Una carta, una vieja dirección y una pesada maleta de cuero cambian el destino de Borans para siempre. Esta es la historia de una pequeña que, con su dulce inocencia, transforma por completo la vida de su papá, obligándolo a dejar el mundo de la delincuencia para entregarlo todo por ella. ¿Podrá el amor de una hija salvar a un hombre de su propio pasado?
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Capitulo 12
Esa mañana, mientras la pequeña Zerimar se encontraba en la escuela, la vida continuaba su rumbo en otros rincones de la ciudad. Lejos del bullicio de las aulas, el ambiente en el cementerio era frío y silencioso. Seinec caminaba lentamente entre las lápidas hasta detenerse frente a la tumba de su pequeña hermanita, Sedap. Con el corazón encogido, se agachó con cuidado para colocar un hermoso ramo de flores frescas sobre el mármol frío.
—Feliz cumpleaños, mi querida hermanita —dijo Seinec con la voz rota, mientras las primeras lágrimas comenzaban a resbalar por sus mejillas.
Con un pedazo de tela, comenzó a limpiar con delicadeza el polvo y las hojas secas que se habían acumulado en el lugar. El dolor seguía tan vivo como el primer día.
—Lo siento mucho... Siento tanto que estés aquí —susurró, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta. Se puso en pie, miró la lápida fijamente y añadió—: Perdóname.
En ese instante, el peso de la culpa activó un doloroso recuerdo en su mente. Se vio a sí misma años atrás, caminando por la acera mientras hablaba animadamente por teléfono, completamente distraída. Detrás de ella, su pequeña hermanita la seguía felizmente montada en una bicicleta.
—Lo sabía, debí suponer que algo así pasaría —decía la Seinec del pasado a través del celular, ignorando por completo su entorno—. ¿Ah, sí? ¿Y ella qué le respondió? No te creo, ¿de verdad dijo eso? En serio, estás loca.
—¡Hermana! ¡Hermana! ¡Hermana! —llamaba la pequeña Sedap desde el otro lado de la calle, donde se había detenido con su bicicleta, esperando a que Seinec le prestara atención.
Pero Seinec seguía absorta en su conversación, cruzando la calle sin mirar atrás.
—La verdad ya no me interesa, no me importa lo que ella diga —continuaba diciendo por el teléfono.
—¡Hermana, hermana! —insistía la niña.
Desesperada por no quedarse atrás, la pequeña Sedap decidió avanzar y cruzar la calle en su bicicleta. De repente, el chirrido ensordecedor de los frenos de un auto y un grito desgarrador rompieron el aire.
Fue en ese microsegundo que Seinec reaccionó. Soltó el teléfono y volteó horrorizada, gritando con todas sus fuerzas:
—¡Sedap!
Pero lamentablemente, ya era demasiado tarde.
El doloroso recuerdo se disipó, trayendo a Seinec de vuelta al presente. Rompió a llorar amargamente frente a la tumba de la niña, tapándose el rostro con las manos. Al cabo de unos minutos, con los ojos hinchados, desvió la mirada hacia el lado. Allí se encontraba otra lápida: la de su padre.
Seinec se acercó un poco y, con profunda tristeza, susurró:
—Nunca me perdonaste, ¿verdad, papá?
Sin poder contener más el llanto, dio la vuelta y se marchó del cementerio, dejando atrás las sombras de su pasado.
Por otro lado, la realidad de Borans no era mucho más alentadora. En otra parte de la ciudad, se encontró con su fiel amigo Ogur, quien al verlo llegar con cara de pocos amigos y notablemente cansado, no pudo evitar reclamarle:
—¿Dónde has estado? ¡Ya es mediodía!
—Acabo de despertar —respondió Borans, arrastrando los pies—. Estoy molido, me duele todo el cuerpo.
Ogur lo miró con curiosidad y una pizca de picardía.
—¿Y dónde se quedaron a dormir? ¿Acaso fueron a un hotel?
Borans soltó una carcajada sarcástica, llena de frustración.
—Claro, un hotel... ¿Con qué dinero, genio? Tuvimos que armar una tienda de campaña improvisada y meternos en el auto.
La sonrisa de Ogur se borró, cambiando a una expresión de genuina lástima.
—Sabes... siento mucha pena por esa niña.
—¿Y yo qué? —reclamó Borans, señalándose a sí mismo—. Yo también estoy en el fango. Quizás pronto se dé cuenta de la situación y se vaya de una vez por todas.
—Sí, tal vez eso sea lo mejor para los dos —coincidió Ogur.
—El problema es que ella se adapta a cualquier condición —comentó Borans, suspirando—. Se cree un adulto, actúa como si entendiera todo.
Ogur soltó una pequeña risa, tratando de aligerar el ambiente.
—Sí, es cierto. Eso lo heredó de su papá.
—Oye, ¡no me llames papá! —protestó Borans de inmediato, pero un repentino dolor lo hizo quejarse—. ¡Ahhh, mi cuello!
—¿Qué tienes? ¿Una fractura? Déjame ver —dijo Ogur, acercándose rápidamente para empezar a hacerle un masaje en los hombros.
—¿Qué haces? ¿Quién te crees que eres? —gritó Borans, forcejeando para quitárselo de encima—. ¡No, déjame! No quiero tus masajes. Si de verdad quieres ayudarme, mejor invítame a comer, que me muero de hambre.
Ogur se cruzó de brazos, sonriendo con suficiencia.
—Pues es tu día de suerte, amigo. Mi mamá me dio dinero por arreglarle el jardín, y me dejó un extra para el transporte.
Borans miró al cielo, fingiendo una falsa alegría.
—¿En serio debería sentirme afortunado? Veamos: tengo que cuidar a una niña, por su culpa estamos en la ruina absoluta, me echaron de mi propia casa... y mi mejor amigo tiene 40 años pero sigue recibiendo dinero de su madre. ¡Vaya, qué suerte tengo! Si esto sigue así, voy a explotar de pura felicidad.
—Oye, si te vas a poner de ese plan tan cínico, ni te pago la comida ni hago nada por ti —advirtió Ogur, ofendido.
—No te ofendas, amigo, solo estoy diciendo la realidad —se disculpó Borans, bajando la guardia.
—Lo arreglaremos, Borans. Hemos estado en situaciones peores que esta y siempre encontramos una salida —le animó Ogur con optimismo.
—Está bien, pero antes... invítame a comer, ¿sí? Por favor.
—Está bien, vamos —cedió Ogur. De pronto, Borans lo detuvo poniéndole una mano en el pecho.
—Espera, espera... ¿Conseguiste lo que te pedí?
Ogur metió la mano en su chaqueta, sacó unos papeles doblados y se los extendió.
—Aquí está.
Borans los tomó rápidamente con manos temblorosas.
—Déjame ver...
Al desdoblar las hojas, sus ojos se clavaron en el encabezado del documento. Era un informe oficial del servicio social. El destino de la pequeña estaba escrito en letras grandes: Orfanato.