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El Amor Eterno Del Rey Vampiro

El Amor Eterno Del Rey Vampiro

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Amor en la guerra / Fantasía épica / Salvando al mundo
Popularitas:10.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Gloria Escober

**Una promesa sellada con sangre y eternidad.**

Tras la traición de su prometido, Cecil intenta concentrarse en lo único que siempre le ha dado sentido a su vida: la medicina. Como parte de una comisión médica de Oxford, viaja al reino de Kratos, sin imaginar que aquel viaje cambiará su destino para siempre.

Desde su llegada, extraños sueños y recuerdos que no le pertenecen comienzan a atormentarla. Al mismo tiempo, se siente inexplicablemente atraída por el rey Azharel, un hombre tan poderoso como enigmático, cuyos ojos parecen guardar el dolor de siglos enteros.

Lo que Cecil ignora es que su historia con Azharel comenzó mil años atrás, cuando él era un príncipe vampiro que renunció a todo por amor. Separados por la tragedia y la muerte, una promesa sellada con sangre y eternidad los mantuvo unidos a través del tiempo.

Ahora, mientras los secretos del pasado resurgen y antiguos peligros vuelven a despertar, Cecil deberá descubrir quién fue realmente y por qué el rey vampiro la mira como si hubiera esperado mil años para volver a verla.

Una apasionante historia de amor, destino y reencarnación, donde ni siquiera la muerte puede romper los lazos de un amor eterno.

NovelToon tiene autorización de Gloria Escober para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Que vampiro tan raro

Merida llegó a la entrada de la aldea.

Apenas la vieron aparecer entre la neblina de la mañana, el líder del pueblo levantó la voz.

—¡Es ella!

Sus dos amigos corrieron inmediatamente hacia ella.

—¡Merida!

—¿Dónde estabas?

—¡Te estuvimos buscando toda la noche!

Uno de ellos respiró profundamente, intentando calmarse.

—Escuchamos a los lobos.

—Pensamos que algo te había sucedido.

Merida los miró y sonrió con tranquilidad.

—Sí, yo también los escuché.

—Por eso me fui por otro lado del bosque.

Miró hacia atrás unos segundos.

—Me costó encontrar el camino de regreso, pero estoy bien.

Los dos suspiraron aliviados.

—No vuelvas a hacernos esto.

—Casi morimos del susto.

Merida sonrió.

—Lo siento.

En ese momento Jackson se acercó rápidamente.

Sus ojos reflejaban una preocupación sincera.

—Meri.

La abrazó.

—¿Estás bien?

Merida se tensó un poco y, con delicadeza, se apartó de él.

—Sí, estoy bien.

Luego sonrió.

—Solo estoy cansada.

Miró a sus amigos.

—Creo que es momento de volver a las torres.

Ellos asintieron.

Las personas de la aldea comenzaron a acercarse.

Muchos les dieron las gracias.

Algunas mujeres tomaron las manos de Merida.

—Gracias por ayudarnos.

—Y gracias por encontrar a Aria.

La pequeña niña sonrió.

—Gracias, Merida.

Ella acarició su cabeza.

—La próxima vez no te alejes sola.

Aria bajó la cabeza.

—Lo prometo.

Uno de los jóvenes brujos habló:

—Le informaremos a las brujas mayores sobre los lobos.

—Es muy extraño que estuvieran tan lejos de su territorio.

El líder de la aldea asintió.

—Deberían investigarlo.

—Nunca los habíamos visto tan cerca.

Mientras hablaban, los aldeanos comenzaron a llenar varias carretas.

Colocaron frutas, verduras, sacos de cereales y algunas gallinas.

Era su forma de agradecer la ayuda que recibían constantemente.

—Llévense esto.

—Es lo menos que podemos hacer.

Los jóvenes sonrieron.

—Muchas gracias.

Poco después comenzaron el camino de regreso.

