El imperio más codiciado de Italia que no le pertenece a nadie… excepto a él.
Ella heredó algo que no le pertenecía y él está dispuesto a quitárselo.
Entre pasiones calculadas y verdades que amenazan con destruirlos a ambos, la pregunta no es quién ganará… sino quién caerá primero en su propia trampa.
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Capítulo 22
Alejandro detuvo el beso por un segundo, aunque no la soltó. Con las manos aún firmes en su cintura, se echó un milímetro hacia atrás y la miró desde arriba, con las pupilas dilatadas y una sonrisa oscura dibujada en los labios.
—Así que sabes quién soy realmente... —murmuró él con esa voz grave que dominaba las sombras, dejando ver por primera vez el orgullo del *Don* que ya no necesitaba esconderse—. Y no te da miedo.
Fabiola no pestañeó. Lo miró a los ojos con la misma frialdad indomable de siempre, disfrutando el poder absoluto que le daba sostenerle la mirada al hombre más peligroso de la ciudad.
—No. No me asusta para nada —respondió ella.
Sin darle tiempo a procesar sus palabras, Fabiola se lanzó a sus brazos, rodeándole el cuello con fuerza, y lo besó con una pasión salvaje e irrefrenable.
Alejandro la atrapó en el aire, levantándola ligeramente del suelo mientras la pegaba por completo contra su cuerpo. El beso fue un choque feroz de impulsos, un incendio donde la ambición de ella y el poder de él se fusionaron en medio de la penumbra del salón.
El peso de Fabiola en sus brazos encendió en Alejandro un instinto salvaje que jamás creyó desplegar por nadie. La sostuvo sin esfuerzo, devorando sus labios con un hambre feroz mientras sus botas de vestir resonaban sobre el mármol negro del salón. Fabiola, con las piernas enredadas alrededor de su cintura y los dedos clavados en el cabello oscuro de Alejandro, le devolvía cada mordisco y cada caricia con una agresividad adictiva, entregándose a la corriente sin soltar el control.
Alejandro la llevó a través de la penumbra hasta el enorme sofá de cuero que presidía la estancia frente a la chimenea. La recostó con una firmeza impecable, sobreponiéndose a ella sin romper jamás el contacto de sus bocas. Su aliento quemaba, y la urgencia de semanas de odio, sospechas y atracción retenida finalmente estalló.
El traje a medida y la corbata de Alejandro rodaron por el suelo de mármol en cuestión de segundos. Fabiola desabrochó con impaciencia los botones de su camisa blanca, abriéndola de par en par para presionar sus palmas abiertas contra el pecho firme y caliente del *Don*. Sintió el latido acelerado de su corazón y el leve temblor de una furia convertida en deseo puro.
—Eres un peligro, Fabiola... —jadeó Alejandro contra su cuello, mientras sus labios descendían con lentitud y presión por la curva suave de su garganta hasta la clavícula, mordiendo la piel pálida con una mezcla de castigo y devoción que le arrancó a ella un gemido ahogado.
—Y tú tardaste demasiado en darte cuenta, *Don* Santamaría —provocó ella en un susurro entrecortado, sujetándole la nuca con fuerza, clavándole las uñas en la espalda y tirando de él para pegar sus cuerpos sin dejar un solo milímetro de distancia.
Con un movimiento fluido y dominador, Alejandro deslizó las tiras de seda del vestido borgoña por los hombros de Fabiola. La tela cayó como un suspiro de agua sobre el cuero oscuro del sofá, dejando al descubierto su figura impecable ante la luz dorada y vacilante de la chimenea. Alejandro se detuvo un segundo, contemplándola desde arriba; su mirada ardía con una posesión implacable que hizo que a Fabiola se le erizara la piel por completo.
Sus manos —grandes, cálidas y de un tacto peligrosamente firme— comenzaron a recorrer sus costillas, la línea suave de su cintura y el contorno de sus caderas, encendiéndola a cada paso. No había delicadeza timorata; había una sed desbocada. Fabiola arqueó la espalda al sentir la boca de Alejandro descender por su vientre, respondiendo con un suspiro convulso, enredando sus piernas en torno a él y arrastrándolo de vuelta hacia sus labios.
El encuentro se volvió una danza salvaje de ritmos cruzados. Alejandro la tomaba con la fuerza de quien exige la rendición de una ciudad, mientras Fabiola respondía dominando el compás con las manos enredadas en sus hombros, exigiendo más, retándolo a perder la cabeza. En la penumbra sofocante de la villa, cada roce era eléctrico, cada respiración un reclamo y cada movimiento una prueba de que ninguno de los dos pensaba ceder.
El calor del espacio se volvió casi insoportable a medida que la tormenta llegaba a su cima, consumiendo los últimos restos de frialdad, las mentiras corporativas y la sangre del puerto en un incendio del que ninguno de los dos quería ser rescatado.
Horas más tarde, la llovizna sobre la colina había cesado por completo, dejando tras de sí una neblina densa que cubría los ventanales de la villa.
Fabiola yacía sobre el sofá de cuero, envuelta parcialmente en una manta de lana oscura. Su cabello rojo se desparramaba en ondas sobre los cojines y su piel aún conservaba el rubor y el calor de la batalla. Sostenía entre los dedos una copa de cristal con dos dedos de whisky, mirando las llamas de la chimenea con una calma inquietante.
A su lado, Alejandro estaba sentado con el torso desnudo y los pantalones ajustados, apoyando los codos sobre las rodillas y fijando la vista en el fuego. En su rostro ya no quedaba la máscara del inversionista ni la del ejecutor: solo la satisfacción oscura de un hombre que había encontrado a su igual.
Se giró despacio hacia ella. Extendió la mano y, con una suavidad inédita en él, acarició la piel desnuda de su hombro antes de apartarle un mechón rojo del rostro.
—Mañana salimos para Ginebra —dijo Alejandro con esa voz grave que resonaba en el pecho de la heredera—. El consejo de administración se reúne a primera hora del viernes.
Fabiola dio un pequeño sorbo a su copa, disfrutando del ardor del licor antes de mirarlo a los ojos.
—Lo sé —respondió ella con una sonrisa gélida—. Los inversionistas esperan un espectáculo, y no pienso decepcionarlos.
Alejandro la estudió en silencio. Haberla poseído no la hacía más dócil; al contrario, haber cruzado esa línea la convertía en una amenaza infinitamente más seductora y letal.
—Ginebra será una masacre, Fabiola —advirtió él, acercando su rostro al de ella hasta que sus alientos volvieron a rozarse—. Si descubren la verdad sobre tu empresa o mis movimientos en el puerto, nos van a devorar a los dos.
Fabiola dejó la copa en el suelo, se incorporó sobre el sofá y le acarició la mandíbula con la yema de los dedos, mirándolo desde arriba con una arrogancia fascinante.
—Que lo intenten, Santamaría —susurró ella, besándole la Comisura de los labios—. Porque si alguien va a destruirte a partir de hoy... voy a ser yo.