Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.
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Capítulo 12: El Juramento del Caballero Abisal
En las profundidades del Reino Infernal (o el infierno, por cómo era conocido en el reino humano), el cielo era un vórtice eterno de nubes negras y relámpagos carmesí, el Caballero Vorath se encontraba de pie sobre la Meseta de las Mil Espinas. El viento ardiente azotaba su armadura de obsidiana viva, una coraza que parecía respirar y latir con venas de magma oscuro. Vorath medía casi tres metros de altura, con cuernos curvados hacia atrás como coronas de muerte y ojos que ardían con un fuego violeta profundo. No era un demonio cualquiera. Era un Caballero Abisal, uno de los señores menores del Enjambre Eterno, forjado en las guerras antiguas contra los ángeles caídos y pulido por milenios de traiciones y conquistas.
Desde su posición elevada, observaba las legiones que se extendían hasta donde su vista demoníaca alcanzaba. Cientos de miles de zánganos se movían como un mar vivo de caparazones negros y alas membranosas. Sus chasquidos y zumbidos creaban una sinfonía caótica que para cualquier oído humano sería enloquecedora, pero para Vorath era música de orden y propósito.
«Finalmente», pensó, su voz interna resonando como grava ardiente. «El velo se ha debilitado lo suficiente. Esos idiotas mortales en sus torres de cristal creyeron que podían jugar con nuestras fisuras. Solo abrieron la puerta.»
Vorath descendió de la meseta con pasos que hacían temblar el suelo cristalino negro. Sus garras, envueltas en guanteletes de hueso demoníaco, se cerraban y abrían con anticipación. Había esperado siglos en las sombras del Abismo Medio, alimentándose de las almas débiles que lograban filtrarse. Ahora, el momento de la cosecha masiva se acercaba.
Llegó al centro del campamento principal, donde sus lugartenientes ya lo esperaban. Eran cinco:
- **Szarath**, la Reina de los Zánganos, una entidad colosal con seis alas y un abdomen hinchado lleno de huevos parasitarios.
- **Korrag**, el Rompe almas, un demonio de fuerza bruta con martillos hechos de huesos de gigantes caídos.
- **Lilithra**, la Susurrante Mayor, maestra de ilusiones y miedo mental.
- **Vexor**, el Envenenador, cuya sangre era ácido puro y cuya presencia corrompía la tierra.
- **Tharok**, el Portador de Portales, un ser etéreo capaz de estabilizar fisuras desde este lado.
Vorath levantó una mano y el zumbido de los zánganos se redujo a un murmullo respetuoso.
—Hermanos del Abismo —tronó su voz, amplificada por magia ancestral para llegar a todas las legiones—. Los mortales han cometido el error que esperábamos. Sus corporaciones codiciosas amplificaron las fisuras con sus juguetes tecnológicos. Creyeron que controlaban el flujo. Solo liberaron el enjambre. Ahora, nosotros responderemos con verdadera invasión.
Szarath inclinó su cabeza bulbosa.
—Mis hijos zánganos ya han probado la carne de ese mundo, mi señor. Son débiles. Su miedo es dulce. Pero hay anomalías. Una presencia en los barrios bajos… algo que destruyó doce nidos con fuerza sísmica.
Vorath entrecerró sus ojos violetas. Había sentido esos impactos incluso desde el Reino Infernal. Como ondas que cruzaban el velo.
—Una anomalía interesante. Probablemente una de sus “santas” o un cazador exaltado. No importa. Cuando crucemos en masa, ni siquiera eso podrá detenernos.
Caminó entre las filas de zánganos. Miles de ellos se apartaban con reverencia. Algunos eran simples drones: criaturas delgadas, rápidas, con aguijones venenosos y mandíbulas capaces de atravesar acero. Otros eran zánganos elite, más grandes, con caparazones reforzados y capacidad de escupir ácido corrosivo. Vorath tocaba algunos con su garra, infundiéndoles un fragmento de su propia esencia abisal. Cada toque hacía que sus ojos brillaran con mayor intensidad.
