**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**
Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.
Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.
Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.
Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.
El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.
Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.
**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**
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Capítulo 7
Cap 7: La conferencia sobre team building
El lunes a las 6:50 de la mañana, Valentina se había parado en el nivel B2 del estacionamiento con la misma blusa del primer día, los mismos zapatos, y el mismo nivel de pánico. Santiago apareció un minuto después con su abrigo negro, la tarjeta VIP y una expresión que sugería que este experimento le parecía tan ridículo como necesario.
Entraron al elevador. Presionaron 25 al mismo tiempo. Sus dedos se tocaron sobre el botón —deliberadamente, sin guantes, con la presión exacta del lunes anterior.
Nada.
Lo intentaron de nuevo. Santiago le sostuvo la mano sobre el botón tres segundos. Cinco. Diez. Nada: ni chispa, ni hormigueo, ni el más mínimo desorden en las gráficas de sus relojes.
—Una vez más —dijo Santiago.
—Ya van cuatro —murmuró Valentina.
—Una más.
Nada. Emilio, que vigilaba el pasillo desde afuera con un café y una cara de "les dije que no iba a funcionar", asomó la cabeza.
—¿Ya? ¿Podemos irnos a trabajar como gente normal?
Santiago salió del elevador sin contestar. Valentina salió detrás de él sintiéndose como una pieza de laboratorio que no ha dado los resultados esperados. El plan había fallado. Lo que fuera que los conectaba no tenía interruptor de apagado.
Eso fue el miércoles por la mañana. Ahora era miércoles por la tarde, y las cosas estaban a punto de empeorar.
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A las 17:28, un correo masivo aterrizó en la bandeja de entrada de todos los empleados del piso veinticinco:
"Reunión obligatoria. Sala de juntas principal. 17:30. — Dirección General."
Dos minutos de anticipación. La firma de Santiago Montero Castellanos. Valentina sintió que el estómago se le encogía como si alguien hubiera apretado un puño dentro de su abdomen.
La sala de juntas era un rectángulo de cristal con una mesa ovalada para treinta personas, una pantalla de proyección que nadie usaba, y un aire acondicionado que funcionaba como si el edificio estuviera en Siberia. Todos los asientos se llenaron en noventa segundos. Camila se sentó junto a Valentina. Diego se sentó en primera fila, libreta abierta, bolígrafo listo, sonrisa de alumno ejemplar.
Santiago entró a las 17:30 en punto. Sin saludo. Sin preámbulo.
—El último fin de semana de este mes, todo el departamento participará en una actividad de integración. Dos días, una noche. Desierto de los Leones. —Pasó al siguiente punto de su agenda mental como si acabara de anunciar el horario de la cafetería—. El itinerario incluye una caminata de seis kilómetros, una sesión de dinámicas grupales y una fogata de cierre.
Silencio.
Valentina sintió que algo dentro de ella se fracturaba.
"Seis kilómetros. Dinámicas grupales. Fogata. ¿Fogata? ¿En qué siglo vive este hombre? ¿Vamos a cantar kumbayá y compartir nuestros sentimientos alrededor del fuego? ¡Maldito capitalista! ¡Vete tú solo a escalar tu montaña con tu abrigo de diseñador!"
La furia le subió desde el estómago hasta la garganta como lava. No dijo nada —ella nunca decía nada—, pero cada célula de su cuerpo gritaba.
Santiago, frente a la sala, se detuvo a mitad de la siguiente frase.
Sus oídos empezaron a zumbar. Un pitido agudo, constante, como si alguien hubiera encendido una alarma dentro de su cráneo. La mano izquierda le tembló sobre la mesa —imperceptiblemente, pero tembló. El enojo de Valentina le llegaba como una ráfaga de aire caliente a través de una puerta abierta: irracional, desproporcionado, y completamente ajeno a todo lo que Santiago consideraba una reacción razonable ante una actividad de integración empresarial.
Se aflojó la corbata un milímetro. Nadie lo notó excepto Emilio, que desde su esquina de la mesa lo observaba con los ojos entrecerrados.
