Hay personas que llegan a tu vida haciendo ruido, otras que lo cambian todo en el silencio.
Libra nunca imaginó que una conversación sobre Saturno pudiera convertirse en el comienzo de la historia más importante de su vida. Entre recreos, paseos después de clase, chocolates calientes, bancos de madera y amaneceres compartidos, conocerá a Acuario, un chico que tiene la extraña habilidad de encontrar belleza en los pequeños detalles y de hacer sentir especiales a quienes lo rodean.
Mientras el tiempo avanza y el final del curso se acerca, ambos descubrirán que crecer significa aprender a convivir con los cambios, con el miedo a perder lo que amas y con las palabras que, a veces, nunca llegan a decirse.
Porque algunas historias de amor no nacen con un beso.
Nacen con una conversación que parecía insignificante.
Con una fotografía tomada sin avisar.
Con una promesa hecha entre risas.
Con dos personas que, sin darse cuenta, empiezan a convertirse en el hogar del otro.
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Capítulo 8 - Lo que nadie veía
Dicen que conoces a una persona cuando sabes cómo es en sus peores días.
No cuando ríe.
No cuando todo le sale bien.
No cuando el mundo parece estar de su lado.
Sino cuando deja de fingir que está bien.
El problema era que Acuario nunca dejaba de sonreír.
Y eso hacía muy difícil saber qué escondía detrás de aquella alegría inagotable.
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Después de aquella conversación hasta las tres de la madrugada, algo cambió entre ellos.
No fue un cambio evidente.
No empezaron a caminar de la mano.
Ni a sentarse juntos cada minuto del recreo.
Ni mucho menos dejaron de lanzarse bromas.
Desde fuera, cualquiera habría dicho que todo seguía exactamente igual.
Pero ellos sabían que no.
Ahora había una complicidad nueva.
Pequeña.
Silenciosa.
Invisible para los demás.
Cuando se cruzaban por el pasillo ya no hacía falta decir nada.
Una sonrisa bastaba.
Cuando uno llegaba al recreo, el otro levantaba la cabeza casi de inmediato.
Y si alguno faltaba un día, el ambiente perdía algo que ninguno sabía explicar.
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Aquella semana el instituto organizó unas jornadas deportivas.
Las clases terminaban antes y el patio estaba lleno de alumnos participando en distintos juegos.
Algunos jugaban al fútbol.
Otros al voleibol.
Había carreras, concursos y música sonando desde unos altavoces viejos que parecían pedir la jubilación.
—¿Vais a apuntaros a algo? —preguntó Leo.
—Yo paso —respondió Capricornio.
—Yo también —añadió Escorpio.
Acuario levantó la mano como si estuviera en clase.
—Yo sí.
—Eso ya lo sabíamos.
—¿Por qué?
—Porque si pudieras competir hasta respirando, también lo harías.
Todos rieron.
—¿Y tú? —preguntó él mirando a Libra.
Ella negó con la cabeza.
—Prefiero mirar.
—Qué aburrida eres.
—Qué pesado eres.
—Eso también.
Era su forma de hablar.
Como si cada frase necesitara una respuesta.
Como si ninguno quisiera dejar que la conversación terminara.
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Las pruebas comenzaron.
Acuario participó en una carrera de relevos.
Después en un concurso de tiros a canasta.
Y terminó apuntándose a un partido improvisado de fútbol.
—Este chico está loco... —murmuró Libra.
Capricornio sonrió.
—Le sobra energía.
Ella no respondió.
Lo observaba correr de un lado a otro con esa facilidad que tanto le llamaba la atención desde el primer día.
No parecía cansarse nunca.
Era como si hubiera nacido para estar en movimiento.
Cada vez que marcaba un punto levantaba los brazos exageradamente.
Si fallaba, se reía de sí mismo antes de que pudiera hacerlo cualquier otro.
Siempre encontraba el lado divertido de todo.
Y eso hacía que fuera imposible no mirarlo.
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El partido terminó con una victoria ajustada.
Todos comenzaron a aplaudir.
Acuario caminó hacia la banda completamente empapado en sudor.
Respiraba con dificultad.
Seguía sonriendo.
Pero, durante apenas unos segundos, ocurrió algo extraño.
Pensó que nadie lo estaba mirando.
Se dejó caer sobre un banco.
Apoyó los codos sobre las rodillas.