—Vosotros sois el primer oleaje —les dijo—. No conquistaréis. Debilitaréis. Infectaréis. Haréis que el miedo se propague como plaga. Mientras los mortales se dividen entre sus corporaciones y su Iglesia débil, nosotros creceremos en sus sombras.
Korrag golpeó el suelo con su martillo, creando una grieta que escupió lava.
—Quiero romper sus torres, mi señor. Quiero ver a esos humanos ricos aplastados bajo mis pies.
Vorath soltó una risa grave que resonó como trueno.
—Tu momento llegará, Rompealmas. Pero primero debemos ser inteligentes. Los mortales tienen armas benditas y tecnología. No los subestimemos como lo hicieron los señores menores en las invasiones pasadas. Esta vez, conquistaremos desde dentro.
Pasaron las siguientes horas en preparación detallada. Vorath reunió a sus lugartenientes en una cueva de obsidiana tallada con runas antiguas que brillaban con sangre fresca. Allí, proyectó un mapa holográfico del mundo humano obtenido a través de las fisuras.
—Mirad —señaló con una garra—. El Barrio Bajo 17 es nuestra puerta principal. Allí hay una alianza molesta: cazadores eclesiásticos e independientes. Pero también hay fisuras inestables que Tharok puede explotar.
Tharok, flotando ligeramente, asintió.
—Puedo abrir tres portales mayores en setenta y dos horas mortales. Suficientes para enviar cien mil zánganos y quinientos demonios mayores.
Lilithra sonrió con labios negros.
—Yo sembraré pesadillas en los refugios. Haré que los niños sueñen con nosotros. Haré que las madres entreguen a sus bebés por miedo.
Vexor goteaba ácido sobre el suelo, que siseaba al corroerse.
—Mis toxinas convertirán sus ríos en veneno. Sus cosechas en muerte.
Szarath ronroneó.
—Mis huevos parasitarios infectarán a los heridos. Convertirán a sus propios soldados en portadores.
Vorath escuchaba con satisfacción. Caminaba alrededor de la mesa, su armadura crujiendo con cada paso. Recordaba las guerras antiguas, cuando los reinos infernales habían estado cerca de conquistar planos enteros. Siempre fallaban por arrogancia. Esta vez sería diferente. Usarían la división humana a su favor.
—Hay una presencia que me intriga —admitió finalmente—. En el convento. Una hembra con energía carmesí. Destruyó nidos sin esfuerzo visible. Sentí su poder incluso aquí. No es una santa común. Puede ser una amenaza… o una oportunidad.
Korrag gruñó.
—¿La aplastamos primero?
—No —respondió Vorath—. La observamos. Si es tan fuerte, podría ser digna de corrupción. O de sacrificio. Su caída fortalecería nuestra causa.
La reunión se extendió. Vorath detalló estrategias durante horas. Dividieron las fuerzas en oleadas:
**Primera Oleada (Enjambre)**: Dos millones de zánganos para saturar defensas, destruir infraestructura y generar pánico masivo.
**Segunda Oleada (Corruptores)**: Demonios de posesión y susurrantes para infectar líderes humanos y corporaciones.
**Tercera Oleada (Asedio)**: Demonios mayores como Korrag y sus brutales para destruir torres y conventos.
Vorath caminó entre las legiones nuevamente, arreglándolas. Su voz retumbaba:
—¡Hijos del Abismo! ¡Por milenios hemos esperado mientras los mortales nos usaban como excusa para sus guerras! ¡Ahora cruzaremos! ¡Beberemos su miedo! ¡Devoraremos sus almas! ¡Y cuando el velo caiga por completo, este plano será nuestro!
Los rugidos y zumbidos fueron ensordecedores. Millones de alas batieron al unísono, creando un viento huracanado que levantó polvo negro.
