Fabián Black está a seis semanas de perder su herencia, el control del imperio hotelero familiar y cualquier posibilidad de seguir viviendo como siempre. Encontrar una esposa debería ser fácil. Sin embargo, una tras otra, todas las candidatas desaparecen antes de llegar al altar.
Rebeca Martínez tiene problemas mucho más urgentes. Entre dos trabajos agotadores, una sobrina en cuidados neonatales y una economía que se sostiene con pura voluntad, el amor ocupa el último lugar de su lista de prioridades.
Cuando un encuentro inesperado los lleva a aceptar un matrimonio por conveniencia, ambos creen tener las reglas claras.
Hasta que, durante la negociación, Rebeca le advierte:
--Si vamos a dormir juntos, hay algo que debes saber. Yo duermo con Babydoll y eso no es negociable
Durante unos segundos, Fabián creyó que aquel acuerdo sería mucho más interesante... Qué equivocado estaba.
Porque el verdadero desafío no era casarse... era sobrevivir al caos...
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REBECA MARTINEZ
NARRADOR
Rebeca Martínez despertó unos segundos antes de que sonara la alarma. Era una habilidad completamente inútil que había desarrollado después de años levantándose temprano para cumplir con dos trabajos distintos. Permaneció unos instantes observando el techo mientras esperaba el sonido del despertador. Cuando finalmente comenzó a sonar, extendió una mano y lo apagó con una precisión adquirida por la práctica.
Al girar la cabeza encontró a Thomas dormido a su lado. Una sonrisa apareció en sus labios. Tenía el cabello rubio desordenado y una expresión tan tranquila que parecía imposible que hubiera pasado buena parte de la noche conduciendo por la ciudad. Rebeca se incorporó con cuidado para no despertarlo y caminó hasta el baño.
Frente al espejo intentó peinarse. Como cada mañana, perdió la batalla. Sus rizos pelirrojos parecían poseer una personalidad propia y una firme oposición a cualquier tipo de disciplina. Después de varios intentos abandonó el esfuerzo. La experiencia le había enseñado que discutir con su cabello era tan inútil como discutir con algunos de los perros que paseaba. Además, el desorden combinaba bastante bien con el resto de su vida.
Era una mujer delgada y atlética, aunque no por elección. Muchas personas atribuían su figura a una alimentación saludable o a una rutina de ejercicios admirable. La realidad era mucho menos glamorosa. Trabajaba en dos empleos, caminaba kilómetros todos los días y pasaba buena parte de su tiempo persiguiendo perros con problemas de conducta. Su estado físico era simplemente una consecuencia accidental del agotamiento permanente.
Cuando llegó a la cocina vio a Thomas entrando detrás de ella. Todavía parecía medio dormido. Se acercó para darle un beso en la mejilla y luego se dejó caer en una silla mientras ella preparaba café.
--Llegué tarde anoche. Viajes interminables
--¿Mucho trabajo?
--Demasiado. Si sigo así, un día voy a aceptar un viaje y terminar manejando hasta otro país
Rebeca soltó una risa mientras servía el café. Aquellas conversaciones formaban parte de su rutina. Ninguno de los dos tenía una vida especialmente emocionante, pero habían aprendido a disfrutar los pequeños momentos compartidos antes de salir corriendo hacia sus respectivas obligaciones.
--¿Qué tienes hoy?-- Preguntó Thomas
--La doctora Aguirre
--Mis condolencias
--Gracias
--¿Todavía pierde cosas?
--Ayer perdió una planta-- Él la miró y sonrió con incredulidad
--¿Cómo se pierde una planta?
--Esa es una excelente pregunta
La mañana transcurrió exactamente como Rebeca esperaba. La doctora Celeste Aguirre era una nutricionista brillante y una administradora desastrosa. Durante el tiempo que llevaban trabajando juntas había perdido teléfonos, agendas, llaves y documentos importantes. Aquella mañana dedicó diez minutos a buscar unos lentes que llevaba puestos. Rebeca ya no se sorprendía por nada.
Cuando terminó su jornada, comenzó la segunda parte del día. Los perros. Los siete perros que paseaba regularmente y que parecían haberse puesto de acuerdo para desafiar su paciencia. Bruno intentó lanzarse a cada charco que encontró en el camino. Mora declaró la guerra a un pastor alemán que le sacaba veinte kilos. Toby quiso hacerse amigo de un repartidor, de un ciclista y de una estatua. Benito, por su parte, mantuvo su costumbre de tomar decisiones incomprensibles para cualquier ser vivo.
Cuando finalmente terminó el último paseo, sentía las piernas pesadas y los hombros doloridos. Aun así, sonrió mientras regresaba a casa. Era una vida agotadora, pero también era la vida que había construido para sí misma.
Al abrir la puerta del apartamento encontró exactamente lo que esperaba. Todo estaba impecable. Thomas tenía una obsesión casi enfermiza con el orden. Los almohadones estaban perfectamente acomodados, la cocina brillaba y la alacena permanecía abastecida como si esperaran una invasión o una tormenta de varios meses.
Mientras dejaba las llaves sobre la mesa encontró un mensaje.
"Me salió un viaje largo. Más de trescientos kilómetros. No me esperes despierta. Te llamo mañana. Te quiero"
Rebeca sonrió y respondió que condujera con cuidado. No recibió respuesta, pero tampoco le dio importancia. Thomas probablemente estaba manejando.
A la mañana siguiente despertó sola. La otra mitad de la cama permanecía vacía. Le envió un mensaje para saber si había llegado bien y continuó con su rutina. No respondió. Tampoco contestó cuando intentó llamarlo por la tarde. Aquello era extraño, pero todavía podía explicarse. Los viajes largos generaban retrasos. Las carreteras tenían zonas sin señal. Los pasajeros podían complicar cualquier horario. El automóvil podía romperse.
Durante todo el día repitió esas explicaciones cada vez que miraba el teléfono.
Sin embargo, cuando regresó al apartamento aquella tarde, la sensación de inquietud comenzó a crecer. Todo seguía exactamente igual. Thomas no había vuelto. No había mensajes. No había llamadas.
A la mañana siguiente volvió a intentarlo. Esta vez el teléfono ni siquiera sonó. Una grabación automática respondió casi de inmediato.
Rebeca se quedó inmóvil escuchando el mensaje. Thomas jamás apagaba el teléfono. Lo necesitaba para trabajar. Lo necesitaba para recibir viajes. Lo necesitaba para prácticamente todo.
Por primera vez desde que había recibido aquel mensaje sobre el viaje de trescientos kilómetros, sintió que algo no encajaba.
Aquella noche regresó nuevamente al apartamento. El silencio la recibió al abrir la puerta. La manta seguía doblada sobre el sofá. La cocina continuaba impecable. Todo permanecía exactamente igual.
Durante varios segundos permaneció observando aquella quietud extraña. Después dejó las llaves sobre la mesa y sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Lo que Rebeca todavía no sabía era que aquella ausencia no era un retraso, sino algo peor. Era el principio del fin de la vida que había conocido hasta entonces.
La historia está muy bonita pero ya siento que se va tornando monótona 🤭
😂🤣😂🤣 pelear porque la primera sonrisa de Jade fue para Fabian fue demasiados celos de Rebeca que sobrina lo prefiriera cada vez que le hace una payasada.