Merida caminaba junto a sus amigos.

Pero su mente estaba lejos de allí.

No dejaba de pensar en todo lo que había sucedido aquella noche.

El lago.

La lluvia.

La flecha.

Y aquel extraño vampiro.

Uno de sus amigos la observó.

Y sonrió divertido.

—Para haber pasado la noche perdida en el bosque, tienes muy buena cara.

Merida reaccionó rápidamente.

—Al mal tiempo, buena cara, ¿no?

Los demás soltaron una carcajada.

Pero uno de ellos habló más serio.

—Lo del lobo es muy extraño.

—Estaba demasiado lejos de su territorio.

Miró a los demás.

—Debemos informar esto a Imelda.

Merida asintió.

—Sí.

Pero luego agregó:

—Aunque vamos a omitir una pequeña parte.

Los dos la miraron.

—¿Cuál?

Ella sonrió con cierta vergüenza.

—La parte en la que me perdí en el bosque.

Los dos abrieron los ojos.

Y luego soltaron una carcajada.

—Claro.

—No somos tan tontos.

—Si Imelda descubre que te perdimos…

Uno de ellos fingió temblar.

—Nos convertirá en cenizas.

El otro asintió exageradamente.

—O peor.

—Nos hará limpiar todas las torres durante un año.

Merida comenzó a reír.

—Entonces está decidido.

—Nadie dirá nada.

Los tres levantaron la mano como si estuvieran haciendo un pacto.

—De acuerdo.

Siguieron caminando.

Pero, sin que sus amigos lo notaran, Merida sonrió para sí misma.

Y, por primera vez en mucho tiempo, se llevó una mano a los labios.

Aquel extraño vampiro apareció nuevamente en sus pensamientos.

Entonces sacudió la cabeza.

—No pienses tonterías, Merida.

Se dijo a sí misma.

—Jamás lo volverás a ver.

Y continuó caminando rumbo a las torres, sin imaginar que aquella noche acababa de cambiar el rumbo de su destino.

Mientras Merida regresaba a las torres, las brujas mayores permanecían reunidas en la gran sala circular.

La enorme mesa de piedra ocupaba el centro de la habitación y, sobre ella, había mapas, pergaminos y pequeños recipientes con hierbas aromáticas que desprendían un suave humo.

Las voces llenaban el lugar.

—Los lobos aparecieron.

—Emboscaron al príncipe vampiro.

Dijo una de las brujas con evidente molestia.

Otra frunció el ceño.

—¿Pero qué hacían tan lejos de sus territorios?

Una tercera respondió:

—Seguramente lo mismo que nosotras.

Hubo un breve silencio.

Luego habló:

—Tenderle una emboscada.

Varias brujas asintieron.

Una mujer de cabello gris tomó la palabra.

—Logré alcanzarlo con la flecha.

—Debe de estar muerto a estas alturas.

Suspiró con frustración.

—Pero no pude asegurarme.

—Los lobos aparecieron y arruinaron todo.

—¡Maldita sea!

Otra golpeó la mesa con la palma de la mano.

—¡Esos perros siempre arruinan nuestros planes!

Las demás comenzaron a murmurar entre ellas.

Imelda permaneció en silencio observándolas.

Luego levantó la mirada.

Y su voz hizo que todas callaran.

—Tranquilas.

Las demás la miraron.

—No podemos actuar impulsivamente.

Señaló el mapa extendido sobre la mesa.

—Debemos asegurarnos de que el príncipe Azharel esté muerto.

—Y si no lo está...

Su voz se volvió más seria.

—Debemos hacer todo lo posible para cubrir nuestras huellas.

Las demás asintieron.

—Así será.

Poco a poco la reunión terminó.

Cada una regresó a sus obligaciones.

Imelda salió al patio principal.

Una suave brisa movía sus ropas oscuras.

Entonces levantó la vista.

Las nubes negras seguían allí.