Santiago continuó. Describió los beneficios del team building con la eficiencia de una presentación de PowerPoint: cohesión, comunicación, resolución de conflictos. Diego asentía con cada frase como un muñeco de resorte. En un momento sacó el bolígrafo y lo puso en posición de escritura, como si Santiago estuviera dictando un manifiesto que debía preservarse para la posteridad. Andrea tomaba notas sin levantar la vista —no porque le interesara, sino porque documentar era un reflejo laboral que probablemente activaba hasta dormida. Camila, junto a Valentina, tenía la mirada de alguien calculando cuántos días de incapacidad necesitaría para librarse. Le dio un codazo discreto y articuló sin sonido: "Mátame."
Valentina no le devolvió la broma. Estaba demasiado ocupada conteniendo la detonación nuclear que estaba ocurriendo dentro de su cráneo.
Y entonces, dentro de la tormenta emocional de Valentina, algo peor cruzó su mente.
"Prefiero que me caiga un rayo."
No lo pensó en serio. Era el tipo de frase que se le escapaba a cualquiera cuando la vida superaba su capacidad de procesamiento —el equivalente emocional de cerrar todas las pestañas del navegador. Pero la desesperación que la acompañó fue real, visceral, punzante.
Santiago sintió el impacto como un golpe seco en el pecho. Su mirada se desvió involuntariamente hacia la ventana —el piso veinticinco, la ciudad extendiéndose abajo, el vacío—. Un vértigo breve pero intenso le recorrió el cuerpo. Se agarró del borde de la mesa.
La lucidez volvió en menos de un segundo. Eso no era suyo. Eso no era real. Era una hipérbole emocional de alguien que detestaba las caminatas grupales. Pero durante ese medio segundo, su cuerpo había respondido como si lo fuera —los músculos de las piernas tensándose, el equilibrio inclinándose hacia el cristal, los ojos midiendo la distancia hasta la calle como si la información fuera relevante.
Santiago se obligó a mirar el piso. El mármol. Los zapatos de los empleados. Cualquier cosa que no fuera la ventana.
Un sudor frío le bajó por la nuca.
—La reunión termina aquí —dijo, cortando su propio discurso a la mitad—. Los detalles se enviarán por correo.
Silencio de confusión. Luego, comprensión colectiva: estaban siendo liberados veinte minutos antes de lo previsto. Un milagro corporativo. La sala se vació con la velocidad de una estampida educada —sonrisas contenidas, "buenas noches" apresurados, tacones acelerando hacia el elevador.
Valentina se levantó con el resto. Recogió su libreta, se colgó la bolsa al hombro y se dirigió a la puerta.
Una mano le bloqueó el paso. Emilio, recargado contra el marco, con una media sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—Santiago quiere verte en su oficina —dijo en voz baja—. Ahora.
Valentina sintió que la sangre le abandonaba la cara.
—¿Por qué?
Emilio no contestó. Solo le señaló el pasillo con la cabeza.
Valentina caminó. El piso veinticinco estaba casi vacío —la mayoría había desaparecido con la eficiencia de personas que llevan meses esperando salir temprano y no piensan desperdiciar la oportunidad. Solo quedaban las luces de emergencia del pasillo y el zumbido del aire acondicionado que nadie se molestaba en apagar. El pasillo de cristal que conectaba la sala de juntas con el ala ejecutiva se sentía más largo que la primera vez —o tal vez era ella, que caminaba más lento, postergando el momento. La puerta de la oficina de Santiago estaba entreabierta. Desde adentro le llegaba su voz, baja, tensa, como si estuviera hablando por teléfono.
Se acercó. Su mano tocó la manija. La voz de Santiago se cortó.
A través de la rendija, lo vio: sentado detrás del escritorio, mirando la pantalla de su teléfono con el ceño fruncido. No como quien lee un mensaje. Como quien recibe un diagnóstico.
Valentina no abrió la puerta. Todavía no.