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El Último Refugio De Las Montañas De Gangwon

El Último Refugio De Las Montañas De Gangwon

Status: En proceso
Genre:Aventura / Apocalipsis / Fantasía LGBT
Popularitas:150
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Durante diecisiete años, Woo-jin ha vivido sin salir casi nunca de su propiedad, cumpliendo cada enseñanza y promesa que le dejó su padre antes de fallecer: cuida los huertos, prepara remedios con hierbas de la zona, mantiene las defensas y nunca revela que puede transformarse. Cree que el mundo sigue igual hasta que empieza a ver humo en el horizonte, encuentra animales muertos con marcas extrañas y descubre visitantes que no deberían estar ahí. Al abrir por fin la zona sellada del sótano, lee los informes completos: el virus de la Niebla Gris se extendió hace meses, la corporación Hanbiotech busca apoderarse de su investigación y él lleva todo este tiempo completamente aislado sin saberlo. Ahora deberá poner a prueba todo lo que aprendió, usar su secreto por primera vez y proteger su hogar con sus propias manos.

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El último refugio de las montañas de Gangwon Capítulo 1: Los días siempre iguale

El sol aún no lograba traspasar la densa cortina de niebla que cubría las laderas, pero Choi Woo-jin ya estaba con los ojos abiertos. A sus diecisiete años, no necesitaba despertador ni prisa: su reloj siempre habían sido el movimiento del sol, el canto de los pájaros y el ritmo que su padre le había enseñado desde que apenas podía caminar. Se sentó despacio en el borde de su cama de madera maciza, acarició suavemente el edredón tejido a mano con lana de oveja criada en el mismo terreno, y miró a su alrededor. Todo en esa gran casa de estilo hanok respiraba la presencia del hombre que le había dado la vida y le había enseñado a vivirla.

Se pasó las manos por su cabello, largo y liso, de un negro profundo que le caía suelto hasta media espalda. Su padre jamás le permitió cortárselo: era una herencia familiar, un detalle más que debía conservar y proteger. Al principio le estorbaba un poco, pero con los años aprendió a trenzarlo, atarlo con cintas de cuero o dejarlo caer con naturalidad; incluso descubrió que, cuando adoptaba su otra apariencia, el cabello se ajustaba aún más largo y suelto, como si fuera su complemento natural.

Se puso su vestimenta habitual: prendas de lino grueso y algodón teñido de tonos oscuros, hechas para resistir el frío penetrante de la montaña y los trabajos más duros. Su padre insistía en que debía saber coser, remendar y hasta confeccionar su propia ropa: *“Si nadie viene a ayudarte, tú debes ser capaz de darte todo lo necesario”*, solía decirle. Y así era: cada puntada, cada corte, había sido obra de sus propias manos. Al terminar de vestirse, tomó una tira de tela y recogió su cabello en una trenza sencilla para que no le molestara mientras trabajaba.

Salió al porche y respiró hondo. El aire le llenó los pulmones de aromas a pino, tierra húmeda, musgo y la flor silvestre que su padre usaba para hacer infusiones relajantes. Desde allí veía todo su mundo: los huertos escalonados, los estables vacíos desde que murieron las últimas ovejas el invierno pasado, los senderos que él mismo mantenía limpios, y más allá, los bosques espesos que se perdían entre las cumbres. Nadie subía hasta aquí. Nadie sabía de su existencia. Y esa era la mayor seguridad que tenían.

Mientras caminaba hacia los cultivos, su mente comenzó a repasar, como hacía cada mañana, todo lo que su padre le había entregado en todos esos años. No había escuela, ni maestros externos, ni visitas. Solo él y su papá, día tras día, aprendiendo todo cuanto un ser humano necesitaba saber para no depender de nadie ni de nada.

—Primero aprende a mantenerte con vida —le decía el hombre de cabello también largo y canoso cuando Woo-jin tenía apenas cinco años—, y luego aprende a comprender el mundo.

Y así fue: desde muy pequeño dominaba la agricultura: qué sembrar en cada mes, cuánta agua necesita cada especie, cómo combatir las plagas sin venenos dañinos, cómo guardar las semillas para la siguiente temporada. Conocía al dedillo la medicina tradicional coreana: qué raíz sirve para la fiebre, qué hierba calma el dolor de estómago, cómo limpiar y cerrar una herida, cómo preparar ungüentos y jarabes que podían durar años. Sabía leer y escribir perfectamente, conocía la historia de su país, las leyendas de estas montañas, la geografía, las matemáticas para medir terrenos y contar provisiones, y había leído casi todos los miles de libros que llenaban las estanterías de la biblioteca.

Pero entre todas esas lecciones, había dos que su padre trató con la mayor seriedad y cuidado de todos: la defensa, y el secreto que nadie jamás debía descubrir.

Al terminar de revisar el riego y el estado de las hortalizas, regresó al patio trasero, donde tenía colgado un arco de madera de tejo, tallado por su propio padre especialmente para él. Lo tomó entre sus manos: era pesado, perfectamente equilibrado, hecho para su altura y su fuerza exactas. Antes de empezar, se soltó la trenza para que el pelo le cayera libre y pudiera moverse sin enredos. Tomó una flecha con plumas de águila que él mismo había recogido y preparado, tensó la cuerda hasta llegar justo al punto que le habían enseñado, fijó la mirada en el blanco de paja a cincuenta pasos de distancia y soltó. La flecha se clavó justo en el centro. Hizo lo mismo diez veces más, sin fallar ni una sola vez.