Pero ahora parecían más cercanas.

Mucho más cercanas.

Y eso la inquietó.

Era una sensación difícil de explicar.

Las nubes parecían extenderse lentamente por todo el continente.

Como si algo estuviera despertando.

Y, sin embargo, no llovía.

Eso era lo más extraño.

De pronto, algo llamó su atención.

A lo lejos.

Una carreta avanzaba por el camino principal.

Merida había regresado.

Junto a ella venían los dos jóvenes magos.

Imelda sonrió de inmediato.

La carreta se acercó cada vez más.

Hasta detenerse frente a las torres.

Merida bajó primero.

Todavía llevaba el cabello algo despeinado y se notaba el cansancio en su rostro.

Pero había algo diferente.

Algo que Imelda percibió enseguida.

La joven se acercó sonriendo.

—Señora, ya estamos aquí.

Imelda levantó la mano y acarició su mejilla.

—Tienes ojeras.

Merida sonrió.

—No hemos dormido.

Uno de los jóvenes magos intervino.

—Escuchamos lobos durante la noche.

—Estaban muy cerca de la aldea.

El otro asintió.

—Demasiado cerca.

—Hicimos un escudo protector para mantener a salvo a todos.

Imelda frunció ligeramente el ceño.

—¿Tan lejos de sus dominios?

Los dos jóvenes asintieron.

—Sí.

—Es muy extraño.

Imelda guardó silencio unos segundos.

Luego habló:

—Enviaré a un mago mayor a investigar.

Los tres asintieron.

Ella sonrió.

—Ahora descansen.

—Deben estar agotados.

Los jóvenes hicieron una reverencia.

—Sí, señora.

Merida estaba a punto de marcharse.

Pero Imelda la detuvo.

—Merida.

Ella volteó.

—¿Sí?

Imelda la observó durante unos segundos.

Demasiados segundos.

Luego habló.

—¿Hay algo más que debas contarme?

Merida abrió un poco los ojos.

Y negó con la cabeza.

—No.

Imelda sonrió.

—¿Segura?

Merida asintió.

Entonces Imelda inclinó ligeramente la cabeza.

—Tus ojos brillan más que nunca.

Merida se quedó quieta.

—¿Qué?

—Y tu aura está más intensa.

Merida bajó la mirada.

Sintió un ligero calor subir por sus mejillas.

Luego respondió:

—Es que…

Dudó unos segundos.

Y sonrió.

—Vi a un hombre muy guapo en la aldea.

—Un recién llegado.

Imelda soltó una pequeña risa.

—Ya veo.

Merida sonrió con cierta timidez.

Imelda acarició su cabeza.

—Entonces ve a darte un baño.

—Come algo.

—Y duerme un poco.

—Más tarde me das un informe completo.

Merida asintió.

—Sí, señora.

Y entró a la torre principal.

Pero, en cuanto desapareció de su vista, la sonrisa de Imelda se desvaneció.

Volvió a mirar las nubes negras.

Luego miró el camino por donde había llegado Merida.

Y un extraño presentimiento volvió a apoderarse de su corazón.

Porque la conocía demasiado bien.

Merida no sabía mentir.

Y, sin embargo, acababa de ocultarle algo.

Imelda entrecerró los ojos.

Y susurró para sí misma:

—¿Qué fue lo que pasó anoche?

La brisa volvió a soplar.

Las nubes avanzaron un poco más sobre el continente.

Y, por primera vez en mucho tiempo, Imelda sintió que algo enorme estaba comenzando a moverse.

Algo que ya nadie podría detener.

……………………………………………………………………………………………

Merida entró a los baños de las torres.

Era una habitación amplia, iluminada por varias lámparas de cristal y pequeñas velas aromáticas colocadas en repisas de piedra.

En el centro se encontraba una enorme bañera de piedra blanca.

