, con pausas largas entre las frases musicales, como si estuviera hablando con alguien que no estaba ahí.

Se quedó escuchando desde la ventana con la mejilla apoyada en el marco y los pies descalzos sobre las baldosas frías. La melodía subía por el aire del desierto como humo invertido, nota por nota, lenta, con una tristeza que no era triste sino transparente. Era lo más hermoso que había escuchado en meses — más hermoso que cualquier conversación, que cualquier discurso, que cualquier promesa. Más hermoso que el silencio después de un bombardeo, que era la otra clase de belleza que existía en Levante.

A la mañana siguiente, Santiago la encontró en la puerta de las barracas.

—¿Escuchaste anoche?

Valentina dudó. Admitir que lo había escuchado era admitir que lo había buscado en el sonido.

—Un poco.

Santiago asintió. La comisura izquierda.

—Mañana voy a patrullar el corredor este. Si quieres venir a filmar, sales conmigo a las 0500.

No era una invitación profesional. Era una invitación. Valentina lo supo por la forma en que lo dijo — sin mirándola, con las manos en los bolsillos, con ese tono que él usaba cuando decía algo importante y quería que sonara casual.

—A las 0500 —repitió ella.

Santiago asintió y se fue.

Valentina subió corriendo a su cuarto. Abrió la maleta. Buscó la camiseta blanca — la que Andrea le había empacado "por si necesitas verte presentable". Se miró en el espejo roto del baño. Se rizó el pelo con los dedos y agua del grifo. Se odió por hacerlo. Lo hizo de todos modos.

A las once de la noche, el teléfono satelital sonó. Mensaje de voz del director de asignaciones de Canal 7:

"Mora, nueva asignación urgente. Necesitamos cobertura en Hapir. Te mando los detalles. Sales mañana temprano. Sola."

Valentina se quedó mirando el teléfono. La camiseta blanca estaba tendida sobre la silla. El pelo se le estaba secando en rizos que nadie iba a ver.

Hapir. La ciudad más peligrosa de Levante. Sola.

La cita nunca ocurrió.

1
Carmen Gloria Rivas Barrio
Me encantó, un amor increíble, un amor dispuesto a todo, un amor a prueba de balas y de guerra
Miriam Molina Molina
Es una obra de arte... tan fantástica como real... dolorosa y amorosa como lo es la vida misma...
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.
Laura Castañon
que historia más maravillosa e impresionante me gusto mucho gracias escritora felicidades muchas bendiciones
Amanda Gongora
excelente felicitaciones gracias
Naicka Rodriguez
gracias me gustó mucho cada capítulo, me concentre tanto que hasta me involucre en todo los personajes, felicitaciones ame bastante esta historia 😍
Luz myriam Navarrete
Es buena la trama pero aburre q tiene poco dialigo de parte de los personajes mucha descriccion de alrrededor autora mejoralo bay no continuo ..dienpre repites lo mismo
Luna del Mar
Muy buena historia, excelente narración y trama. Felicidades escritora.
Helizahira Cohen
Esta interesante, bonita se ve
Isabel Balderas
esta historia me la encontré de casualidad y empecé a leerla pensando que era la típica historia de amor y el vivieron felices por siempre pero la leí completa y llore mucho solo me queda decir que esta historia me encantó sentí cada palabra como si estuviera yo presente en la historia 👏😭👏😭
Luna del Mar
Excelente primer capítulo
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