—El arco no perdona el miedo ni la distracción —recordó la voz de su padre—. Sirve para cazar lo que necesites para comer, y sirve para mantener alejado lo que quiera hacerte daño. Úsalo siempre con respeto.

Después dejó el arco y tomó su espada de madera, y luego la de acero pulido y afilado como una hoja de cristal. Repitió las secuencias de esgrima tradicional mil veces vistas y practicadas hasta el cansancio: posturas, bloqueos, golpes, movimientos rápidos y también aquellos pensados para resistir mucho tiempo en combate. Aprendió a moverse con soltura aunque su cabello fuera largo, usándolo incluso a veces como una forma de distracción o de ocultar sus gestos. Le enseñó también a usar el terreno a su favor: dónde esconderse, cómo rodear a un rival, cómo escapar sin ser visto si las cosas salían mal. Todo eso por si llegaba el día en que la seguridad de su aislamiento terminara.

Y justo cuando el sol ya iluminaba todo el valle, llegó el momento de la parte más especial de su preparación. Se fue a un rincón apartado entre los árboles, donde nadie pudiera verlo ni siquiera por casualidad. Cerró los ojos, se concentró profundamente y sintió cómo todo su ser cambiaba poco a poco. Su estatura varió levemente, sus rasgos se suavizaban, su cabello crecía aún más largo y caía abundante por sus hombros, su vestimenta parecía adaptarse a esa nueva forma sin dejar de ser la misma tela. Cuando abrió los ojos, frente al reflejo en el agua del arroyo que corría por allí, ya no era el mismo chico de siempre: era una chica idéntica a él en todo lo esencial, con su misma inteligencia, su misma fuerza, su misma destreza con el arco y la espada. Podía vivir, actuar, trabajar y defenderse perfectamente así, durante días o semanas enteradas si fuera necesario.

Su padre le explicó que esa capacidad era un don y al mismo tiempo una carga pesada: provenía de una condición que llevaban en la familia y que debía mantenerse oculta a toda costa.

—Si alguien descubre lo que eres capaz de hacer, no te dejarán en paz jamás —le dijo mientras le acomodaba su largo cabello por última vez antes de morir—. Te querrán estudiar, usar o cazar. Esta segunda forma no es un juego ni un capricho: es tu refugio secreto, tu escudo, tu salvación cuando todo lo demás falle. Aprende a ser tú mismo siendo los dos, y nunca dejes que ninguno de los dos se sienta extraño en su propia piel.

Woo-jin probó esa identidad un rato más: tensó el arco igual de bien, cortó leña con la misma facilidad, caminó con paso firme. Se sentía bien, se sentía completo. No importaba si era chico o chica, si su cabello caía hasta la espalda o más abajo: siempre era él, Choi Woo-jin. Cuando terminó, volvió poco a poco a su apariencia habitual, recogió de nuevo su cabello en la trenza y guardó las herramientas.

Al mediodía preparó su comida con calma: arroz integral, verduras recién arrancadas, un poco de hongos que había recolectado ayer y un trozo de salmón ahumado que guardaba desde el otoño. Mientras comía repasaba mentalmente las reservas: harinas, legumbres, sal, azúcar, aceites, hierbas medicinales, ropa de abrigo, cuerdas, cerillas y todo lo necesario para sobrevivir varios años sin recibir nada de fuera. Todo estaba contado, ordenado y revisado cada semana, tal como su padre le enseñó a hacer.

Pasó la tarde leyendo tratados de botánica y apuntando nuevas formas de conservar alimentos, y luego bajó hasta la puerta sellada del sótano. Allí descansaba todo el trabajo secreto de su padre, los informes, las pruebas y las verdades que él se llevó consigo a esta montaña. La cera seguía intacta, y él respetaba la orden: no abrirla hasta que el mundo fuera otro.

Cuando la tarde caía, encendió la vieja radio de válvulas y giró el dial buscando alguna voz, alguna noticia, alguna señal de vida del resto del país. Solo encontró ruido, silencio y más ruido. Así había sido desde que él recordaba.

Antes de dormir, revisó una vez más que todas las puertas estuvieran bien atrancadas, que las trampas colocadas alrededor del recinto funcionaran correctamente y que el fuego de la chimenea estuviera apagado con seguridad. Se soltó el cabello, se miró al espejo, tocó su propio rostro y susurró:

—Todo sigue bien, papá. Todo sigue tal como me enseñaste.

Aún no podía saber que esos días tan tranquilos y siempre iguales estaban a punto de terminar, que el mundo más allá de las montañas llevaba mucho tiempo sumido en la tragedia, y que muy pronto tendría que poner a prueba absolutamente todo aquello que su padre se esforzó tanto por enseñarle.

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😈 Hunter. 😈
¡Me encantó!
¡Quiero más capitulos!. 🥰
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