Sinopsis: Él pensó que se casaba con un monstruo. Ella pensó que compraba un peón. Ninguno imaginó que el verdadero peligro no vendría de sus enemigos en las calles de Sicilia, sino de la irresistible tensión de compartir la misma cama. Una viuda poderosa, un esposo indomable y una mano derecha celosa dispuesta a todo por destruirlos.
¿Estás lista para conocer a La Reina de la Mafia? Una nueva y adictiva historia de la escritora Rocío Duque.
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Desnudando el alma
El peso de la corona de Sicilia nunca se había sentido tan real, ni tan extrañamente ligero. Al cruzar de nuevo el umbral de la alcoba presidencial, el eco del disparo en Palermo todavía vibraba en el aire, pero la urgencia de la guerra había mutado en algo mucho más antiguo y voraz.
Alexander cerró la puerta, pero antes de que pudiera dar un solo paso hacia el mueble bar, Victoria se giró con la velocidad de un rayo. Sus ojos oscuros, encendidos por el triunfo y la adrenalina residual, brillaron con una determinación salvaje. Avanzó hacia él, rompiendo cualquier distancia protocolaria, y apoyando ambas manos en el firme pecho de su esposo, lo empujó con una fuerza inesperada nacida de la pura euforia.
Alexander, tomado por sorpresa por la audacia de su Reina, se dejó llevar, cayendo de espaldas sobre el amplio colchón cubierto de sábanas de seda.
Sin darle tiempo a reaccionar, Victoria se subió a la cama, posicionándose sobre él con una elegancia felina. Se inclinó despacio, dejando que sus ondas rubias rozaran las mejillas de Alex, y con una voz ardiente, un susurro que quemó la penumbra de la habitación, le preguntó:
—¿Dónde nos quedamos?...
La mirada gélida del operativo encubierto se transformó instantáneamente en un incendio. Un gruñido ronco escapó de la garganta de Alexander. La sumisión del esposo de conveniencia se evaporó por completo; el monstruo que Victoria había desatado reclamó su lugar.
Con un movimiento fluido, imponente y preñado de una fuerza brutal, Alex atrapó las muñecas de Victoria. Invirtió las posiciones en un parpadeo, girando sobre el colchón hasta dejar a la Reina atrapada debajo de su cuerpo, desarmada y en total sumisión bajo su anatomía masiva. Ella no opuso resistencia; al contrario, sus pupilas se dilataron al sentir el control absoluto de su protector.
—Nos quedamos justo aquí, mi Reina —respondió él con voz ronca, reteniendo sus manos sobre la cabecera de la cama con una sola de las suyas, mientras la otra mano comenzaba a delinear su silueta con una posesividad febril.
Entre caricias lentas que quemaban la piel y besos que sabían a victoria y a peligro, las últimas barreras que los separaban se derrumbaron. Bajo las sombras de la alcoba, despojados de los títulos y de las amenazas del clan, consumaron finalmente su matrimonio. Cada entrega, cada roce y cada gemido contenido no solo unió sus cuerpos, sino que selló de forma irrevocable una complicidad oscura, un pacto inquebrantable escrito con la misma intensidad con la que gobernaban Sicilia.
El silencio que siguió a la tormenta era espeso, casi sagrado. La luz de la luna siciliana se filtraba por los ventanales, dibujando líneas plateadas sobre la cama deshecha. Victoria descansaba con la cabeza apoyada en el pecho desnudo de Alexander, escuchando el latido acompasado y firme de su corazón, mientras los dedos de él jugueteaban distraídamente con los mechones de su cabello rubio. Las máscaras de la Donna y del soldado yacían en el suelo junto a la ropa.
Alexander dejó de mover los dedos. El ambiente cambió de golpe, volviéndose denso, no por el peligro exterior, sino por la vulnerabilidad inminente. Él exhaló un suspiro corto y giró levemente el rostro hacia ella. Sus ojos claros, siempre tan difíciles de descifrar, la miraban con una fijeza que la desarmaba.