Vorath se retiró a su sanctum personal: una torre de hueso y cristal negro en la cima de la meseta. Allí, se arrodilló frente a un altar hecho con cráneos de ángeles caídos. Canalizó energía oscura y proyectó su visión hacia el mundo mortal.
Vio los refugios. Vio a Mateo y Elena trabajando juntos. Vio a Marcus Hale en su torre, planeando. Y vio, por un instante, una figura solitaria en los barrios bajos: Verónica, caminando entre ruinas.
Sus ojos violetas brillaron con interés.
—Interesante… —murmuró—. Tienes poder, monja. Pero ¿será suficiente contra el Enjambre Eterno?
Pasó horas estudiando. Analizó las debilidades humanas: codicia de las corporaciones, divisiones políticas, miedo emocional. Planeó cómo explotarlas. Cómo hacer que la Iglesia pareciera inútil. Cómo convertir a los independientes en herramientas.
Sus tropas continuaban preparándose. Szarath ponía huevos en piscinas de brea. Korrag entrenaba a brutales rompiendo montañas. Lilithra tejía ilusiones en el aire. Vexor destilaba venenos. Tharok calibraba fisuras.
Vorath no descansaba. Caminaba por los campamentos, infundiendo lealtad y furia en sus soldados. Recordaba su propia ascensión: había sido un guerrero mortal traicionado por su rey, vendido al Abismo, y renacido como Caballero. Conocía el corazón humano. Sabía cómo romperlo.
—Esta vez —juró ante el vórtice del cielo—, no fallaremos. El mundo de los mortales arderá. Y de sus cenizas, levantaremos un nuevo reino.
Las legiones respondieron con un rugido que hizo temblar el propio Reino Infernal.
Mientras tanto, en el mundo humano, las fisuras palpitaban con mayor fuerza. Nadie sabía que un Caballero Abisal había fijado su mirada en ellos. Nadie excepto, quizá, una monja de mechas carmesí que sentía el peso de lo que se avecinaba.
Vorath sonrió con dientes afilados.
—Que comience la verdadera invasión.
**Preparativos Detallados**
Durante los siguientes “días” infernales (que equivalían a horas en el tiempo distorsionado del Abismo), Vorath supervisó cada aspecto.
Entrenó personalmente a un batallón de zánganos elite. Les enseñó a evitar fuego bendito y a atacar en formaciones que saturaban defensas. Les mostró cómo usar los cuerpos de los caídos como incubadoras.
Discutió tácticas con Lilithra durante largo rato sobre cómo corromper a los líderes de Helix y Eclipse. “Haz que se traicionen entre ellos”, le ordenó. “Su codicia es nuestra mejor arma”.
Con Korrag planeó el asalto a las torres. “No las destruyas inmediatamente. Haz que caigan lentamente, para que el terror se propague”.
Szarath reportó que podía producir cien mil huevos por ciclo. Vorath aprobó su uso en las primeras oleadas para infectar civiles.
Tharok abrió una fisura de prueba pequeña. A través de ella, Vorath pudo observar directamente el Barrio Bajo 17. Vio a Mateo y Elena patrullando. Sintió la energía residual de Verónica.
—Esa… —susurró—. Ella será clave.
Las horas se convirtieron en un torbellino de actividad. Forjas infernales producían armas. Portales se calibraban. Legiones se organizaban en divisiones. Vorath no dejaba nada al azar. Su inteligencia militar, forjada en milenios, era tan peligrosa como su fuerza bruta.
En su sanctum, se permitió un momento de reflexión.
«Los humanos creen que sus divisiones son su fuerza. No entienden que son su perdición.»
El Caballero Abisal se levantó. Su armadura brilló con poder renovado.
—Ha llegado la hora —declaró al vacío.
Las trompetas de hueso resonaron por todo el Reino Infernal. Millones de demonios respondieron.
La segunda fase de la invasión estaba lista para comenzar.