A los 16 años, con 100,000 personas mirándome, sé que aquella niña de 9 años que quería ser youtuber no estaba loca, solo estaba adelantada . Y la persona que menos esperaba cambio mi destino
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Demasiada coincidencia
El ruido me arrancó del sueño como un tirón. No era un golpe ni un grito, era algo más sordo y continuo: arrastres, golpes contra el piso, voces apagadas. Parpadeé varias veces, confundida, hasta que la realidad se fue acomodando. Mi cuarto, la luz grisácea del amanecer filtrándose por la cortina, el teléfono aún boca abajo en la mesita de noche. Y ese ruido, insistiendo desde el pasillo.
Me levanté con cuidado, los pies aún descalzos sobre la madera fría. Caminé hasta la puerta principal y me asomé por la mirilla. El ojo de pez distorsionó la imagen: había varias cajas apiladas en el descansillo, y una figura delgada cargaba una lámpara de pie mientras otra persona, más mayor, sujetaba una caja de herramientas. Mi nuevo vecino, supuse. El que cargaba la lámpara giró un momento y pude verle la cara: no tendría más de veintitrés años, tal vez veinticuatro. Pelo oscuro, una gorra al revés, jeans rotos. Su ayudante, en cambio, parecía su padre o un tío, con canas y cara de pocos amigos.
"Qué raro que alguien se mude aquí", pensé, frunciendo el ceño. Vivo en un tercer piso sin ascensor, y los adultos mayores siempre maldicen las escaleras. Pero tal vez el chico solo consiguió un buen precio, o el departamento le pareció lindo. No le di más vueltas. Me aparté de la puerta, estiré los brazos sobre la cabeza y bostecé con ganas.
El desayuno fue automático: tostadas, café, un vaso de jugo. Mientras masticaba, mi mirada se posó en la carpeta donde había instalado el juego anónimo. El icono seguía ahí, inofensivo como una piedra. "Lo prometí", murmuré para mí. "Lo juego hoy."
Terminé de comer, me puse un hoodie cómodo y unos leggings viejos. El estudio me esperaba con la silla giratoria, la pantalla apagada, el micrófono en su soporte. Justo cuando iba a sentarme, escuché un golpe seco en la pared. La del lado, la que compartía con el nuevo vecino.
Me detuve. Miré la pared blanca y lisa. "Estarán colgando un cuadro", razoné. Mi mano tocó el respaldo de la silla, y por un segundo, algo en mi pecho se tensó. Una voz diminuta en mi cabeza susurró: "¿Y si el juego tiene algo que ver?" Pero la ahogué con un resoplido.
Encendí la computadora. Abrí OBS, ajusté el volumen del micrófono, y cuando el contador de espectadores comenzó a subir, sonreí frente a la cámara. La sonrisa no llegaba del todo a mis ojos, pero nadie lo notaría.
"Bueno, chicos", dije, moviendo el mouse hasta la carpeta del juego. "Hoy cumplo mi promesa."
Hice clic. La pantalla se puso negra. Y entonces, justo antes de que apareciera la imagen, volví a escuchar ese ruido. Pero no venía de la pared del vecino. Venía de la puerta de mi estudio, entreabierta como la noche anterior.
Me giré. No había nadie. Solo el pasillo vacío y la luz tenue de la mañana.
Cuando di la vuelta de nuevo, el juego ya había cargado. En el centro de la pantalla, una sola frase en blanco sobre fondo negro:
"Bienvenida, Valeria. Te estábamos esperando."
Mi corazón dio un salto. Pero respiré hondo, ajusté los auriculares y, con los dedos temblando ligeramente, presioné "Enter".