El agua estaba cubierta de pétalos de rosas, jazmines y pequeñas flores lilas. También flotaban algunas hojas de plantas medicinales que dejaban un agradable aroma en el ambiente.

El vapor subía lentamente y llenaba toda la habitación.

Merida permanecía recostada dentro del agua caliente.

Con tranquilidad, pasaba una esponja por sus brazos y sus hombros.

Suspiró.

El cansancio comenzaba a desaparecer.

Entonces, sin darse cuenta, llevó la mano hasta sus labios.

Y sonrió.

Su mente volvió a aquella noche.

Aquel vampiro.

Recordó la forma en que la había sostenido por la cintura.

Sus manos eran fuertes.

Firmes.

Y recordó cómo había correspondido a aquel beso inesperado.

El cuerpo de Merida se estremeció ligeramente.

Entonces abrió los ojos de golpe.

Y sacudió la cabeza.

—Basta, Merida.

Se dijo a sí misma.

—No debes seguir pensando en eso.

Suspiró.

—Es un vampiro.

—No lo volverás a ver.

Guardó silencio unos segundos.

Luego habló nuevamente.

—Además, si piensas tanto en él es porque fue tu primer beso.

—Nada más.

Se convenció a sí misma.

O, al menos, eso intentó.

Después salió de la bañera.

Tomó una toalla y secó su cabello y su piel.

Luego se puso una sencilla enagua blanca y un camisón cómodo y ligero.

Salió de los baños.

Y caminó por los pasillos hasta llegar a su habitación.

La habitación de Merida era acogedora.

No era pequeña, pero tampoco enorme.

Era un espacio sencillo y lleno de vida.

Las paredes de piedra estaban parcialmente cubiertas por pequeñas enredaderas y flores secas cuidadosamente colocadas.

Había varias repisas de madera llenas de libros de medicina, plantas y remedios.

Sobre una mesa descansaban pequeños frascos etiquetados con su propia letra.

También había algunas plumas, pergaminos y dibujos de flores y animales.

Junto a una ventana descansaban varias macetas llenas de plantas aromáticas.

La cama era amplia y estaba cubierta por mantas suaves de color crema.

Entonces Merida se acostó.

Apenas se acomodó sobre la almohada, escuchó un pequeño rugido.

Ella sonrió.

—Ahí estás.

Debajo de la cama salió un pequeño cachorro de león.

Su pelaje era completamente blanco.

Sus ojos eran de un delicado color rosado.

Era un regalo que Imelda le había dado apenas dos meses atrás, el día en que Merida había cumplido diecinueve años.

Desde entonces, el pequeño animal se había convertido en su compañero inseparable.

El cachorro caminó hacia ella y comenzó a restregarse contra su brazo.

Merida sonrió.

—Ven aquí, cariño.

El pequeño león subió a la cama.

Ella comenzó a acariciar su cabeza.

—¿Te portaste bien?

El cachorro emitió un pequeño sonido.

—¿Has comido?

El animal volvió a restregarse contra ella.

Merida soltó una pequeña risa.

—Tomaré eso como un sí.

Luego acarició detrás de sus orejas.

—La próxima vez que vaya a la aldea, te llevaré conmigo.

El cachorro movió la cola con entusiasmo.

Merida rio.

—Lo sabía.

Le dio un pequeño beso en la frente.

Luego levantó la vista.

En varios frascos de cristal descansaban algunos de los animales que ella cuidaba.

Había sapos albinos y otros de distintos colores.

También algunas tarántulas, más grandes de lo normal, que permanecían tranquilas en sus recipientes.

Merida sonrió al verlos.

—Bueno, ustedes también deben descansar.

El cachorro se acomodó a su lado.

Ella lo abrazó suavemente.

—Vamos a dormir.

Y, por un instante, antes de cerrar los ojos, volvió a recordar a aquel extraño vampiro.

Sacudió la cabeza y sonrió para sí misma.

—Qué vampiro tan raro.

