En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer
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CAPÍTULO 5: Pequeños momentos que lo eran todo
A veces pienso que la felicidad verdadera no se hace de grandes acontecimientos, sino de esos momentos pequeños que se repiten día tras día, sin que uno se dé cuenta de lo valiosos que son hasta que ya no están.
Así eran nuestros días en esa época: simples, ordenados, llenos de detalles que para cualquiera podían parecer sin importancia, pero que para nosotros construían el mundo más completo y seguro que podíamos imaginar.
Al volver del colegio, nuestra casa nos recibía siempre con la misma calma.
Las cortinas estaban entreabiertas para que entrara la luz del sol de la tarde, que se filtraba en rayos dorados por todas las habitaciones.
En el comedor, la mesa ya estaba lista para la merienda que nos preparaba la empleada de la casa, aunque muchas veces preferíamos hacerlo nosotros mismos: Nicole preparaba pasteles o jugos de frutas naturales, y yo me encargaba de servirlo todo con cuidado, como si fuera un banquete especial.
Después de comer, nos sentábamos en el escritorio amplio que teníamos en la sala de estudio.
Allí pasábamos dos o tres horas repasando lo aprendido en clase y haciendo las tareas. El lugar era cómodo, con sillas acolchadas, buena iluminación y estanterías llenas de libros de texto, enciclopedias y novelas que nos gustaba leer en los ratos libres.
Nicole, con su letra clara y ordenada, tomaba apuntes y decoraba los márgenes de sus cuadernos con dibujos sencillos de flores y corazones, siempre usando lápices de tonos rosados y claros.
Yo, en cambio, escribía con más firmeza, usaba carpetas y bolígrafos de color negro, y organizaba todo con un orden que a ella le parecía excesivo pero que respetaba y aceptaba con una sonrisa.
Cuando terminábamos de estudiar, venía la parte que más nos gustaba: el tiempo libre.
A veces nos sentábamos en el amplio jardín que rodeaba la casa, donde crecían árboles frondosos y flores de todos los colores.
Allí nos sentábamos en un banco de madera bajo la sombra, tomados de la mano, y hablábamos de todo lo que se nos ocurría.
Nos contábamos cómo nos imaginábamos la vida cuando fuéramos mayores: queríamos seguir estudiando, tener una casa aún más grande, viajar por diferentes lugares de Chile y del extranjero, formar una familia y envejecer juntos, sin separarnos nunca.
Eran sueños sencillos, pero los sentíamos tan posibles como si ya estuvieran escritos.
Otras tardes nos quedábamos dentro de casa.
Encendíamos la televisión de pantalla grande y veíamos películas o programas que nos gustaban, sentados en el sofá amplio de la sala.
Nicole se recostaba sobre mi hombro, y yo le pasaba la mano por el cabello rubio que brillaba con la luz de la lámpara.
El ambiente siempre estaba armonioso: ella había colocado almohadas y manteles de color rosa por todos lados, y yo había elegido los muebles y los marcos de las ventanas en tonos oscuros y negros, creando un equilibrio que nos hacía sentir que cada rincón era nuestro.
Por las noches, después de cenar con tranquilidad, nos preparábamos para descansar.
Entrábamos al baño espacioso y llenábamos el jacuzzi con agua tibia y sales aromáticas.
Nos metíamos allí, en el silencio de la casa, y dejábamos que el agua caliente relajara nuestros músculos y alejara cualquier cansancio.
Era el momento más íntimo del día: nos mirábamos a los ojos, yo en los suyos de color verde intenso, ella en los míos de tono grisáceo, y nos decíamos lo mucho que nos necesitábamos.
Nos asegurábamos mutuamente que nada cambiaría, que nuestra confianza era total y que ningún problema sería más fuerte que lo que sentíamos el uno por el otro.
Nuestras familias nos visitaban casi cada fin de semana.
Mis padres llegaban a almorzar o a cenar, y los de Nicole hacían lo mismo.
Todos nos felicitaban por lo bien que nos llevábamos, por lo responsables que éramos y por el ambiente tan bonito que habíamos logrado crear.
Nos decían que éramos un ejemplo para otros jóvenes, y nos animaban a seguir así, cuidándose y respetándose siempre.
Con todo ese respaldo, con todo lo que teníamos y con ese amor que crecía cada día, nos sentíamos realmente invencibles.
En ese momento, con catorce años y medio cumplidos, no había espacio para las dudas ni para los miedos. Vivíamos en una burbuja perfecta, protegida por el cariño, la comodidad y la confianza.
No podíamos imaginar que, a pocos metros de nuestra casa, en las mismas calles del barrio, ya se estaban sembrando las semillas de la desconfianza, y que pronto llegarían palabras que intentarían romper esa calma que nos parecía eterna.
Pero por ahora, seguíamos viviendo día a día, disfrutando cada instante de ese mundo que habíamos construido solo para nosotros.