Y bajó la cabeza.
Su sonrisa desapareció.
No parecía triste.
Parecía...
Cansado.
Muy cansado.
Como si llevara demasiado tiempo sosteniendo un peso invisible.
Libra dejó de escuchar la conversación de sus amigos.
Algo en aquella imagen le llamó la atención.
No sabía exactamente qué.
Solo tenía claro que aquella expresión no era la misma que enseñaba siempre.
Duró muy poco.
Un profesor se acercó para felicitar al equipo.
Acuario levantó la cabeza.
Y la sonrisa volvió a aparecer.
Como si nunca se hubiera marchado.
Pero Libra ya la había visto.
Había visto lo que ocurría cuando nadie lo observaba.
Y esa imagen no dejó de perseguirla durante el resto del día.
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—¿En qué piensas?
La voz de Capricornio la sacó de sus pensamientos.
—En nada.
—Mientes fatal.
—¿Tanto se nota?
—Muchísimo.
Libra dudó unos segundos.
—¿Tú nunca has tenido la sensación de que alguien parece feliz todo el tiempo... pero no lo está?
Capricornio frunció ligeramente el ceño.
—¿Hablas de Acuario?
Ella no respondió.
No hacía falta.
—No lo sé —contestó finalmente—. Siempre lo he visto igual.
Libra volvió la vista hacia las pistas.
Él estaba riéndose otra vez con Leo.
Haciendo el tonto.
Como siempre.
Quizá estaba imaginando cosas.
Quizá simplemente había tenido un momento de cansancio.
Pero una pequeña voz dentro de ella seguía diciéndole que no.
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Aquella noche no hubo conversación hasta las tres de la mañana.
Solo unos cuantos mensajes.
A las once, el grupo empezó a despedirse.
Uno tras otro fueron desapareciendo.
Hasta que solo quedaron ellos.
—Hoy estás muy callada —escribió Acuario.
—¿Sí?
—Mucho.
Libra sostuvo el móvil unos segundos.
Podía preguntarle.
Podía decirle que lo había visto en el patio.
Que aquella sonrisa había desaparecido por un instante.
Pero sintió que todavía no tenía derecho.
Apenas se conocían.
Había preguntas que necesitaban tiempo.
Así que respondió otra cosa.
—Estoy cansada.
—Yo también.
—¿Has sobrevivido al deporte?
—Por los pelos.
—Normal. Has querido participar en todo.
Él envió un emoji riéndose.
Después escribió:
—No sé quedarme quieto.
Libra sonrió.
"Eso ya lo sé."
Pasaron unos minutos sin que ninguno escribiera.
Hasta que apareció un nuevo mensaje.
—Gracias.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Por venir hoy.
No entendió la respuesta.
—Todos hemos ido.
—Ya...
Llegó otro mensaje.
—Pero tú estabas allí.
Libra releyó aquella frase varias veces.
Era extraña.
Sencilla.
Y, sin embargo, escondía algo que no terminaba de comprender.
Decidió no preguntar.
Solo respondió:
—Siempre que pueda, estaré.
Envió el mensaje antes de pensar demasiado.
Cuando se dio cuenta de lo que había escrito, ya era tarde.
Se quedó mirando la pantalla esperando haber dicho demasiado.
La respuesta tardó casi un minuto.
—Me alegro.
Solo eso.
Dos palabras.
Pero bastaron para acelerar un corazón que empezaba a acostumbrarse peligrosamente a él.
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Aquella noche, antes de dormir, Libra volvió a mirar por la ventana.
El cielo estaba completamente despejado.
Miles de estrellas iluminaban la oscuridad.
Sonrió.
Recordó que Acuario siempre hablaba del espacio con una ilusión casi infantil.
De planetas.
De galaxias.
De constelaciones.
Decía que, cuando miraba al cielo, entendía lo pequeño que era el mundo.
Ella nunca se había parado a pensarlo.
Hasta ahora.
Levantó la vista una vez más.
Quizá por eso las estrellas brillaban tanto.
Porque incluso rodeadas de oscuridad eran incapaces de dejar de hacerlo.
Y, sin saber por qué, aquella idea le recordó a Acuario.
A ese chico que iluminaba cualquier lugar al que llegaba.
Aunque empezaba a sospechar que, cuando nadie lo veía...
También tenía noches muy oscuras.