Luego cerró los ojos y se quedó dormida.

…………………………………………………………………………………………….

Merida despertó después de haber dormido varias horas.

Se sentía mucho más descansada.

La tormenta había desaparecido y la luz del día entraba por la ventana, iluminando su habitación.

Se levantó de la cama, se arregló el cabello y se colocó un vestido sencillo de color crema con pequeños bordados verdes en las mangas.

Luego tomó un libro y salió de su habitación.

Detrás de ella, el pequeño cachorro de león blanco la seguía dando pequeños saltos.

Merida sonrió.

—No te alejes, mi lord.

El cachorro emitió un pequeño rugido y continuó siguiéndola.

Ella atravesó varios pasillos hasta llegar a la torre de Imelda.

Golpeó suavemente la puerta.

—¿Puedo entrar?

—Claro, querida.

Merida abrió la puerta.

Imelda estaba sentada frente a una enorme mesa de madera llena de pergaminos, libros antiguos y pequeños frascos con hierbas medicinales.

La bruja mayor sonrió al verla.

—Adelante.

Merida se acercó y abrió el libro que llevaba consigo.

—Vengo a darle el informe de la aldea.

Imelda acomodó sus manos sobre la mesa.

—Te escucho.

Merida comenzó a leer.

—Dejamos quince frascos con el líder de la aldea. Cinco son para la fiebre, cuatro para las infecciones respiratorias, tres para las erupciones en la piel y tres para dolores musculares.

Imelda asintió.

—Muy bien.

Merida continuó.

—También dejamos cuatro frascos para las mujeres que dieron a luz recientemente. Les expliqué que deben tomar dos gotas por la mañana y dos por la noche para estimular la producción de leche.

—Excelente.

—Además, para la próxima visita necesitaremos preparar más remedios para los niños. Hay varios que comenzaron a presentar síntomas de resfriado.

Imelda tomó una pluma y anotó algunas cosas.

—¿Algo más?

Merida pensó unos segundos.

—Sí. Necesitaremos más plantas de eucalipto, menta y lavanda.

—Las tendremos listas.

Merida sonrió.

—Perfecto.

Entonces, un pequeño ruido llamó su atención.

El cachorro de león había comenzado a jugar con uno de los libros.

Merida abrió los ojos.

—¡No!

Corrió y lo tomó en sus brazos.

—Mi lord, no hagas eso.

El cachorro emitió un pequeño sonido.

Imelda soltó una carcajada.

—Es un verdadero torbellino.

Merida rio.

—Sí.

Imelda sonrió.

—Si sigue molestando, lo convertiré en una poción.

Merida abrió los ojos de inmediato y abrazó al pequeño león contra su pecho.

—¡No!

Imelda soltó otra carcajada.

—Era una broma.

—No tiene ninguna gracia.

—Entonces edúcalo mejor.

Merida sonrió.

—Lo intentaré.

El cachorro comenzó a restregar su cabeza contra el cuello de Merida.

—¿Ves? Está arrepentido.

Imelda negó con la cabeza divertida.

—Ese animal sabe perfectamente cómo ganarse el cariño de todos.

De pronto alguien golpeó la puerta.

Un joven mago entró e hizo una reverencia.

—Disculpe, bruja mayor.

Imelda levantó la vista.

—¿Qué sucede?

—El príncipe Azharel ha llegado.

Merida abrió ligeramente los ojos.

—¿El príncipe vampiro?

Imelda se levantó de inmediato.

—Así es.

Merida observó a Imelda.

La bruja mayor comenzó a acomodar su túnica.

—Debo ir a recibirlo.

Luego miró a Merida.

—Y no te quiero cerca de su torre.

Merida asintió.

—No lo haré.

Imelda la observó unos segundos.

—¿Qué harás?

—Ayudaré en el cuarto de las pociones, luego iré a plantar algunas hierbas al jardín medicinal y después regresaré a mi habitación.

