Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.
Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.
Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.
Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.
Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.
Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.
En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?
*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*
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Capítulo 7
Capítulo 7
La primera prueba
—¿Eres la nueva adquisición de mi primo?
La mujer del vestido plateado tenía la voz de alguien acostumbrada a que las habitaciones se callaran cuando hablaba. Y el VIP se calló. Philippe dejó su copa a medio camino de la boca. El panameño del reloj de oro miró hacia otro lado con la velocidad de un reflejo aprendido. Hasta el trío de músicos pareció bajar el volumen.
Renata dejó pasar un segundo. Dos. Tres. Suficiente para que el silencio pesara. Entonces dijo, con la voz clara y el tono que usaba cuando un alumno de primer semestre intentaba discutir una calificación:
—No soy adquisición de nadie. Soy profesora de la Universidad Nacional. —Ladeó la cabeza medio grado, un gesto que le había visto hacer a su madre frente a vecinas entrometidas—. ¿Y usted es...?
La pregunta flotó como una moneda lanzada al aire. La mujer —que se llamaba Ximena, aunque Renata no lo supo hasta después— abrió la boca, la cerró, miró hacia la mesa donde Marcos observaba con los ojos brillantes y la copa en la mano, y volvió a mirar a Renata.
—Yo soy...
—Alguien que estaba por sentarse en su lugar —interrumpió Doña Marisol, que había aparecido de la nada con la habilidad de un fantasma profesional. Le puso la mano en el hombro a Ximena con firmeza cortés y la giró hacia la escalera—. Anda, niña. Hay gente esperándote abajo.
Ximena se fue con los tacones repiqueteando en el piso como un insulto codificado en morse. Doña Marisol le guiñó un ojo a Renata y desapareció también.
Dante no había movido un músculo durante toda la escena. Seguía recargado en el sillón, con el meñique tocando el borde de su vaso de whisky, mirando a Renata con una expresión que ella no conseguía descifrar. No era aprobación. No era sorpresa. Era algo más parecido a la satisfacción silenciosa de un entrenador que ve a un jugador ejecutar una jugada difícil sin que le tiemble el pulso.
—Nada mal, Profesora —dijo en voz baja, solo para ella.
Renata no contestó. El corazón le latía en las orejas, pero mantuvo las manos quietas sobre las rodillas. No iba a darle el gusto de verla temblar.
La noche continuó como si Ximena nunca hubiera existido. Philippe cerró su acuerdo y brindó con el grupo. Llegaron más botellas. Un mesero trajo una charola de quesos importados que nadie tocó excepto Renata, que llevaba horas sin comer y ya no tenía la vanidad suficiente para fingir que no tenía hambre.
Fue entonces cuando Marcos se acercó.
Se deslizó entre las sillas con la soltura de alguien que camina por territorio propio. Traía una copa nueva en la mano y una sonrisa que mostraba demasiados dientes.
—Prima —dijo, dándole una palmada en el hombro a Dante que era un dos por ciento camaradería y un noventa y ocho por ciento marcaje de territorio—. Buena noche.
Dante no respondió. Marcos se giró hacia Renata.
—¿Así que eres profesora? —El tono sugería que la palabra "profesora" ocupaba el mismo espacio en su vocabulario que "señora de la limpieza"—. ¿De qué?
—Lingüística aplicada. Retórica y traducción.
—Ah. Whatever. —La palabra inglesa le salió con acento forzado, como un accesorio que no combinaba con el traje—. Qué... original, primo. De todas las mujeres que podrías tener.
Dante levantó la vista hacia Marcos. No dijo nada. Solo lo miró. Fue una mirada corta, cinco segundos como máximo, pero Renata sintió la temperatura del aire bajar dos grados. Marcos sostuvo la mirada un instante, la sonrisa se le contrajo medio centímetro, y se alejó con un "Bueno, los dejo" que no engañó a nadie.
Renata tomó nota mental: Marcos no tenía miedo de Dante, pero sí le tenía respeto. El respeto involuntario de un perro más pequeño frente a uno más grande. Y la mujer —Ximena— era su pieza. La habían mandado a probar a Renata como se manda a un peón a abrir fuego para ver de dónde responde el enemigo. Marcos quería saber si ella se derrumbaba. Ahora sabía que no. La siguiente jugada sería diferente.
La noche empezó a vaciarse después de las once. Los socios se fueron. Philippe se despidió con dos besos en las mejillas de Renata —a la francesa— y un "Enchanté, madame, j'espère vous revoir bientôt." Dante intercambió unas palabras con Santos en el pasillo —Renata no alcanzó a escuchar qué, pero notó que Santos asentía con la cabeza sin la rigidez mecánica de un subordinado; era más bien el gesto de alguien que está de acuerdo—.
Cuando Renata se levantó para irse, Doña Marisol la interceptó al pie de la escalera. Le tomó la mano con ambas suyas y le habló en voz baja, cerca del oído, con el tono de una tía que da consejos después de la cena:
—Cuídate, niña. Aquí todos sonríen, pero nadie es tu amigo. —Hizo una pausa, apretó los dedos de Renata—. Bueno, casi nadie.
Renata asintió. Doña Marisol le dio un beso en la mejilla, dejando un rastro cálido y perfumado, y se fue a cerrar la barra.
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En la camioneta de regreso, Joaquín conducía en silencio. Las calles de Miravalle pasaban como un río oscuro al otro lado de los vidrios polarizados. Renata sacó el celular y abrió la aplicación de notas.
Escribió todo lo que recordaba. Nombres: Philippe, Marcos, Doña Marisol, Santos (sin apellido, preguntar), Pelón (puerta), Ximena (novia/amiga de Marcos). Detalles: El Olvido es territorio de Dante pero Doña Marisol lo administra; Marcos hostil, probablemente envidia o disputa familiar; Santos no se comporta como un simple guardaespaldas; Philippe cerró un acuerdo que implicaba un fondo de inversión con sede en Panamá. Mapa del lugar: entrada sin letrero, salón principal planta baja, mezzanine VIP arriba, escalera lateral, cocina y barra al fondo, baños a la izquierda, puerta trasera por donde entran proveedores.
Cerró la nota y la guardó en una carpeta llamada "Proyecto de investigación sociolingüística" —un título lo bastante aburrido para que nadie se molestara en abrirlo—. Estaba convirtiéndose en una antropóloga del crimen organizado. La idea le habría dado risa si no fuera aterradora.
Joaquín la dejó en la puerta de su edificio. Subió las escaleras en silencio, abrió la puerta con cuidado. El departamento estaba a oscuras. Andrés dormía en el sillón, con el control remoto sobre el pecho y la televisión en mute.
Renata entró al baño, cerró la puerta y encendió la luz. En el espejo, su cara le devolvió la mirada de una mujer que había sobrevivido una prueba que ni ella misma entendía del todo. Se quitó los aretes, se soltó el pelo.
Y entonces lo vio: una marca de labial en su cuello, justo debajo de la oreja izquierda. Rosado oscuro. No era su tono.
El beso de Doña Marisol al despedirse.
Renata tomó un algodón, lo mojó con desmaquillante y limpió la marca con la precisión de alguien que limpia evidencia de una escena del crimen. Pero mientras lo hacía, la pregunta se instaló como una piedra en el estómago: si Andrés la hubiera visto antes de que ella llegara al baño, ¿qué habría pensado?
Las mentiras eran como deudas. Se acumulaban con intereses. Y Renata ya debía varias.