Elena Valdés (30 años) es una brillante neurocirujana, reconocida a nivel nacional como una eminencia médica. Sin embargo, tras las puertas de su hogar, vive bajo el yugo de Mauricio, su esposo y un CEO exitoso que utiliza el desprecio psicológico y la humillación constante para mantenerla controlada. Su único refugio es su hijo de 6 años, Mateo, y el apoyo incondicional pero respetuoso de sus padres, quienes nunca aprobaron a Mauricio, pero apoyan las decisiones de su hija.
Su vida da un giro vertiginoso cuando conoce a Damián Montenegro (43 años), un magnate empresarial imponente, multimillonario y carismático, padre de dos hijos. Entre Damián y Elena surge una pasión arrolladora y un amor profundo que la hace redescubrir su valor.
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FUEGO CRUZADO Y EL CONTRAGOLPE DEL ZAR
El aire dentro del centro de mando táctico se condensaba con la urgencia de la medianoche. Las pantallas parpadeaban con mapas en tiempo real, rastreando los movimientos de las células enemigas que habían osado desafiar el territorio de Damián Montenegro. Fuera de los gruesos muros de piedra negra, el océano azotaba el acantilado con una furia incesante, un eco perfecto de la tormenta que estaba a punto de desatarse.
Damián apartó los labios de los de Elena por un segundo, aunque sus manos seguían aferradas con fuerza posesiva a su cintura, sintiendo el calor y la resistencia indomable de la mujer que se había convertido en su debilidad y en su armadura al mismo tiempo.
—Néstor —llamó Damián sin apartar los ojos de los de Elena, con voz gélida y cortante como el filo de una navaja.
Las puertas del centro de mando se abrieron de inmediato y el jefe de seguridad entró con paso firme, portando una tableta encriptada.
—Todo listo, señor. Los equipos de intervención rápida han localizado el escondite principal de los rezagos del norte en los almacenes del puerto viejo.
Están acorralados, pero intentaron mover fichas hacia las rutas secundarias. No queda nadie operativo que pueda representar un riesgo para la doctora o para el niño —informó Néstor con absoluta precisión militar.
Damián asintió despacio, con la mandíbula tensa.
—Que no queden cabos sueltos. Hoy mismo se cierra ese capítulo de manera definitiva. Nadie vuelve a mencionar mi nombre ni a rozar a los míos en este país.
Elena lo observaba en silencio, con la mente a mil por hora. No sentía miedo; sentía la fría y perfecta concentración de un cirujano frente a un paciente crítico en medio de una hemorragia masiva.
Comprendía perfectamente que Damián no estaba jugando a la mafia; estaba defendiendo su territorio y, por primera vez, la vida de ella y de Mateo.
—Voy contigo —dijo Elena de pronto, con una voz tan firme y calmada que hizo que tanto Néstor como Damián la miraran con asombro.
Damián frunció el ceño de inmediato, negando con la cabeza antes de que ella pudiera dar un paso más.
—Ni hablar, Elena. Te quedas aquí, en la zona segura, custodiada por mis mejores hombres mientras termino de limpiar esta basura. No te voy a exponer a una línea de fuego —sentenció él con una autoridad inflexible.
Elena se soltó de su agarre con un movimiento seco, plantándose frente a él con los ojos oscuros echando chispas y la barbilla en alto. No iba a permitir que la trataran como a una espectadora indefensa en su propia guerra.
—No te equivoques, Damián. No te estoy pidiendo permiso; te estoy informando —replicó ella, cruzándose de brazos con una frialdad letal—. Toda mi vida he lidiado con la sangre, con el caos y con decisiones de vida o muerte bajo presión extrema.
¿De verdad crees que me voy a quedar sentada tejiendo en una esquina mientras tú sales a jugarte la vida por limpiar un desorden que indirectamente me involucra? Si vamos a quemar el mundo, lo quemamos juntos. Y si intentas encerrarme aquí, te juro que el próximo quirófano en el que operes será para reconstruirte las costillas tú mismo.
Néstor contuvo el aliento discretamente, bajando la mirada hacia su tableta para disimular la sorpresa ante la osadía de la doctora. En el bajo mundo, nadie le hablaba así al Zar de la mafia y vivía para contarlo con una sonrisa.
Damián se quedó mudo por un instante. La miró a los ojos, absorbiendo su ferocidad, su orgullo inquebrantable y esa entrega salvaje que lo volvía completamente adicto a ella. En lugar de enojarse, una sonrisa oscura, fascinada y profundamente respetuosa se dibujó en la comisura de sus labios. Comprendió que intentar doblegarla era tan inútil como intentar detener la marea con las manos.
—Eres una maldita fuerza de la naturaleza, Elena Valdés —susurró Damián con voz ronca, dando un paso al frente para acortar la distancia de nuevo—. Está bien. Te quedas a mi lado.
Pero te pones el chaleco antibalas que te voy a dar personalmente, y no te separare de mí ni un maldito centímetro. ¿Entendido?
—Trato hecho —respondió Elena con una media sonrisa desafiante y triunfante, sabiendo que la verdadera tormenta apenas comenzaba y que, a partir de esa noche, nadie volvería a subestimarlos jamás.