Imelda sonrió.

—Perfecto.

Merida acarició la cabeza del cachorro.

—Ven, mi lord.

La joven salió de la habitación.

Imelda la observó alejarse.

Por alguna razón, el mismo presentimiento que la había acompañado desde la aparición de aquellas nubes negras volvió a apoderarse de su corazón.

Miró por la ventana.

Las nubes continuaban extendiéndose lentamente por el horizonte.

Algo estaba cambiando.

Podía sentirlo.

Entonces apartó la mirada.

No podía permitirse distraerse.

Volvió a mirar al joven mago.

—Avísales a las demás brujas.

—Sí, bruja mayor.

—Y recuerden algo.

El mago la observó.

Imelda habló con tranquilidad.

—Hay que respetar al muchacho.

El príncipe Azharel no es responsable de los errores de su padre.

El joven asintió.

—Entendido.

Imelda salió de la torre.

Y comenzó a caminar hacia la torre del invitado.

Sin saber que, apenas unas horas atrás, el destino ya había unido dos vidas que no debían encontrarse.

Y que ahora estaban a unos cuantos pasillos de distancia.

1
Doris Angelica Pinzón Avila
osea que My Lord en realidad es la mascota de Mérida n su primera vida, y cuando ellos se casan Mérida se lleva al León con ellos, por eso My Lord vive con el rey Azharel y viene a rescatar a Cecil
Doris Angelica Pinzón Avila
su primer encuentro no fue muy bueno que digamos pues Azharel la quería atacar para tomar su sangre y ella descubrió que era un vampiro y no lo iba a ayudar
Elizabeth Delvicier
Tranquila escritora se comprende el entusiasmo
Elizabeth Delvicier
tengo una duda el 👑 vampiro y su 👑Aurora solo tenían un hijo y en entonces quien es la madre de Morgana
jessica jh
mas capitulos👏
Elizabeth Delvicier
y todo comenzó x una niña perdida buscando un 🐉 y un príncipe que buscaba una alianza sin saber que la 🧹 y los 🐺 tenían el mismo plan matar al 👑🦇 y esté en el 🌳🌳🌲 nunca pensó que encontraría el ❤️
Elizabeth Delvicier
no sé podía confiar en nadie esas brujas cochinas prepararon la flecha
Limaesfra🍾🥂🌟
mi lord que traidor 🤣🤣🤣🤣
Limaesfra🍾🥂🌟
no te preocupes la historia esta impactante💞💞💞
Adriana Trejo
esta melisandre maneja al rey a su antojo 😡
y el no cae en cuenta como es manipulado por ella , ciego por no querer ser menos en un mundo donde las bestias tienen poder y eso le va a jugar en contra 🤔
Alexandra Ortiz Posada
De verdad que los humanos se estaban llevando la peor parte
Nata Mazó
🤣🤣🤣🤣🤣 el dirá es tu problema no el mío yo siempre protesto y griii y nada 🤣🤣🤣 ahora arregleselas 🫣🫣
Limaesfra🍾🥂🌟
todo un minino heroico grrrr😋😋
Limaesfra🍾🥂🌟
cuida a Merida 🦁x el 🦇quiere comer a la nena🤣🤣🤣🤣
Cecilia castro zeledon
asi como se relata la historia entiendo al rey completamente la verdad lo apoyo ya que los otros se pasan de salvaje pero desafortunadamente no salio como se espero
Edith Leyva
así es, fue pura manipulación de la bruja para obtener el hijo del rey😡😡😡
Kim Nava
seguro ella es cimpable
y el rey segado por el dolor tomando malas decisiones😡😡
Nata Mazó
😂😂😂😂 a penas se viene acordar de mi Lord
Limaesfra🍾🥂🌟
Gracias por escribir tan buenas historias
Viviana Mosquera
Muy buena,.espectacular ¡a la espera de más capitulos¡
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