El destino trajo de vuelta a quien el corazón nunca había dejado de esperar.
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Capítulo 4 Coincidencias que parecen no tener fin
Pasaron los primeros días y me fui acomodando despacio, procurando no llamar demasiado la atención, moviéndome por cada rincón con la naturalidad de quien nunca se ha ido.
Me levantaba siempre un poco antes de que despertaran, para no interrumpir su sueño, y entraba a la cocina sabiendo de memoria dónde estaba cada cosa: la taza que él usaba siempre, el tarro de miel que guardaba en el estante bajo, el vasito pequeño para servirle la leche tibia a la niña sin que se le enfriara.
Lo hacía sin pensarlo, guiándome solo por lo que mi alma no había podido olvidar.
Una mañana, cuando ya tenía todo listo sobre la mesa, entró Nicolás con la camisa desabotonada y el cabello revuelto, todavía medio dormido.
Se detuvo en seco al ver la taza humeante, y luego me miró con sorpresa.
—Lo has preparado justo como me gusta.
Ni muy cargado, ni muy suave, con solo esa cucharada de miel.
Incluso mi madre a veces se equivoca y le pone azúcar.
—Solo calculé que así te gustaría —respondí bajito, sin levantar mucho la vista—.
No es nada difícil.
—Es curioso —dijo él tomándola y dándole un sorbo—, pero nada más.
Supongo que es pura coincidencia.
Ese día tenía muchas reuniones en su oficina de arquitectura.
Revisaba planos de obras grandes, atendía clientes y debía salir temprano.
De pronto empezó a caminar de un lado a otro, buscando con la mirada sobre el escritorio y los estantes.
—No encuentro el estuche de lápices especiales.
Son muy importantes, me sirven para trazar los primeros bocetos.
Hace mucho tiempo que los guardé en algún lugar seguro y ahora no recuerdo bien dónde.
Revisó cajones, detrás de los libros, hasta dentro del mueble del comedor, y nada.
Yo me acerqué sin hacer ruido, moví el tercer libro de la estantería izquierda —el que tenía la portada azul oscuro—, metí la mano en el pequeño hueco que habíamos dejado allí años atrás y saqué el estuche de cuero marrón.
Se lo extendí con suavidad.
Él se quedó con la mano suspendida en el aire, mirándome primero a mí y luego al objeto.
—¿Cómo pudiste saber que estaba allí?
Ni siquiera yo lograba recordarlo.
Nadie más en esta casa sabía de ese escondite.
—Ayer al limpiar pasé por aquí y se movió el libro solo —dije con calma—, lo vi sin buscarlo.
—Qué suerte tan extraña —murmuró él, tomándolo sin darle más vueltas—.
Gracias, Valeria.
De verdad, me salvaste la mañana.
Se marchó apurado, pero sin dejar de pensar un instante en quién podría ser yo, sin cruzar ni por un segundo la idea imposible de que estuviera frente a quien buscaba.
Por la tarde salimos al jardín.
La niña corría persiguiendo una mariposa, y yo me detuve mirando los arbustos: solo había rosas rosadas, nada más.
Ninguna otra flor, ninguna planta de distinto color.
La pequeña llegó hasta mí señalando con su dedito.
Muy contenta mi papá me contó que a mi mamá le gustaba eso.
—Y también —siguió ella muy contenta— decía que amaba los colores claros: el celeste como el cielo, el lila como la tarde y esta rosa suave.
Por eso compró las cortinas así, y las sábanas de mi cama.
—Tu mamá tenía muy buen gusto —le respondí con la voz un poco emocionada.
Al caer la tarde regresó Nicolás.
Traía el traje un poco arrugado y una expresión de gran cansancio, pero al vernos junto al rosal sonrió levemente.
Nos sentamos los tres en el banco de madera y él dijo.
—Me contó la niña de lo que hablaban.
Es otra cosa que parece coincidir contigo. Pero no le doy más importancia.
Será que te gusta lo mismo que a ella, nada más.
—Seguramente es así —dije yo.
—También noto —siguió él— que sabes dónde guardamos las toallas, qué comida prefiere la niña para no dejarla, incluso cómo abrocharle bien los zapatos para que no le duelan los pies.
Te mueves aquí como si lo hubieras hecho mil veces.
—Solo trato de estar atenta —respondí sencillamente—.
Me gusta cuidar bien las cosas y a las personas.
Él asintió satisfecho, sin ninguna sospecha en su corazón.
No me comparaba con ella, no buscaba secretos imposibles, solo veía en mí a una joven amable, atenta y cariñosa que les había llegado justo cuando más lo necesitaban.
—Y eso es mucho —dijo poniendo su mano sobre el respaldo del banco—.
Gracias por estar así.
Desde que llegaste todo es más tranquilo.
No te pregunto más cosas raras, ni busco explicaciones que no hay.
Me basta con que estés aquí, con que la cuides bien y con que te sientas cómoda tú también.
Se levantó para ir a preparar algo de comer, y yo me quedé un momento mirando las rosas rosadas, respirando hondo para calmar los latidos fuertes de mi pecho.
Sabía que debía seguir así, muy despacio, sin apresurar nada, dejando que el tiempo fuera tejiendo su red poco a poco.
Aún faltaba mucho camino antes de que pudiera saber la verdad, y yo debía tener paciencia infinita, hasta que llegara el momento en que ya no pudiera ocultarme más.