—Victoria... —su voz fue un susurro grave, desprovisto de los títulos formales que usaba frente al clan—. Necesito saber algo. Lo que acaba de pasar aquí adentro... lo que borró a Matías en Palermo... ¿cómo vamos a continuar con esto?
Victoria alzó la vista, sosteniéndole la mirada, sintiendo una extraña punzada de alerta en el estómago. Alexander continuó, y sus palabras tuvieron el peso de una confesión que le costaba entregar:
—Necesito saber si esto que acabamos de firmar en la cama fue solo una válvula de escape, un arrebato pasional alimentado por la adrenalina de la sangre y el poder... o si realmente has comenzado a sentir lo mismo que yo. Porque para mí, Reina, esto dejó de ser un contrato y una misión hace mucho tiempo.
La pregunta quedó flotando en la penumbra de la alcoba, desnudando a Victoria mucho más de lo que Alexander lo había hecho unas horas antes. Ella era una Lombardi; le habían enseñado a gobernar, a castigar y a mandar, pero nadie la había preparado para responder ante el amor de un monstruo que le era completamente devoto.
Victoria guardó silencio por unos segundos que parecieron eternos, sintiendo el peso de esa mirada clara que la escudriñaba hasta el alma. Por primera vez en su vida, el orgullo aristocrático y las defensas que había construido para sobrevivir en un mundo de lobos se sintieron como una carga inútil.
Exhaló el aire despacio y, en lugar de apartarse, se incorporó ligeramente, apoyando una mano sobre el pecho firme de Alexander. Sintió el calor de su piel y la sutil tensión en sus músculos, esperando una respuesta que podía destruirlo o salvarlo.
—No fue la adrenalina, Alex —confesó Victoria en un susurro, y su voz, desprovista de la frialdad executive, sonó tan honesta que la sorprendió a ella misma—. Al principio pensé que podría manejarte como a una pieza más en mi tablero. Pero me equivoqué.
Le acarició la mejilla con una delicadeza inusual, delineando la línea de su mandíbula. Sus ojos oscuros se clavaron en los de él con una intensidad desnuda.
—Te metiste bajo mi piel desde el primer día, con esa lealtad silenciosa y esa oscuridad que me pertenece tanto como a ti. Si querías saber la verdad, aquí la tienes: te has convertido en mi única debilidad, Alexander, pero también en mi mayor fuerza. No sé qué somos ante el mundo, pero aquí adentro... ya no hay contratos. Siento exactamente lo mismo que tú.
Las últimas palabras murieron cuando Alexander, con el pecho henchido por una emoción incontenible, la atrajo hacia sí con urgencia. No hubo violencia, solo una devoción infinita en el beso con el que selló su confesión. La armadura de la Reina se había quebrado, pero en los brazos de su monstruo, se sentía más invencible que nunca.
¡Llegamos a uno de mis capítulos favoritos! Quería que sintieran esa mezcla de peligro, deseo y desconfianza absoluta que rodea a Victoria y Alexander. Llegar hasta aquí con ustedes, ver cómo reaccionan y cómo se sumergen en este romance oscuro está siendo un viaje increíble. Gracias por leer, por apoyar mis letras y por ser cómplices de este imperio. ¿Qué les pareció este encuentro? 🖤
Detrás de cada imperio hay secretos oscuros, y detrás de cada capítulo de La reina de la mafia, hay horas de entrega, pasión y un trozo de mi alma. Ya hemos dejado atrás 9 capítulos; hemos visto la frialdad, el poder, los conflictos internos y la tensión que rodea a nuestra reina y su entorno.
Solo quiero decirles: GRACIAS. Gracias por no dejarla sola en este camino tan peligroso, por morderse las uñas conmigo y por apasionarse con este universo tanto como yo. Su apoyo es el motor que me empuja a seguir escribiendo el destino de los Lombardi.
Prepárense, porque lo que viene va a sacudir los cimientos de todo lo que creen saber... Que tengan un día increíble. ☕🌹